Christina Moreira, presbítera: “Si no quieren que las mujeres prediquen, oren, celebren los sacramentos, reconcilien, consuelen y bendigan… ¡dejen de bautizarnos!”

“Si fuera varón, mi ordenación sería totalmente legítima”

“Todavía no me ha puesto mi Dios un techo de cristal como el que imponen los poderosos de la institución católica”
“No me quedaba más remedio que desobedecer al papa para obedecer a Dios”
“El clericalismo es el pariente triste y negro del patriarcalismo. No tenía por qué habernos entrado por la puerta lateral esa teología del sacerdocio, que imprime carácter de élite”
“¿Acaso seremos capaces de romper ese molde que fabrica dos clases de gente, el clero y la tropa de laicos?”

 Christina Moreira Vázquez, Presbítera ARCWP/Asociación de Presbíteras Católicas. religion digital

“Y un joven corrió y avisó a Moisés, diciendo: Eldad y Medad están profetizando en el campamento. 28 Entonces respondió Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, y dijo: Moisés, señor mío, detenlos. 29 Pero Moisés le dijo: ¿Tienes celos por causa mía? ¡Ojalá todo el pueblo del SEÑOR fuera profeta, que el SEÑOR pusiera su Espíritu sobre ellos! 30”.

Todavía resuenan en mis oídos las notas del Aleluya del 22 de julio pasado, que canté desde la segunda bancada de la iglesia de la Madeleine, en el corazón de mi ciudad natal, París, el ruido mediático no las va a cubrir. Es un Aleluya sonoro e interminable, con vida propia, que pertenece a otra dimensión.javascript:false

Escribo por deber. De alguna manera, tengo que rendir cuentas de lo que allí llevamos a cabo, y he de hacerlo yo misma, aunque no tenga el estilo periodístico que encandila desde las primeras líneas. Tendrá el mérito de ser un testimonio, y ese es mi cometido.

Sí, yo soy una de las siete

Soy fácil de reconocer, en las fotografías estoy con chaqueta blanca, a veces con estola morada. Para quienes no me conozcan o solo me conozcan por rumores y cuentos, sabed que soy presbítera, o sacerdote, como gustéis, a mí no me interesa el apelativo. Recibí la ordenación sacerdotal de manos de una obispa consagrada por un obispo de linaje apostólico, de modo que, si fuera varón, sería una ordenación totalmente legítima. Solo me separa de la total legitimidad mi género, la configuración de mis órganos reproductivos. Conozco al dedillo la ley canónica en lo que respecta a mi situación, de modo que no se molesten en venir a leerme la cartilla. Por cierto, solo la Santa Sede tiene prerrogativa de castigar; de ahí para abajo, ni se molesten, no sean policías de balcón como los que abundan estos días. Cultivemos la hermandad y la sororidad; no nos juzguemos, pensemos, antes de hablar en qué es central.

Es central, para mí, en la vida y en la muerte

Hacer la Voluntad del Señor, como buenamente entiendo, comprendo y soy capaz, pues no se me pedirá más de lo que soy capaz. Y todavía no me ha puesto mi Dios un techo de cristal como el que imponen los poderosos de la institución católica. Así que iré adelante hasta que la Providencia me pare los pies, y ahí daré gracias por el camino recorrido.

Los techos de cristal, ventanas y puertas cerradas son para las moscas y las duras noches frías, son defensas contra lo que daña la vida familiar y la salud… no se hicieron para detener a las hermanas y menos todavía para acallar al Espíritu. Conozco bien la sentencia de los papas hasta el actual sobre «una puerta que está definitivamente cerrada y no tenemos poder para abrirla…». Por favor, no se molesten en buscar las citas, me las piden a mí, las tengo todas, incluidas las encíclicas (Inter Insigniores, Ordinatio Sacerdotalis… y otros decretos).

