Rispa, la mujer de la Biblia que cura contra el contagio de la guerra

Marinella Perroni. Vida Nueva

Hay muchas mujeres bíblicas. Como protagonistas o secundarias, mencionadas por su nombre o anónimas, intervienen en la historia de su pueblo que durante siglos, obstinadamente, se nos ha contado como historia de todo hombres. El estado civil de una de ellas llamada Rispa no es edificante porque es el de una de las concubinas del rey Saúl. Habla de ello el segundo libro de Samuel (21, 1-11), pero sigue siendo un personaje casi desconocido porque su historia, evidentemente, nunca se ha considerado digna de la “gran pantalla” de la catequesis y la predicación.

Y, sin embargo, Rispa entra en una historia que se repite de generación en generación, esta sí toda de hombres, hecha de guerras y venganzas, de abusos y represalias. Rispa logra ennoblecer incluso esta sombría trama de violencia reiteradas tejiendo, entre muchos hilos negros, el hilo dorado de la compasión.

En su brutal crudeza, la historia del episodio que la ve a ella como protagonista recuerda imágenes depositadas en nuestra memoria colectiva de guerra: para expiar las iniquidades hechas por Saúl hacia un pueblo enemigo y así vencer la maldición de una gran hambruna que durante tres años había devastado a Israel, David estaba dispuesto a satisfacer la solicitud de venganza del rey de los enemigos y darle siete descendientes de Saúl, los dos hijos de su concubina Rispa y cinco nietos, para que los colgaran.

La grandeza de Rispa está contenida en un solo verso: “Rispá, hija de Aiá, tomó una lona y la tendió para poder recostarse sobre la roca. Así estuvo desde el comienzo de la cosecha hasta que las lluvias cayeron del cielo sobre los cadáveres, espantando durante el día a las aves del cielo y durante la noche a las fieras del campo” (v.10).

La imagen es paradójica porque el mensaje que envía está fuera de medida. Durante meses, desde el momento de la cosecha hasta el de las lluvias, Rispa protege los cuerpos de los siete ahorcados hasta que David decide juntar sus huesos con los de Saúl y su hijo Jonathan en un solo cementerio.

La piedad de Rispa va más allá de los vínculos del tiempo y de la sangre, se engrandece y se dilata, va más allá de los vivos, llega incluso a comprender a los muertos y hasta a tener compasión también de quien no es tu hijo. Cuidar y sentir compasión más allá de toda lógica e incluso más allá de toda utilidad como respuesta a la guerra que, sin embargo, tiene siempre su lógica y su utilidad. Los estudiosos dicen que, desde el punto de vista literario, este episodio interrumpe la narración de un largo diario de guerra.

Y no entienden que precisamente aquí está su importancia: nos recuerda que la guerra fratricida es una epidemia sin solución que continúa pero que, desde siempre, la compasión de mujeres como Rispa ha mostrado que es posible interrumpir el contagio.

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