“Hay comunidades que se han sostenido y han transmitido la fe… sin que algún sacerdote pasara por allí, aun durante décadas”

Rufo Gonzalez . Redes cristianas

El domesticado “sueño eclesial” (6): “La fuerza y el don de las mujeres”
Crecen las contradicciones con el Evangelio y la Tradición viva
Las mujeres ejercen ministerios en la Amazonía. Lo reconoce el texto papal: “hay comunidades que se han sostenido y han transmitido la fe… sin que algún sacerdote pasara por allí, aun durante décadas.. Gracias a la presencia de mujeres..: bautizadoras, catequistas, rezadoras, misioneras, ciertamente llamadas e impulsadas por el Espíritu Santo. Durante siglos las mujeres mantuvieron a la Iglesia en pie en esos lugares con admirable entrega y ardiente fe. Ellas mismas, en el Sínodo, nos conmovieron a todos con su testimonio” (n. 99). Claro está que sin “ordenación” sacramental clerical.

La Iglesia, es verdad, no son “estructuras funcionales”. La Iglesia es el Pueblo de Dios, las comunidades cristianas, “reino y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apoc 1, 6). Los ministerios son funciones o actividades de servicio a la Iglesia. Pero la verdad es que algunos servidores (“ministros”) se han creído ellos la Iglesia, se han adueñado como los grandes señores, prelados, eminencias… Se han apropiado del “clero” (parte o suerte de Dios, que somos los bautizados). Han convertido el sacramento del Orden en exclusivo de los varones. Sólo ellos pueden aspirar a diversos grados ministeriales: diáconos, presbíteros, obispos (con categorías: arzobispos, cardenales, papas).

El cambio cultural femenino no puede aplicarse en la Iglesia. Su ley impide a las mujeres algunos ministerios, reservados a los varones. Esto es contrario a la cultura actual. Los clérigos no quieren cambiar sus leyes ancestrales, que interpretan como voluntad divina. Dedican sus esfuerzos a hacernos creer que el cambio cultural de las mujeres, no puede aplicarse al ámbito eclesial. Este cambio, dicen, contradice la voluntad de Dios, expresada en la práctica de Jesús.

Y, para congraciarse con las mujeres, defienden que ejercer esos ministerios o servicios, perjudicaría a las propias mujeres. Me viene a la memoria el texto más antifeminista de san Pablo, que, tratando de congraciar la cultura patriarcal de su época con el evangelio de Cristo, empieza de esta guisa: “quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo y que la cabeza de la mujer es el varón y que la cabeza de Cristo es Dios”. Y sigue sacralizando el hecho de que “un varón no debe cubrirse la cabeza, siendo como es imagen y gloria de Dios; la mujer por su parte es gloria del varón. Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón. Pues tampoco el varón fue creado para la mujer, sino la mujer para el varón” (1Cor 11, 3-15). Esta cultura de la época paulina aún tiñe la mentalidad de algunos clérigos. Hoy resulta difícil aceptar lo que dice el Papa en el n. 100 de “Querida Amazonía”:

“Esto nos invita a expandir la mirada para evitar reducir nuestra comprensión de la Iglesia a estructuras funcionales. Ese reduccionismo nos llevaría a pensar que se otorgaría a las mujeres un status y una participación mayor en la Iglesia sólo si se les diera acceso al Orden sagrado. Pero esta mirada en realidad limitaría las perspectivas, nos orientaría a clericalizar a las mujeres, disminuiría el gran valor de lo que ellas ya han dado y provocaría sutilmente un empobrecimiento de su aporte indispensable” (n. 100).

Merece analizar detenidamente estos razonamientos:

– Si se concede también a la mujer el “Orden sagrado”, hay peligro de “reducir” la Iglesia a “estructuras funcionales”. ¡Qué curioso! Si se reserva sólo para los varones, no hay tal peligro. Todos sabemos que tal peligro ya se ha dado y sigue. Se cayó en él al dividir la Iglesia entre clérigos (que gobiernan) y laicos (que obedecen). La razón no es por el género como tal. Ni porque fuera una exigencia evangélica. La razón está en el modo de entender el poder y su ejercicio en la Iglesia, que vino a ser “como los jefes de los pueblos que los tiranizan y los grandes que los oprimen” (Mc 10,42; y par.). Estructuras patriarcales de la cultura se han perpetuado en la Iglesia.

