¿Qué es lo que quieren las mujeres?

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Edisson Fiquitiva Sánchez, FSC.vida nueva digital

¿Qué es lo que quieren las mujeres? ¿Para qué quieren ordenarse? En primer lugar, se me ocurre que las aspiraciones femeninas no pueden ser otras diferentes a las aspiraciones comunes de la humanidad: desarrollar las capacidades personales y ponerlas al servicio de la comunidad; comprender lo que significa ser mujer, pero de verdad, dentro de esa realidad redescubierta que es la condición humana comprendida como “unidualidad”

Y por el camino, hallar una manera propia y auténtica de ser alguien de frente a los condicionamientos culturales de una sociedad pensada por hombres, para hombres, incluso teológicamente. Quieren que, en la medida que van alcanzando esta doble meta, sus hallazgos sean mirados con la igualdad y el respeto que pongan también a los hombres en camino de apertura a la posibilidad de mirarse con ellas de frente y escucharse mutuamente con atención, de ser humano a ser humano.

Probablemente quieran otras cosas. Porque en todo caso ¿qué puede saber lo que en realidad sucede en sus corazones quien esto escribe? Es preciso decir aquí que, además de mi condición de hombre mayor, católico, religioso lasallista, docente, entre otras peculiaridades, he sido y seguiré siendo estudiante de Isabel Corpas de Posada, autora del e-libro ¿Ordenación de mujeres? Un  aporte al debate desde la eclesiología de Vaticano II y la teología feminista latinoamericana. Y estas son algunas de mis impresiones que brotan luego de leer sus 389 páginas. .

El androcentrismo en debate

Si hablamos de la Iglesia católica, reflejo paradigmático de unas circunstancias androcéntricas aún vigentes, se multiplican y ahondan los cuestionamientos hasta el punto en el cual los hombres debemos guardar un silencio penitente ante siglos de condescendiente indiferencia sistemática; porque visibilizar a las mujeres en la historia del cristianismo así como su plena incorporación a los ministerios de las iglesias se ha convertido hoy en un problema crítico del cristianismo. El modo como la Iglesia trate este problema puede determinar sin duda su supervivencia como opción religiosa viable para la humanidad en el futuro.

Esta serie de inquietudes son apenas una muestra mínima de todos los que el texto llega a plantear, y que responde con sencillez en su exposición y profundidad en su erudición, haciendo de este una obra de gran valor didáctico dentro del saber teológico, mediante una hábil articulación de fuentes académicas y magisteriales que se expanden desde la antigüedad clásica, pasando por la Tradición y llegando hasta las recientes y controversiales, construyendo un robusto aparato crítico.

Siguiendo el método de la teología sistemática y bajo la figura de “lectura de textos”, Isabel Corpas de Posada presenta en tres partes un detallado examen de la cuestión de los llamados ministerios ordenados, tanto relación con los varones como particularmente con las mujeres, acompañado de sus agudas anotaciones y observaciones, que muestran la perspectiva histórica, social y cultural que ha dado forma a los conceptos de uno y de otra en la teología, condicionando tanto los significados como las prácticas de las comunidades.

“Esta puerta está cerrada”

Mientras que oficialmente se exalta la condición femenina, el “genio femenino”, los valores femeninos, la naturaleza femenina, aseverando la verdad de la mujer como imagen y semejanza de Dios al igual que el hombre, cosujeto de su existencia prácticamente desde el pontificado de Juan XXIII; junto con el deseo de Pablo VI de ver concedidos a la mujer los derechos y responsabilidades del cristiano en el seno de la Iglesia católica y que se emprenda un serio estudio doctrinal acerca de la situación de la mujer en el orden sacramental; pasando por la especial interpretación a este propósito de los textos de la Escritura de Juan Pablo II; también las afirmaciones de Benedicto XVI acerca de la gran deuda de gratitud que tiene la Iglesia con las mujeres; y llegando hasta Francisco, quien ha dicho que la Iglesia sin la mujer pierde fecundidad, igual siempre se ha concluido tajantemente que “esa puerta está cerrada”, lo cual quiere decir incluso hoy que la mujer no está destinada a tener en la Iglesia funciones jerárquicas de magisterio y de ministerio.

