Eucaristías espurias. Comuniones fraudulentas

Celso Alcaina. atrio.org

Abordar este tema es temerario, escandaloso. Instituciones, comunidades y personas se creerán atacadas en sus sentimientos y convicciones. Pero afrontarlo es deber del teólogo. Lo hago con este sucinto divulgativo post, sin pretensiones, con la mejor intención. No me importa gritar en el desierto. Pretendo denunciar una doctrina y una praxis incrustadas en el pueblo cristiano. Igual que Unamuno a España, yo a la Iglesia la amo “porque no me gusta”. Lo siento por Toledo con su Corpus Christi, por Lugo con su Sacramento, por tantos sinceros adoradores nocturnos, por los miles de clérigos que “dicen” Misa, por los crédulos cristianos que “ven” el cuerpo de Jesús en el “altar” y en los sagrarios. También pido perdón a quienes constituyen sus negocios en torno al templo y a las fiestas de primeras comuniones.

El día más feliz de mi vida”. Es la frase que padres y educadores ponen en boca de sus niños/as el día de su primera comunión. Les hacen creer que el cuerpo de Jesús entra en su estómago cuando tragan un pedacito de pan, la hostia, que el cura les entrega. Que beben sangre de Jesús al sorber unas gotas de vino. Habéis leído bien. El cuerpo vivo de Jesús de Nazaret. Su sangre borboteante. Y eso, cuando ya han pasado dos mil años de la vida terrena de Jesús. No, no puede ser. Es absurdo.

La institución católica pretende aclararlo con la palabra “mística”. Es decir, misteriosa, incomprensible, sin posible explicación. Calificativo que podría aplicarse igualmente a la Trinidad, a la divinidad de Jesús, al pecado original o a otros dogmas sólo admisibles bajo el paraguas del “mito”. Puede que en otros tiempos lo místico y el “mito” hayan sido algo indiscutido, interiorizado y aceptado como real. En nuestro mundo intelectualizado, los “mitos” son analizados y, si nos place, rechazados o, mejor, limitados a su estricto ámbito mítico.

De admitirse la transustanciación como “mito”, habría que evitar presentarla como real. Lo contrario es fraude. En un post reciente, yo me referí a un curioso mito/leyenda en Galicia. La Madre de Jesús, en carne mortal, habría navegado desde Jerusalén (sic) hasta la Costa da Morte en una nave pétrea. En Muxía se encuentran la cubierta, la vela y el timón. Cada una de esas rocas pesa muchas toneladas. Los lugareños y romeros encuentran en esas piedras la manifestación de sus divinidades. Piedras teofánicas del Neolítico. Mitos de la Edad de Hierro entreverados con la posterior leyenda cristiana de la aparición de María a Santiago en el Finisterre. Pero nadie, en su sano juicio, defiende la realidad de ese viaje marítimo de la madre de Jesús. El mito/leyenda coexiste con la realidad (no realidad) histórica.

Limitándonos a los niños, cabe invocar el “abuso de menores”. No sólo metemos en sus cabecitas un absurdo integral, un trágala porque lo digo yo. Les obligamos, además, a pasar previamente por el confesonario. Suscitamos en ellos, inocentes, el sentimiento de culpa, de pecado. Ese lavado de cerebro podría protraerse, incuestionado perezosamente, a la adolescencia y adultez. La constatación actual es de que, en la mayoría de los casos, la primera comunión coincide con la última.

No haría falta recurrir a la historia del Cristianismo para ratificar el fraude que entraña la “transustanciación” o real conversión sustancial del pan y vino en cuerpo y sangre. Siendo un absurdo, toda mente humana podría y debería rechazarla. Ello, independientemente de los pretendidos fundamentos históricos o bíblicos. Pero es que la historia y el movimiento cristiano avalan cuanto estoy denunciando.

En el siglo I de nuestra era, años 50 – 100, los pocos seguidores de Jesús solían reunirse para conmemorar la vida de su Cristo. Lo hacían en casas particulares: cenas fraternales y solidarias. Todavía vivían apóstoles y discípulos directos de Jesús. Reproducían la última cena jesuánica..

Ya entonces se observaron disfunciones. Excesos en el beber, segregación de los pobres. Pablo reprende duramente a los que se reunían y da más importancia a la fraternal juntanza que a la comida: ¿No tenéis casas donde comer y beber”. Bien pronto, de casas particulares se pasó a lugares comunes, embriones de los templos.