– Este reduccionismo lleva a pensar que el único modo de dar “a las mujeres un status y una participación mayor en la Iglesia es sólo si se les diera acceso al Orden sagrado”. No es cuestión de mayor o menor “status o participación”, sino de igual condición cristiana para recibir dones y carismas que posibilitan funciones diversas. Es evidente que los “status y participación” actuales no responden a la igual dignidad del varón y la mujer, acorde con la revelación de que “todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3,28). Esto lo proclama claro la llamada “revuelta de las mujeres en la Iglesia”. El uno marzo de este año, a las puertas de muchas catedrales, lo decían sus carteles: “Las mujeres católicas se rebelan y se lanzan a la calle `hasta que la igualdad sea una costumbre´”. “Que se reconozca plenamente el liderazgo de las mujeres en la Iglesia, y no solo en tareas subsidiarias, auxiliares y de cuidados”. “La Iglesia es uno de los grandes bastiones del patriarcado”.

– Este modo de ver la Iglesia (igualdad entre hombres y mujeres): “limitaría las perspectivas, nos orientaría a clericalizar a las mujeres, disminuiría el gran valor de lo que ellas ya han dado, provocaría sutilmente un empobrecimiento de su aporte indispensable” (n. 100). No me cogen en la cabeza estas cuatro afirmaciones para defender esta ley eclesial. Sólo el miedo al cisma explicaría algo la actitud evasiva adoptada. Francisco, a quien tanto valoro por su vuelta al Evangelio, da la impresión de que no puede avanzar, siendo consciente de que “el 30% del clero, los obispos y los laicos más comprometidos en el mundo, están en su contra y de cualquier reforma en la Iglesia… Nunca ha habido tantos ataques contra un Papa” (Marco Politi, periodista de La Reppublica, entrevista a radio Obispado de Colonia. RD 14.05.2020).

¿“Limitaría las perspectivas”? Más bien las ampliaría: las mujeres pueden hacer lo que vienen haciendo -ministerios “de hecho”- y otras cosas que hoy tienen prohibidas. Lo que limita es la prohibición, no las posibilidades abiertas.

¿“Nos orientaría a clericalizar a las mujeres”? A quien hay que desclericalizar es a los actuales clérigos, todos varones. El hecho de que las cristianas puedan servir a sus hermanos en la fe en cualquier ministerio no las hace “dueñas” de la Iglesia, como no debería hacer a los varones. Revisar y corregir el clericalismo, vigente en el Código de Derecho Canónico, es una tarea pendiente de la Iglesia, que no se corrige por la falta de voluntad de los actuales dirigentes, todos, por desgracia, varones.

¿“Disminuiría el gran valor de lo que ellas ya han dado”? No veo razón alguna para que disminuya el valor del trabajo que “han dado”. Por el hecho de desempeñar otros servicios eclesiales, no disminuyen los anteriores en absoluto.

¿“Provocaría sutilmente un empobrecimiento de su aporte indispensable”? No. Su aporte es tan indispensable como el de varón. Que los ministerios sean realizados por varones o mujeres no suponen empobrecimiento alguno. Al revés: se enriquecen con el aporte masculino y femenino, conforme a los carismas que el Espíritu concede. Carmen Bernabé, profesora de la Universidad de Deusto y directora de la Asociación Bíblica Española, en tertulia de periodistas vascas, apoyando la llamada “revuelta de las mujeres” (RD 25.02.2020 Lucía López Alonso) reconocía: “La Iglesia tiene cierta ceguera al abordar los retos que los tiempos le plantean… Las mujeres que participan en la vida de la Iglesia seguimos siendo tratadas como menores de edad a perpetuidad.. Las mujeres están reivindicando espacios al igual que los que plantearon los obreros en el siglo XIX… Lo que tenemos que hacer las mujeres es saber argumentar y rebatir las barbaridades que las autoridades eclesiásticas dicen sin perturbarse”.

Jaén, 25 junio 2020

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