Así es, también conozco lo que la Iglesia entendida como institución dice oficialmente de la voluntad de Dios sobre su pueblo y cada uno de sus miembros. Y también sé que una proporción muy importante y creciente discrepa de su forma de entender los ministerios, el reparto de papeles entre laicos y clérigos, el gobierno piramidal y la desigualdad de género que, en román paladino de las sociedades en que vivimos, se llama misoginia, sexismo o machismo.

En concreto, la Voluntad de Quien es Todo Amor se me manifestó en forma de vocación, en experiencia honda e imborrable, tenaz e irrefrenable llamada a celebrar en la mesa del Señor Jesús, de hacer Memoria de su paso entre nosotros, entonces hoy y siempre, un paso que transita por la cruz, la suya y la de tantas y tantos, un paso de amor que todo lo transmuta en resurrección.

Si hubiera sido varón, se habría desplegado ante mí la alfombra roja. Solo una cuestión de anatomía lo impidió. Así fue como mi discernimiento tuvo que transcurrir primero sobre la veracidad de la vocación, puesta a prueba y examinada junto con varias personas con autoridad eclesial y espiritual, y luego sobre la necesidad de coherencia con esa veracidad, aun a expensas de un acto considerado ilícito. No me quedaba más remedio que desobedecer al papa para obedecer a Dios. En mi corazón esa jerarquía tiene sentido, me gustaría que esto se tuviera en cuenta más a menudo, que se me escuchara, se escuchara a los centenares de mujeres que han pasado por esta experiencia. Aunque solo unas pocas (unas 280) hoy hayan dado el paso hacia la ordenación (diaconal y presbiteral) en la Asociación de Presbíteras Católicas Romanas (siglas inglesas RCWP-ARCWP), conocemos un número importante de historias de vocación como la mía, con distintas formas y circunstancias, todas luminosas y portadoras de la huella inconfundible de la presencia de Jesús que algún día pasó rozando sus vidas y las marcó para siempre.

Decidí no abandonar mi Iglesia, la Católica, sino quedarme, puesto que la amo desde que elegí libremente comprometerme en sus filas, y la considero tan mía como de cualquier persona bautizada. Las órdenes sagradas tal como se comprenden en ella poseen varias facetas. Por una parte, eso solo podía revestir una forma: el sacerdocio ordenado. Ni el común de los fieles ni mi mera y sólida adoración por la eucaristía, ni el empeño más apasionado me habría facilitado servir en la mesa de la Cena a mi comunidad sin un sacramento que consiste en imponer las manos.

Una de las riquezas inmensas que atesora nuestra Iglesia es la sacramentalidad, un tesoro del que otras familias cristianas han prescindido. Hoy puedo dar testimonio de lo que se pierde quien no recibe una imposición de manos de parte de otras personas que transmiten el soplo del primer mandato de generación en generación. Llega a nuestros oídos el “Alégrate María…”, “Id y dadles vosotros de comer …”, “Ve y di a mis hermanos que les espero en Galilea…”, “Adonde vayáis anunciad la Buena Nueva del Reino…” y también “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?”, y, sobre todo, la que cambió mi vida: “Haced esto en memoria mía”. A propósito, dejo que quien lea busque estas frases en su Biblia, no son mías… O sí, un poco, son más mi vida que yo misma, aire para respirar sin el que no podría seguir. Una vez que alguna de estas frases o algún gesto entrevisto se graba en alguien… no queda otro remedio que obedecer.

La desobediencia es ir contra el mandato de la vida, es negarse a compartir el amor, la paz, la alegría profunda, puro gozo sin fondo, luz absoluta que me visita cada vez que extiendo las manos y solo leo unas palabras que no son mías. Me niego rotundamente a renunciar a los sacramentos, a ninguno; con especial pasión la eucaristía y el orden sacerdotal, ya que constituyen el núcleo de lo que llevo en mi vasija cual ungüento para embalsamar como otrora la compañera apóstola. No veo diferencia entre traer a Dios al mundo en forma de pan y vino y parirlo, y eso sé hacerlo, como María de Nazaret, la única con potestad para decir: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”. ¿Dónde hemos perdido las mujeres la facultad de traer vida y presencia al mundo, la de encarnar en nuestro cuerpo al mismísimo Verbo? Donde una pudo podemos todas.

