Una mujer maltratada

EN ALBORESTESTIGOS DE LUZ. Jose Arregi

Esto sucedió hace unos treinta años, a orillas del Ganges, en Benarés. Una mujer, que podría tener tanto treinta como cincuenta años -de tal manera la tuberculosis le había afectado-, tenía a su hijo pequeño entre los brazos y otra hija de unos dos años a su lado.

No había esperanza para ella. Había sido víctima de un marido alcohólico que finalmente la había abandonado. Una vida, pues, que desde todos los puntos de vista había sido sufrimiento y fracaso. Con toda probabilidad, el pequeño que llevaba en sus brazos iba a morir, y ella misma sabía que tampoco a ella le quedaba mucho tiempo de vida.

Estuvimos hablando. Cargado de mis prejuicios cristianos, o mejor aún, simplemente humanos, trataba de consolarla y le decía: «Cómo puedes soportar esta vida?» Ella no era cristiana, sino hindú.

Para mi sorpresa, esta mujer –su recuerdo todavía hoy me emociona– me expresó la alegría que tenía de haber sido invitada al banquete de la vida, de haber tenido la felicidad de una vida conyugal, por muy breve que hubiera sido –pues muy pronto había conocido el horror–, la felicidad de haber sido madre dos veces y saber que ahora este convite llegaba a su fin.

Y ella estaba allí, llena de agradecimiento, de alegría por haber sido invitada, de la nada, a disfrutar de un momento de plenitud. ¿Qué podía desear más? ¿Un futuro que no existía, o al menos no todavía? ¿El recuerdo de un pasado que ya no estaba? Ella había vivido y esa luz de un instante le bastaba con creces

(Raimon Panikkar, Entre Déu i el Cosmos, 2006)

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