Insignificantes… ¿Insignificantes?

Rosa Ramos. Amerindiaenla red.org

“Los hombres sin historia son la Historia, 

grano a grano se forman las playas. 

Y luego viene el viento y las revuelve, 

borrando las pisadas y los nombres…”

Silvio Rodríguez 

“¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?”

Salmo 8

Una madrugada, tras un sueño que no recuerdo, desperté con la serena certeza de la insignificancia. Mido mis palabras, pues soy consciente de la contradicción escandalosa que expresan. ¿Cómo podrían la irrelevancia, la nada, -el sin sentido en el fondo- dejarnos serenos, en vez de abrumados o desesperados?

Intenté, aún antes de abrir los ojos, desentrañar esa idea y el extraño sentimiento que la acompañaba. Acudieron a mí entonces una serie de imágenes huidizas, recuerdos de la víspera y también varios textos, que ponían luz a la experiencia. Así recordé la llamada de un gran compañero y amigo para contarme que finalmente dejó el trabajo, tan significativo para él, luego de cuarenta y ocho años de entrega profesional, pero además, y fundamentalmente, humana. Había llamado para invitarme a un homenaje que le hacían y al que yo no podría asistir. Sin duda ese diálogo, así como los sentimientos despertados habían calado hondo, llegado al sueño, atravesado la noche, hasta dar lugar a esa certeza de nuestro paso efímero por la vida; no se iba sólo Carlitos: todos nos íbamos y no de un sitio concreto, sino de la vida.

Fui comprendiendo, paradojalmente, que aquella certeza de ser insignificantes me resultara “normal”, hasta asumirla con serenidad, porque manaba, o se remansaba, en otras fuentes. 

Algunos textos se presentaron nítidos, como esos versos citados de Silvio Rodríguez sobre las huellas en la arena, que “viene el viento y las revuelve borrando las pisadas y los nombres”, y otros de Antonio Machado: Daba el reloj las doce…” o aquellos aún más conocidos: “Todo pasa  y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino sobre la mar…” 

Recordé otro texto en narrativa -que en su momento me impactó mucho- del libro “La sociedad de la nieve”, donde los dieciséis sobrevivientes de la llamada “tragedia de los Andes” ocurrida en 1972, muchos años después narraron sus vivencias. Uno contaba lo que contemplaba y pensaba cuando empezó la expedición final en busca de auxilio para los que permanecían vivos al cabo de dos meses y medio del accidente aéreo. Al principio, al volverse veía a esos compañeros de infortunio barbudos, sucios, harapientos, que saludaban con las manos, luego veía puntos y una sombra mayor: los restos del avión partido que fuera su habitáculo, por no decir su hogar. Pero a medida que caminaba y se alejaba sólo vía nieve, por todas partes sólo nieve, entonces pensó que en realidad el avión y sus sobrevivientes eran algo extraño allí, que no pertenecían al lugar, al clima, a la montaña de nieves perpetuas. En esa majestuosa, bella e imponente inmensidad, ellos estaban allí por acaso, por accidente, otro alud podía tragarlos definitivamente, todos perecerían sin dejar rastros y sin que siquiera el mundo llegara a saber que por tantos días -setenta y dos- hubo sobrevivientes. Contemplando la inmensidad, esa posibilidad le resultaba más lógica que el absurdo de estar vivos allí.

Otros versos asomaron en la misma línea de los de Silvio Rodríguez: “Cada playa es un gran reloj, cada grano de arena una voz, que no pudo decir y quedó pudriéndose al sol, estos son del multifacético artista recientemente fallecido: Gabo Ferro. Aquellos jóvenes del accidente no se pudrirían en la arena ni al sol, precisamente, pero se abismarían en la nieve, habrían quedado como voces que no pudieron decir su palabra ni relatar sus historias únicas. 

“¿Por qué existe algo en vez de nada?” Esa gran pregunta de la filosofía estaba siendo reformulada por aquel muchacho que buscaba, pese a todo y sobre todo, vivir. Quizá en el asombro de millones de ojos, durante miles de años, fue ya interrogante que aguijoneaba mucho antes de ser escrita, que vuelve a formularse una y otra vez de distintos modos.

Algunas historias tienen final feliz. De aquellos jóvenes no se borraron los nombres y sus voces encontraron oídos cálidos aquella Navidad del 1972. Tampoco las huellas ni las risas de Carlos, que aquel año siendo muy joven ya trabajaba; desde ahora una placa con su nombre dará cuenta agradecida a futuras generaciones de su larga y fructífera trayectoria. 

Otras historias carecen de ese final feliz. En aquel tiempo -aunque no sólo- otros jóvenes eran sepultados en las profundidades del Río de la Plata o desnudos en tierra y cubiertos sus cuerpos torturados con cal, para borrar ex profeso sus huellas, su identidad. Sólo años más tarde se intentará recuperar su memoria, que dejen de ser “desaparecidos” o “NN”. 

Con o sin finales felices, con penas y glorias, o con penas y sin glorias, todo pasa, “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir” dicen las coplas de Manrique. ¿Por qué somos arena y espuma en la inmensidad? “¿Por qué existe algo en vez de nada?” Las preguntas por el misterio de la vida, la muerte, la caducidad, y tantas más, siguen punzando allende la tragedia y el milagro de los Andes, más allá de crueles dictaduras o del simple, casi siempre silencioso, bregar de millones de mujeres y varones ayer, hoy, siempre. Pocos son los que reciben el cariño y la gratitud expresada “en vida, hermano, en vida”.

¡Lo cierto es que nuestras vidas son caducas y efímeras! Entonces el dolor de la fragilidad, del anonimato para la inmensa mayoría de las personas, de la insignificancia en suma… puede llevarnos a devorar instantes y sensaciones en el vértigo de la velocidad, intentando fugar de las preguntas, o, a la meditación que puede, a su vez, conducir a diversas sabidurías, como lo ha hecho a lo largo de la historia, en los más diversos universos culturales y simbólicos. 

¿Insignificantes? Continué preguntándome entonces por la serenidad que tal conciencia me producía y apareció -desde mi universo simbólico- el salmo 8, un salmo-canto de alabanza al Creador. Allí el salmista admirado, maravillado, se pregunta por el misterio humano, pero interroga afirmando el cuidado que experimenta en lo más íntimo de su ser. Podremos no saber, no entender, hasta rechazar visceralmente ese “pasar haciendo camino sobre la mar”, pero hay un “no saber sabiendo” muy hondo, fontal, que da lugar a la confianza y a la paz.

Si contemplamos un bebé dormido en brazos de quien le ama incondicionalmente caen por tierra todos los temores y vanos deseos de autoafirmación. Tanta confianza nos embriaga y remansa de ternura y paz; sí somos insignificantes, y a la vez no: somos amados infinitamente.

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