Todas apóstolas, hermanas y diversas

El clericalismo es el pariente triste y negro del patriarcalismo, se nos ha colado como hijo bastardo en la familia eclesial. En efecto, una imposición de manos, según 1Tim 4,14 o Hech 6,6, repitiendo el gesto de Jesús que acompaña una plegaria y transmite salud y salvación (Mt 19,13), no tenía que acarrear la opresora lógica de dominación-sometimiento que ya hacía estragos en el mundo antiguo y permanece tras siglos como la única que conoce la mayoría.

No tenía por qué habernos entrado por la puerta lateral esa teología del sacerdocio, que imprime carácter de élite y hace seres especiales, casi mágicos, que determina que sin esos varones célibes Dios no se puede hacer presente, por ser ellos mediadores insoslayables de la gracia. Sí, eso dicen, cuando yo celebro hago teatro porque Dios no viene, porque ellos lo digan y porque ellos lo valen.

No tenían que crear tanto cuento para mantener a esta gente en los seminarios a la espera de verse transformados en casi ángeles a cambio de la entrega de su afectividad, la del eros y bastante de la otra… a la fuerza. Hasta la libertad del don por amor se les retira. Podría haber sido de otra manera, y todavía estamos a tiempo de cambiarlo. Las mujeres queremos ser parte de ese cambio, parte del remedio, queremos participar y decir al fin lo que nos parece, por el bien de todos, tanto como seamos capaces. No nos vamos a callar.

Una imposición de manos de los ancianos ratificaba el ministerio apostólico, daba el visto bueno de la comunidad y transmitía la fuerza del amor, la fe, la esperanza y la pasión por el Reino, daba la fuerza necesaria para pisar con pie firme la Vía de la Buena Nueva, con pie firme y en compañía de todos y todas las llamadas que se contaban, ya en vida de Jesús, por cientos.

“No tenían que crear tanto cuento para mantener a esta gente en los seminarios a la espera de verse transformados en casi ángeles a cambio de la entrega de su afectividad”

Yo he recibido imposiciones como esas, en mi comunidad, junto a hermanas y hermanos que no pretenden otra cosa que dicha hoja de ruta. Sin mandos ni jerarquías, sin celos ni competencia ya que cada cual se coloca en su lugar, el que colma sus sueños, y ese lugar siempre está libre.

Esto fue lo mismo que encontré junto a estas 7 mujeres, Helene Pichon, Claire Conan-Vrinat, Loan Rocher, Marie-Automne Thepot, Sylvaine Landrivon y Laurence de Bourbon Parme, y con Anne Soupa, cuya iniciativa arrolladora puso en alerta a toda una multitud ávida de hechos liberadores y palabras valientes. Una mujer decidida y abierta que un día me llamó, junto con la coordinadora de un nuevo grupo llamado “Toutes apôtres” (Todas apóstoles), Alix Bayle, para preguntarme qué me vendría bien solicitar en la Iglesia de Francia hoy, así como estoy, ordenada y ya ejerciendo mi ministerio con la modalidad soñada de una Iglesia horizontal, circular y no opresora que caracteriza a cada una de las comunidades de las mujeres y varones presbíteros de nuestra asociación ARCWP. Después de años de faltar de la Iglesia de Francia, en la que recibí el bautismo, la primera comunión y la confirmación… y también la vocación, la que me enamoró… se me ofrecía devolverle algo de servicio amoroso y no dudé en responder: “Lo que haga falta, cualquier puesto donde mi ministerio pueda alimentar a mis hermanas y hermanos, preferiblemente una parroquia humilde de las tantas que hay desatendidas”.