No cabe duda que cuanto han realizado y realizan hasta hoy las mujeres en la Iglesia alrededor del mundo cumplen a cabalidad, y en algunos casos incluso supera, las responsabilidades y tareas de los ministerios ordenados, por lo cual parecería suficiente tan solo reconocer su entrega y acompañarlos con determinados gestos oficiales que simbolizan ese interés y deseo de enaltecimiento, como el nombramiento de auditoras conciliares y sinodales, la admisión de mujeres en las Congregaciones Vaticanas, la creación y puesta en marcha de comisiones especiales para el estudio de estos problemas; pero no es suficiente.

Discurso paralelo

Porque de forma paralela también hay un discurso y unas acciones que establecen límites y criterios inalterables de su campo de acción y realización personal: la maternidad y el cuidado del hogar, o bien el convento, siempre supeditadas al autoritarismo masculino en cualquier circunstancia, toda vez que la palabra y el saber eran, y en cierta manera todavía siguen siendo, histórica y culturalmente masculinos. Por ello, además, hemos estado acostumbrados (y algunas acostumbradas) a una lectura androcéntrica y patriarcalista de la realidad que posiblemente han pasado por alto ciertos aspectos que la reflexión teológica femenina no.

Ciertamente, estas contradicciones obedecen a la tensión histórica entre “los signos de los tiempos” de visionarios y visionarias tanto eclesiásticos como seculares, y una legislación institucional heredera (recalcitrante) de condicionamientos socioculturales.

Con todo, por más sorprendente que pueda parecer, no ha sido un reclamo justificado por parte de las mujeres, ha sido una petición reiterada, de diversas maneras a lo largo de la historia, por parte de los hombres de Iglesia: Danielou, Congar, Kasper, Carlo María Martini, un número considerable de Conferencias Episcopales y varios sínodos, que desafortunadamente no han encontrado respaldo.

Mirar con esperanza el futuro

No obstante esto no impide mirar con esperanza el futuro porque, a propósito de la “infalibilidad” aún controversial sobre la ordenación de las mujeres, pero que es posible hacer extensiva a otras inquietudes femeninas recogidas en diversos apartes de la obra, dice Isabel Corpas de Posada:

Vaticano II resaltó la condición peregrinante de la Iglesia, precisando que “mientras no lleguen los cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, pertenecientes a este tiempo, la imagen de este siglo que pasa” (LG 48), condición que confirman sus dos mil años de su caminar por la historia, realizándose en los contextos cambiantes de cada época, asumiendo formas variadas en su estructura y organización ministerial con sus consiguientes interpretaciones teóricas y prácticas de las funciones de liderazgo y servicio: Ecclesia semper reformanda, como ha recordado el papa Francisco en varias ocasiones.

Esta esperanza no radica exclusivamente en una intuición optimista producto de una lectura parcializada; establece la perspectiva de afinidad y complementariedad entre el contenido teológico, conclusivo de la interpretación bíblica, los documentos pontificios, contrastados con numerosos textos magisteriales, y las líneas de reflexión resultantes de la lectura femenina del papel protagónico de la mujer en el Nuevo Testamento.

Las mujeres en la vida de la Iglesia

No escapa a un análisis transversal que a la verdad sobre la mujer fundamentada en los datos doctrinales de la antropología bíblica, se corresponde con el examen del lugar relevante que ocuparan las mujeres en la vida de la Iglesia, que puede leerse tanto en los evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas Paulinas como en la abundante literatura, que a este propósito el texto provee, de los primeros años de una Iglesia institucionalizada; se confirma, pues, para la autora, que la institución del servicio femenino en el pueblo de Dios, no se redujo a la relación esponsal del matrimonio o a la virginidad, sino al conjunto de las relaciones interpersonales que estructuraron la convivencia y la colaboración entre sus integrantes.

En un escenario que aún no cambia a pesar del avance de las ciencias naturales, las ciencias humanas y las ciencias bíblicas, donde el Dios de las religiones y las iglesias no tiene ya la misma o ninguna significación para la vida secular, las conclusiones que esta obra brinda a sus lectoras y lectores darán motivo para preguntarse sobre nuevas maneras de seguir comprometidos con el proyecto de un mundo mejor posible, atentos a las aspiraciones de liberación que en nuestros pueblos incorporan la promoción humana de la mujer como auténtico signo de los tiempos.

* Religioso lasallista, teólogo y educador. Miembro del equipo teológico de la Conferencia de Religiosos de Colombia.

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