A partir del siglo II, en sinagogas o centros comunitarios, las cenas declinaron y desaparecieron. Las reuniones se limitaban a oraciones, cánticos, homilías.

Todo cambió o se aceleró a partir del año 313. El emperador Constantino dio carta de naturaleza al Cristianismo, albergó en sus basílicas a los cristianos, impuso el latín como lengua común y mandó construir iglesias tan espaciosas como necesario para dar cabida al creciente número de creyentes. Del pusillus grex, a poblaciones enteras con sus reyes a la cabeza. De las catacumbas, a las catedrales. De la persecución y martirio, al poder compartido con los emperadores. De la pobreza, a la ostentación. Nuevos ricos.

Las referencias de 1 Cor 11, Mc 14, Mt 26, Lc 22 y Jn 6 a las palabras “tomad y comed” tienen un evidente sentido simbólico y poético. Lo contrario sería tratar a Jesús de mago. La última cena tampoco fue un banquete sacrificial. Y la historicidad de los textos evangélicos es puesta en duda por insignes biblistas independientes. Los Padres de la Iglesia (Ignacio de Antioquía, Justino, Ireneo, Hipólito, Orígenes, Cipriano) dan una interpretación evidentemente espiritualista a la comida (fracción del pan) en las reuniones eucarísticas. Justino la asemeja expresamente a los misterios mitraicos.

Del siglo IV al VIII, la Eucaristía (acción de gracias) sufre un importante cambio de significado. En base al desconcertante dogma de la divinidad de Jesús proclamado en Nicea (a. 325), se pasa a considerarla “sacrificio” como valor central, lo que provoca temor, distanciamiento y nula disposición a comulgar.

Entre los siglos IX y XV, los teólogos, inicialmente monjes imaginativos de la Galia, utilizando conceptos aristotélicos, especulan sobre la presencia real de Jesús en el pan y el vino. Surge el término y concepto “transustanciación”: el pan y el vino dejan de ser pan y vino y se convierten en el cuerpo y sangre de Jesús. Algunos defendieron la “consustanciación” (coexisten las sustancias de pan y vino con la sustancia corporal de Jesús). Otros negaban toda conversión sustancial. Cinco siglos de polémica, hasta la Reforma luterana y el Tridentino. La Eucaristía había pasado a ser reproducción del “sacrificio”, el que Jesús culminó en la cruz. Por eso se celebra en el “altar”, igual que los antiguos “sacrificios” judíos. Los sacerdotes son los funcionarios sagrados encargados de realizar ese “sacrificio”. Ya no dejarán de llamarse “sacerdotes”. El clan sacerdotal se esclerotiza. Los fieles acuden pasivamente a esa Misa-Sacrificio y se limitan a adorar al Señor. Pero no comulgan, acaso por reverente temor. ¡Comerse una persona viva! En el siglo XIII, el Concilio Lateranense IV, en el fragor de la polémica teológica sobre la transustanciación, tuvo que obligar ac omulgar una vez al año. El conocido “precepto pascual”, vigente durante siete siglos, hasta el Vaticano II.

A partir del siglo XIII, surgen multitud de devociones y manifestaciones eucarísticas. Elevación del cáliz y de la hostia, exposición del Santísimo, fiestas del Corpus Christi, congresos eucarísticos, etc.

Aclarar que la cultura judía prohibía consumir sangre de cualquier animal, más aún si era sangre humana. Por el contrario, otros ritos paganos daban sentido místico (no real) al “comer el cuerpo y la sangre de sus dioses”. Durante un milenio, en el Cristianismo, a nadie se le ocurrió hablar de la “transustanciación” o presencia real de Jesús. La Eucaristía era “recuerdo” de la última cena y de toda la vida de Jesús. Los cristianos primitivos eran conocidos por su estilo de vida, por cómo se comportaban con los demás y no por congregarse en templos.

      Jesús no pudo dejar en herencia bienes temporales. No los poseía. Tampoco instauró un determinado rito en la Última Cena. Legó a sus seguidores un proyecto de vida en igualdad, justicia, libertad y amor. Por ese “Reino de Dios” luchó hasta entrar en conflicto con las autoridades políticas y religiosas. El resultado, la crucifixión.

Celso Alcaina

Dr. Filología y Teología, Lic. Derecho

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s