EL SILENCIO DE PENTECOSTÉS Magda Bennásar

Magda Bennásar Oliver. espiritualidadintegradoracristiana

“Si no tienes nada importante que decir, quédate callado” este dicho oriental me impacta y conduce a mi centro.

Esa es la actitud, la que el Shalom: la paz íntegra en todo tu ser, del Espíritu nos trae en este tiempo de Pentecostés. Este Shalom conduce al silencio interior, como al remanso de aguas tranquilas donde hay tanta Vida  que merece la pena desear el viaje.

El silencio es bueno o menos bueno, según lo vivamos. El silencio cobarde no es silencio, es ausencia de palabra/gesto o presencia.

El silencio perezoso-el somnoliento, propio de un espíritu anémico no es el silencio del Espíritu. El que deja que otros hablen y espera  escabullirse en cuanto sea posible, no es de la Ruah.

¡Cuántos silencios culpables en la historia y también en nuestra historia!

Discernir los silencios en nuestra vida a la luz de la Ruah que estos días celebramos puede ser una invitación desde dentro, importante.

Hay un silencio particularmente peligroso y muy común: el que pospone tomar decisiones, el que evita definirse…

¿Cuál es, el silencio del Espíritu?

Tú lo sabes y si no, es que todavía no lo has escuchado.

Es un silencio callado, callado de ideas y de dogmas…es un silencio que cuando lo experimentas te callas,  te silencias, te inclinas por dentro ante la presencia que te sobrecoge, y permaneces ahí porque sabes que estás conectando.

Es el silencio de Elías que logró escuchar a Dios, después de buscarlo en el trueno  y en el fuego y en el viento. Pero el Señor no estaba ahí. De pronto un suave susurro le sobrecogió tanto que se tapó el rostro, se puso de pie y salió de la cueva: Era él. El invisible siempre presente que le estaba envolviendo, abrazando, aquietando, hablando…y en este encuentro silencioso el Señor recondujo sus pasos. (1Reyes 19,11-14)

“Si no tienes nada importante que decir quédate callado” porque Dios nos espera; espera que terminemos nuestro tiempo de duelo por una institución que nos ha fallado. Espera que terminemos nuestro discurso por la justicia, que de tanto que nos coge, podemos apropiarnos de la necesidad que tenemos de servir (para algo). Espera que terminemos de dar lecciones a otros o de quejarnos porque no nos tienen en cuenta…

El Señor espera, aguarda el momento en que al fin saldremos de la cueva para, en silencio, asomarnos al infinito, a la luz, al silencio de la Vida que como nuestra sangre, recorre, en silencio todo nuestro ser. Así es el silencio de Dios.

¿Y el nuestro?  Te invito a que vayamos entrando en la cueva de la interioridad para acallar los terremotos y los incendios…y cuando sea el momento, salir atraídos para siempre por el “susurro de Dios”.

No te lo pierdas. La vida es breve y ese regalo nos espera en la cueva, donde despacito nos vamos acallando. A diario, con empeño, sin buscar resultados, con fidelidad…y el Señor al fin será oído y escuchado. Y habrá Shemá en nuestra vida.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

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