Edith Stein: la filósofa de la empatía que murió en Auschwitz sin respuesta del Papa

El 12 de octubre de 1891 nacía en una familia de judíos alemanes Edith Stein, quien hoy es reconocida por la Iglesia católica como mística, mártir, santa y patrona de Europa
El filósofo Husserl acogió a Stein en su círculo de estudiantes allegados, donde ella empezó a profundizar en el concepto de “empatía”
Stein admiraba a María por su “silenciosa obediencia”. En cambio, en otros de sus textos su pensamiento se vuelve más arriesgado, asegurando que “aun en la vida más contemplativa, el vínculo con el mundo no debe romperse”

 Lucía López Alonso. religion digital

El 12 de octubre de 1891 nacía en una familia de judíos alemanes Edith Stein, quien hoy es reconocida por la Iglesia católica como mística, mártir, santa y patrona de Europa. Con la abrupta muerte de su padre, cuando ella era pequeña, tuvo que aprender muy pronto que la vida es un suspiro. Gracias a su hermano mayor, que le daba charlas sobre Goethe y Schiller cuando ella tenía una edad en la que no podía comprenderlas, fue una niña que se enfocó al conocimiento con todo su entusiasmo, alumna sobresaliente en el colegio.

Sin embargo la personalidad de Stein se haría notar especial e imprevisible, negándose a seguir el camino trazado por las convenciones. Al terminar el instituto, por ejemplo, su decisión de abandonar los estudios impactó a su familia. La joven Stein se tomó un tiempo para sí, y a través de su formación autodidacta se dejó deslumbrar por el pensamiento del ya entonces célebre filósofo Husserl. De 54 años, el profesor Husserl acogió a Stein en su círculo de estudiantes allegados, donde ella empezó a profundizar en el concepto de “empatía”.

Pero de nuevo surgió dentro de la joven judía la pugna entre las ideas y la acción, lo que la impulsó a volver a salirse del sendero y paralizar su doctorado en Filosofía para irse a trabajar de voluntaria a un lazareto de enfermos contagiosos. Verdadera pionera entre las mujeres que, entonces, llegaban a cursar estudios filosóficos, Stein se doctoró con las mejores calificaciones y empezó a trabajar como asistente del propio Husserl. A partir de entonces, su carrera no se quedaría en la universidad, sino que, en su búsqueda espiritual, se fue aproximando a terrenos cristianos. Leyendo a Santo Tomás o escribiendo una Meditación sobre San Juan de la Cruz, Edith pasó a dar clases en los dominicos de Espira y a frecuentar abadías, hasta finalmente (junto a su hermana Rosa) convertirse al catolicismo.

Corrían los años 30: el auge del antisemitismo, extendido por Hitler en sus mítines, no tardó en encarnarse, además de en abominable violencia callejera, en políticas y leyes, como las de Nuremberg. Así Stein, que trabajaba como docente desde 1931 en el Instituto Alemán de Pedagogía Científica en Westfalia, tuvo que abandonarlo en el 33: el nazismo la despojó, por judía, de sus derechos de ciudadana. Entre ellos, el derecho a enseñar.

Intelectual valiente, Stein en aquella época era miembro de la Asociación Prusiana para el Voto de las Mujeres y se declaraba feminista. Figura central de los inicios de la Teología feminista, su pensamiento de género debe entenderse, eso sí, inscrito en un contexto y un imaginario del que el feminismo actual ha sabido evolucionar. Como la cuestionable asociación de la mujer al papel que la “naturaleza” y “gracia” le han adjudicado. Stein admiraba a María por su “silenciosa obediencia”. En cambio, en otros de sus textos su pensamiento se vuelve más arriesgado, asegurando que “aun en la vida más contemplativa, el vínculo con el mundo no debe romperse”.

Esa fue la epifanía de Edith Stein. Pasó toda una noche leyendo la Vida de Santa Teresa de Ávila, y eso le llevó a decidir hacerse monja. Tomó los hábitos en el Carmelo con el nombre de hermana Benedicta Teresia Hedwige, precisamente en honor a Santa Teresa.

Habiendo rechazado irse a América del Sur a dar clases por hacerse carmelita, en 1933 Stein supo leer los tiempos y sacar una advertencia profética: los judíos corrían un serio peligro. Se atrevió, entonces, a escribir al propio Papa y compartir con él su preocupación. Le envió a Pío XI una carta pidiéndole que le dedicara una encíclica a su pueblo, que sería perseguido hasta unos límites que entonces nadie imaginaba. Nunca recibió respuesta pontificia.

La Gestapo en el convento

En enero de 1939, Hitler anunciaba con todo su aparato de propaganda el exterminio de la raza judía en Europa. En abril, un mes antes de que el dictador del Estado nazi firmara con la Italia fascista el Pacto de Acero, Edith Stein redactó su testamento:  “Desde este momento, acepto la muerte que Dios ha previsto para mí”. Refugiada en el convento de Echt, acompañada por su hermana Rosa, la filósofa y religiosa trataba de poder huir a Suiza, pues sabía que estaban, como cualquier persona de origen judío, en el punto de mira de la Gestapo.

Fue en 1941, el año de la Operación Barbarroja de los nazis en la Unión Soviética y de la primera ejecución por gas en un campo de concentración, cuando detuvieron a las hermanas Stein. Un año después, Stefan Zweig se suicidaba y sor Benedicta se encontraba en un andén con una antigua alumna. “¡Parto hacia el Este!”, le dijo. Viajaba en un convoy que deportaba a Polonia a 987 prisioneros del régimen nazi. A las cámaras de gas de Auschwitz.

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