AL FINAL… ¿SERÁ EL SILENCIO O SERÁ LA PALABRA?. Rosa Ramos

“Y ha de morir contigo el mundo mago…
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo…?”

Antonio Machado

Rosa Ramos. Amerindia. Cristianismeijusticia

Seguimos en “emergencia sanitaria”, pero también seguimos en Pascua y seguimos intentando dejarnos regalar la Presencia del Resucitado y decirle como Tomás: “Señor mío y Dios mío”.

La muerte visita el planeta. Parece que nos damos cuenta en este período, aunque nos visita a diario, siempre, como “segador esforzado” al decir de León Felipe, quién la pone en su lugar: le recuerda que ella no es más que una obrera esforzada, quizá una partera de la vida.

Por cierto en este tiempo somos más conscientes de nuestra fragilidad y finitud. Eso no resulta fácil de asumir en una cultura de muerte, que simultáneamente la oculta o niega; su aparición en escena, sobre todo en los medios de comunicación, genera mucho miedo y angustia.

Sin embargo siempre estuvo allí, aquí, a nuestro lado, convivimos con la muerte porque estamos vivos, único requisito para morir. Quizá es oportunidad para amigarnos con la “hermana muerte”. Aunque se trata de una amistad difícil y a conquistar poco a poco, en un acercamiento paulatino y respetuoso, como el del Zorro y el Principito de Saint Éxupery.

La muerte, esa visita inoportuna casi siempre -aunque deseada otras veces- despierta hondas preguntas, como las del poema inicial que se resumen en ese primer verso: ¿Y ha de morir contigo el mundo mago?, ¿cómo?, ¿es posible que los yunques y crisoles de tu alma trabajen para el polvo y para el viento? Es decir: ¡¿para que todo se abisme en la nada para siempre?!

La galera o la manga de un mago, para el asombro de los niños, puede albergar y hacer aparecer pañuelos de colores, pelotitas y hasta conejos o palomas. Así también nuestro mundo es mago, de nuestra galera pueden salir historias, tantas historias, con finales felices y no tanto, con amores y fracasos, con ideas brillantes y temores o enojos infantiles…

Nuestro “mundo mago”, ese “hondo cielo”, está habitado, poblado por muchedumbres. Qué bella imagen esta de Machado que dice inmensidad, uniendo altura y profundidad.

Somos seres pequeños, ínfimos, frágiles y de existencia breve, pero también somos inmensos porque estamos habitados. Alguno afirmará y completará rápidamente: “Sí, estamos habitados por el Espíritu”. Pero vayamos más despacio, desde lo muy próximo:

Si te pregunto ¿en quién pensaste varias veces hoy?, ¿a quién extrañas más no ver en este tiempo?, ¿cómo se llaman el compañero o compañera de tu vida, tus hermanos, tus hijos, tus nietos?, ¿qué nombre le habías dado en tus sueños al hijo que no nació?, ¿a quién le dirías hoy que amas?, ¿qué nombre tiene tu cicatriz más profunda?, ¿qué recuerdo más dulce tienes de tu mamá o de tu papá?, ¿cuál fue la higuera –casa, barrio, ciudad- donde te sentabas a soñar con la justicia cuando eras joven?, ¿qué recuerdos de infancia te hacen sonreír dulcemente?, ¿cuál es tu lugar en el mundo, cómo lo descubriste, quién te ayudó a hacerlo?…

¡Las respuestas a todas estas preguntas saldrían como palomas de tu mundo mago! ¡Tantos nombres, tantos rostros amados, volando al viento desde el pozo de la memoria evocada!

Y esos recuerdos te llevarían a otros, a tantas historias que fueron gestando la tuya que es única y hermosa, aunque tenga cicatrices. Como la de todos. Sí, cada vida, cada historia, es preciosa como una perla fina, más allá del engarce que puede ser de diferente material… Y cada vida, cada historia, es también como una muñeca rusa, de la que salen otras y otras.

En este tiempo de distancias y de extrañar tanto las presencias queridas, quizá se avivaron las memorias salvadoras, esas que nos muestran que no estamos solos, que somos desde otros, con otros, en otros, para otros… desde siempre y para siempre. Comunión, comunidad, visible o invisible. También con los que ya no volveremos a ver en este planeta azul y que nos habitan de modo privilegiado: alimentando nuestra raíz y cuidándonos las alas.

Esas memorias también me llevaron a pensar en todo lo no dicho de cada historia. Ninguna persona dice a lo largo de su vida todo lo que tendría para decir, quizá porque no logra verbalizar su vivencia, porque no tiene tiempo, acaso coraje, o, quizá, porque no encuentre el espacio de la escucha incondicional… Lo cierto es que todas las personas atesoran historias no contadas, que quedan silenciadas en su mundo mago al final de la función.

Seguramente todos hemos meditado en los Ejercicios Ignacianos “las siete palabras” de Jesús en la cruz. Siendo realistas pocos agonizantes pueden articular palabras y últimas voluntades y menos un crucificado muriendo por asfixia. Jesús también se llevó mucho sin decir (Jn. 16, 12). Podríamos más bien pensar que esas palabras las “escucharon” los amigos y amigas de Jesús con el corazón, y después, reunidos nuevamente en comunidad, aprendiendo a verlo desde la fe, haciendo memoria comunitaria del Maestro, partiendo y repartiendo pan y vida, como Él.

¿Recuerdan la película Cinema paradiso? Al final el que fuera niño y regresara adulto al pueblo une los trozos censurados de las cintas y proyecta en la pantalla lo que en su momento los espectadores no pudieron ver y nos deja ver a nosotros casi con unción de niños: uno tras otro, de tantos protagonistas, de tantas historias, se van sucediendo todos los besos de amor. Quisiera que -de modo análogo a ese final feliz- alguna vez pudiéramos escuchar de verdad, con el corazón, todo lo no dicho por toda la humanidad a lo largo de los siglos y milenios

En El primer hombre, una obra autobiográfica impactante, Albert Camus, casi llora –diría yo- el misterio de su madre que sufría tanto y, sin embargo, callaba siempre. ¿Cabría pensar en un final más feliz para el gran escritor que -sentado a los pies de esa madre tan amada- pudiera al fin oírla desatar su lengua casi muda y soltar en libertad el alfabeto que le fuera negado?

Por si acaso no queda claro, para mí el “cielo”, si es, tendrá que ser memoria universal, poesía, canto, palabra, porque como el cantautor italiano Roberto Vecchioni: “yo soy en las palabras, amo las palabras, porque cada palabra es una vida que me transforma”.

¡Qué bello final de los tiempos! Donde el final no fuera el silencio sino la Palabra, oír todas las palabras silenciadas, o no escuchadas, o quizá no entendidas, y sentir -al fin- hondamente todos los besos dados o no dados, recortados o guardados en el mundo mago de cada uno.

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