Así me encontré, a los pocos días, depositando en el buzón del nuncio en París, todas esas ansias con forma de carta y creyendo sinceramente que sería maravilloso si un día esos negros portones se abrieran y asomara una sonrisa acogedora. Sí, tengo esa inocencia y tal vez esa inocencia me proteja porque nos ha contestado la nunciatura y nos va a recibir. Detrás de las puertas hay un hijo de Dios, alguien que siente, piensa y seguramente habla y escucha. Estoy deseando conocerlo. Para amar he sido ungida y eso haré. Mi hospitalidad me viene de linaje apostólico, de mujeres sabias y amorosas que no temían ni a la oscuridad de los cementerios ni a los soldados que amenazan ni a la muerte a la hora de hacer lo que hay que hacer. Somos sus hijas.

Acto seguido nos reunimos con periodistas ansiosos de conocer, preguntar, saber y difundir. Me agradó el respeto, la busca sincera de comprensión, y hasta la capacidad para sacarme perfiles agraciados. Nos acompañaron a la iglesia de La Madeleine, el día en que la Apóstol de los Apóstoles es celebrada en toda la Iglesia universal; allí concelebré desde la bancada, debidamente ataviada con mi estola morada, y me permitieron dirigir una última oración y bendición con el pueblo antes de salir. No hubo conflictos, no hubo exclusiones ni riñas; todo transcurrió con normalidad apabullante. Incluso a la salida del templo, varias personas que no tenían por lo visto prisa por marchar se acercaron para charlar, como hacían otrora mis párrocos al terminar la misa, las acogí dando por dentro las gracias por tanta riqueza. La gente necesita ser escuchada; ese alimento se les niega tantas veces… Me habría pasado la tarde con ellas, la vida. Sí, sigamos discerniendo, día a día, a qué nos manda el Señor, a quienes nos envía, y vaya cómo contesta.

“Mi hospitalidad me viene de linaje apostólico, de mujeres sabias y amorosas que no temían ni a la oscuridad de los cementerios ni a los soldados que amenazan ni a la muerte”

Necesitamos, urgentemente, que miles de manos sean ungidas, que miles de manos se posen sobre las cabezas de quienes han de llevar la Buena Noticia a los que sufren en pobreza, en las cárceles, en los hospitales, en los suburbios y campos de refugiados y de batalla del mundo. No ha caducado la Gracia, sino que sobreabunda. No ha muerto el amor de hermandad ni se ha apagado la pasión por el proyecto del nazareno. ¿Entonces por qué ese clamor que pide que se acaben las ordenaciones, que cualquiera celebre como le plazca lo que le plazca? ¿Acaso seremos capaces de romper ese molde que fabrica dos clases de gente, el clero y la tropa de laicos… ¿Acaso seremos capaces de ser un mismo pueblo desprovisto de castas donde solo permanezca el afán de servir, cada cual donde la vida le sonría y haga falta?

Somos y seremos capaces de bendecir a espuertas a miles y millones, ya lo hemos demostrado, nos gastaremos las manos imponiéndolas. Ojalá todas y todos quieran ser discípulas a pleno rendimiento, el mundo nos necesita, hace falta nuestra voz, hace falta la justicia, hace falta la paz, el amor… El mundo está demasiado mal para que tengamos que gastar tanta fuerza en pedir que todo el pueblo de bautizados sea igualmente acogido y aprovechado para la mies, para que tengamos que repartir el poder en diminutas parcelas hasta pulverizarlo.

Si no quieren que las mujeres prediquen, oren, celebren los sacramentos, reconcilien, consuelen y bendigan… ¡dejen de bautizarnos! Si no puedo sentarme junto al Señor a su mesa para repetir sus gestos y palabras dejen de dar la comunión a las mujeres. Quédense entre ustedes en su club selecto de caballeros y dejen el trigo en el campo… Nosotras nos encargaremos, ya estamos afilando la hoz, ya el Señor limpió para nosotras la era, no se equivoquen, junto a él somos invencibles, y lo sabemos.

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