Enteros, ¡con las sombras también!


Rosa Ramos. Amerindiaenlared.org

“Ya se te ha dicho lo que es bueno y el Señor te pide: 

tan sólo que practiques la justicia, que ames la bondad 

y camines humildemente con tu Dios.”

Miqueas 6, 8

-“Va a llegar borrachito al cielo

Eso dijo una religiosa cuando yo era alumna en el colegio, refiriéndose a un vecino muy bueno que “bebía de más”. Me asombró la afirmación hecha con infinita dulzura, no sólo aceptación de la realidad del vecino. Recién ahora la comprendo cabalmente, tantos años después, aunque ya no tenga la idea de “cielo” de entonces. Parafraseando a la Hna. María Mauro afirmo hoy: 

-“Nuestras ‘neuras’ nos van a acompañar hasta el último día, con ellas nos iremos”. 

Se les puede dar diferentes nombres: límites, sombras, pobrezas, inmadureces, pecados. No son lo mismo y se los podrían distinguir tanto a nivel psicológico como espiritual, pero cada vez más descubrimos que son parientes cercanos, consanguíneos, podría decirse.

A veces tienen forma de excesos y otras de escasez. Unas personas son extremadamente ordenadas, exasperan, otras tan faltas de orden, que son caóticas; unas ríen hasta cuando no debieran hacerlo, otras son incapaces de reír a carcajadas; unas atropellan sin querer, otras quisieran ser invisibles; algunas no pueden evitar los celos, otras no pueden entregarse jamás confiadamente; hay quienes expresan todo, convenga o no, y quienes callan su misterio; unas intentan siempre poner paños tibios y otras son, en exceso justicieras; algunas son incapaces de decir un “no” y otras lo tienen como primer impulso; algunas muy racionales, otras hipersensibles, sin contar las personas que siempre cargan su melancolía… Más una extensa nómina de etcéteras… En un sentido o en otro, en casi todos los casos “pesa” ese rasgo “neura”, pues se vive como una especie de compulsión.

La vida nos ofrece muchas posibilidades de cambio, de crecimiento, de liberación, así como de asumir los límites. Distintas experiencias, encuentros y terapias, contribuyen a la madurez afectiva: autoconocimiento, aceptación de sí y de las contradicciones, hasta con humor. Todo ello permite a la mayoría de las personas la plena integración humana y social, a ser capaces de “amar y trabajar”, indicios -como señalaba Freud- de salud mental.

Incluso esos límites o sombras, bien encauzados, pueden ser parte del desarrollo laboral o profesional de las personas, ciertos trabajos requieren meticulosidad, otros, cálculo y razonamiento; unos más sensibilidad, otros expresión fácil; unos ímpetu y arrojo, unos capacidad de mediación, en tanto otros exigen concentración y silencio. Todos podemos encajar en la sociedad asumiendo los límites, a la vez que cultivando y potenciando los dones.

“Tendrás amigos, tendrás amores”, escribía José Agustín Goytisolo a su hija Julia. Sí, amores, amigos, familia, espacios donde los límites de cada uno son bien conocidos, se aceptan, se disimulan unas veces, otras son ocasión de risas compartidas. Reír juntos en un marco afectivo -que no es ironizar ni burlarse de lo que al otro le duele- es, quizá, la aceptación más plena. 

También entre amigos o en familia la convivencia exige tomar recaudos, a semejanza de como  lo hacen los puercoespines en el mundo animal. Estos animales con espinas largas y punzantes son buena imagen de nuestras “neuras” y de cómo resolverlas sin disolverlas, que es imposible. Según cuentan, los puercoespines se acercan para darse calor y protección, pero si se acercan demasiado se pinchan, necesitan, por tanto, practicar la distancia óptima para la salud de cada uno y la convivencia del grupo. 

Quizá debiéramos volver a  leer un clásico del siglo pasado: “El arte de amar” de Erich Fromm. La confianza, el cuidado, la ternura, el amor… por más necesarios que sean no son obvios ni naturales, requieren aprendizaje. Somos analfabetos afectivos, como plantea otro autor, Luis Carlos Restrepo, en “El derecho a la ternura”, por tanto necesitamos alfabetización, aprender el difícil arte de convivir, de amarnos enteros, sólo así maduraremos… hasta donde podamos.

Lo cierto y maravilloso es que -con “neuras” y todo- las personas podemos aprender a amar. Lo cual implica salir de sí, una y otra vez, poner a otro en el centro, cuidar, perdonar, pedir perdón, bendecir, creer en las potencialidades de los otros y estimular su desarrollo, porque quien ama ve no sólo lo que el otro ya es, sino lo que puede ser y no ha desarrollado aún. El amor que aprendemos a recibir y a dar nos “plenifica”, haciendo relucir lo mejor de nosotros mismos volcándonos hacia otros, siendo con otros, desde otros, para otros. 

La misma religiosa que “absolvió” al vecino borrachín, escribió una mañana en un pizarrón una afirmación de Tagore: “Dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y en el servicio estaba la alegría”. Más tarde supe que la espiritualidad ignaciana señalaba que la vida cristiana consiste “en todo amar y servir”.

Amando crecemos, maduramos, nos socializamos, nos hacemos “buena gente”, capaces de ternura y generosidad, además de desarrollar diversos talentos. Pero las “neuras” -quizá fruto de profundas heridas o de rígidas defensas aprendidas muy tempranamente- nos seguirán, mal que nos pese, a veces bien domesticadas y otras perturbando la paz. Madurar no significa “matar” defectos o fragilidades, sino domesticarlas, vale decir amigarnos -como amigos se hicieron el Zorro y el Principito de A. de Saint-Exupéry- y de ese modo no les temeremos como a enemigos rapaces; aprenderemos a convivir con ellos. Al respecto, otro libro al que podemos volver luego de décadas es a “Nuestras propias sombras” del benedictino, Anselm Grün.

-“Nuestras ´neuras´ nos van a acompañar hasta el último día, con ellas nos iremos”. No sé si traspasarán con nosotros el umbral o se quemarán como la paja y permanecerá el oro. Eso ya no nos corresponde. Mientras tanto aceptémonos y aceptemos a los demás enteros, también con las sombras, sostenidos en la confianza transmitida por el profeta Miqueas de que no se nos pide otra cosa más que: “practicar la justicia, amar la bondad y caminar humildemente con tu Dios”. 

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