LA MIRADA, LA CONCIENCIA, EL TESTIGO

Imagen de Patrick Marty en Pixabay 

Mónica Mínguez Franco. cristianismeijusticia

Ser testigo es el proceso de mirar hacia el exterior y hacia el interior simultáneamente.

Cuando dirigimos la mirada hacia cualquier objeto exterior, algo, incluido en esta mirada nuestra, se dirige hacia ese objeto, lo toca y lo envía de nuevo a nosotros. Esto que sale de nuestra mirada para tocar ese objeto y percibirlo es lo que llamamos atención, entendiéndola en sentido amplio, como consideración.

Para que esta consideración se produzca, las tradiciones asiáticas antiguas explican que la energía vital –prana o chi– es lo que sale en esta mirada hacia fuera y transporta la vibración de la conciencia y la sensibilidad hacia el objeto. Desde esta experiencia se dice que la atención o consideración es la conciencia sumada a la energía vital. Es como si una flecha saliera y tocara el objeto; simultáneamente, una segunda flecha vuelve hacia nuestro interior y toca nuestro corazón y nos obliga a observarnos a nosotros mismos, en un ‘observar al observador’. Lo que ocurre entonces es que el que observa se autoobserva y en este proceso, hace desaparecer su condición de observador, produciendo un fenómeno de fusión entre lo observado y sí mismo, el observador. Esta fusión produce una mirada sencilla a la que llamamos ser testigo. Cuando se experimenta este proceso y la persona se convierte en testigo es cuando se desarrolla una relación de intimidad y vinculación con el objeto observado.

Si en lugar de un objeto observamos una persona, otra persona, como nosotros mismos, entonces somos testigos de la otra persona, a la que miramos, y se abre un vínculo de comprensión que produce un cambio en nuestra conciencia: tomar conciencia sobre el otro es hacerlo sobre nosotros, sobre quién somos y de qué somos parte.

Sabiendo que esta capacidad vive en todas y cada una de las personas que habitamos el planeta, resulta extraño ver la frialdad, quizás indiferencia con que recibimos las terribles imágenes que nos llegan, por ejemplo, en el caso del campamento de Moria, en la isla de Lesbos, en Grecia. No hace falta estar allí para compartir el miedo a perder el hogar y la seguridad; no hace falta estar en Moria para saber la importancia de que los pequeños reciban formación reglada; tampoco hace falta estar en Moria para sentir lo que debe ser no tener una asistencia sanitaria mínima, comenzando por el saneamiento del agua. No hace falta. Sin embargo, cuando los medios de comunicación nos dan a conocer esta situación –serviría también la de los campos de refugiados, por ejemplo– nuestra mirada parece carecer de esta energía vital –prana o chi, decía antes– que la pueda convertir en conciencia. Y esta conciencia es sustancial para el cambio. Sin esta conciencia que supone el haber despertado a las realidades de las otras personas, no nos rebelamos contra lo establecido, al contrario, damos por ‘normal’ la existencia de los campos de refugiados ya sea que estén en Grecia o en algún país de África Oriental, Turquía o Libia; damos por ‘normal’ el éxodo de miles de personas hacia nuestra frontera sur y las muertes que se producen en el Mediterráneo por el naufragio de pateras o damos por ‘normal’ que personas migrantes sean encerradas en Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) hasta que son repatriados.

La normalidad es aquello que aceptamos como parte de nuestras vidas o de la realidad que nos afecta y que, al ser aceptado, parece no precisar de cambio alguno. Esta decisión la tomamos dependiendo de la mirada que el objeto observado nos devuelve. Solo si somos capaces de vivir esta fusión entre lo observado y nosotros mismos, tomamos conciencia del otro y, más allá de si atendemos a la capacidad de profundizar más, tomamos conciencia de que el otro soy yo.

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