El laberinto de la banalidad

Jose Maria Rodriguez Olaizola sj. PastoralSJ

Decir de algo que es banal es decir que es prescindible, superficial, intrascendente. Hay, en la vida contemporánea, muchas vivencias que pueden ser así descritas. Banal es el peso de la imagen y la apariencia física que se convierte en obsesión. También la capacidad, tan contemporánea, de opinar sobre todo, sin necesidad de que dicha opinión venga un poco elaborada o fundamentada en lectura, información, conocimiento… Banal es el imperativo de la diversión que hace que tanta gente tenga como único criterio de decisión el «pasarlo bien», algo que ayuda de vez en cuando, pero no puede ser el único sentido en la vida. Banal es la inconsistencia con que muchas personas desechan lo que no entienden. Es la proliferación de ofertas que permiten elegir la evasión frente al compromiso. Lo banal, de algún modo, sería lo opuesto a lo profundo.

Pues bien, existe un laberinto en el que los quiebros y requiebros del camino tienen que ver con la banalidad. Es un encierro sutil, porque a menudo pasa desapercibido. Estás perdido, vagando, sin rumbo, y ni siquiera lo sabes. Este laberinto no es tan doloroso como algunos otros, que inmediatamente te hacen ser muy consciente de estar en una prisión. En este caso puedes vivir constantemente entretenido, de escaparate en escaparate, consumiendo sensaciones, y hasta piensas que estás bien, que estás haciendo lo que quieres. Caminas de un lado a otro, giras, vas, vuelves, pasando una y otra vez por los mismos lugares que cambian de apariencia. Y ni te das cuenta de que estás encerrado en una prisión de espejos. Quizás porque ignoras que al otro lado de esos muros hay una vida profunda, mucho más auténtica. A veces, el caminante intuye esa vida de fuera. A veces anhela algo diferente. A veces se ve sin maquillaje ni apariencia, y siente que la vida podría ser otra cosa, pero rápidamente elige volver al vértigo, al engaño, a la emoción, aunque sea generada artificialmente.

¿Cómo salir de este laberinto? Quizás en este caso la forma de hacerlo es frenar. Detenerse en un punto, y negarse a seguir vagando, sin rumbo ni intención. Poder plantearse algunas preguntas necesarias. ¿Qué es innegociable en mi vida? ¿Qué valores no estoy dispuesto a traicionar? ¿Creo en algo? ¿En qué? ¿En Quién? ¿Por qué? Solo tengo una vida, ¿qué quiero construir en ella? Y mis dudas, ¿a dónde me llevan? ¿Cuáles son los nombres importantes en mi historia (es decir, hay amor verdadero)? Tal vez esas preguntas puedan ayudarle a abrir la puerta de dentro, y descubrir esas habitaciones cerradas donde, sin él saberlo, hay una verdad mucho más profunda, más fecunda, y más llena de posibilidades.

José María Rodríguez Olaizola,sj

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