Tan bellas y frágiles como las relaciones humanas

Una y otra vez la lluvia caerá 

como lágrimas de una estrella 

y nos dirá cuán frágiles somos.

¡Cuán frágiles somos!

Sting

Rosa Ramos. Amerindiaenlared.org

Las orquídeas abundan en ciertos climas, pueden encontrarse en parques públicos, casi por doquier. En mi país no, son importadas, su precio es elevado por ser exóticas, las compramos para hacer un regalo especial a una persona querida y en aniversarios especiales. 

Su alimentación y cuidado son delicados. Cultivar orquídeas exige tener “buena mano para las plantas”, también mucha paciencia y perseverancia, pues cuesta mucho mantenerlas vivas de un año al otro. Florecen sólo una vez al año; eso sí, las flores lucen de uno a tres meses. 

Son bellísimas las orquídeas.Hay una enorme variedad de ellas, de formas y colores extraños, provocan asombro, maravilla, casi todas gozo, aunque algunas dejan una cierta inquietud por su misterio. No obstante son muy frágiles, el viento marchita las flores o quiebra sus tallos. Necesitan recipientes transparentes para recibir el sol, sus raíces quedan entonces expuestas, también necesitan corteza más que tierra para su alimento, la humedad hay que dárselas por inmersión, como un bautismo… En suma: exigen cuidado, gestos, atención, tiempo y mucha delicadeza en el trato. Si regalar una orquídea es un gesto especial, recibirla como regalo nos compromete.

Además de orquídeas hay muchos tipos de flores –así también relaciones-. Algunas por su colorido alegran los espacios y por la velocidad de crecimiento entusiasman a los novatos. Duran una temporada y tan precozmente como florecen, mueren. Otras no son muy atractivas pero son robustas y resisten silenciosas los cambios de clima, desde la casi invisibilidad que le imponen las más llamativas, son también parte del jardín o balcón. Otras no se compran ni se venden, no las cultivamos, crecen por doquier en el pasto y suelen pisarse, sin siquiera ser percibidas. Salvo por los niños, que con ellas hacen ramitos para regalarlas a sus mamás. A veces me detengo a contemplarlas, agradecer su gratuidad, incluso pongo la cabeza en tierra a su altura, para imaginar cómo experimentarían el mundo si pudieran hacerlo.

Las relaciones humanas pueden ser muchas veces como esas plantas resistentes pero invisibles o casi: un pariente lejano, una tía, sabemos que están y los vemos en los velorios de la familia, allí recordamos el vínculo y preguntamos -por real interés o por cortesía- por su salud, su trabajo, poco más. Puede ocurrir que de pronto haya un gesto, una palabra, un interés común, que ilumine y “desinvisibilice” a esa persona. Quizá, recuperemos como valioso ese vínculo.

Hay otras relaciones “ínfimas”, con quienes nos brindan los servicios: recepcionistas, choferes, comerciantes, oficinistas… en las grandes urbes las máquinas casi las sustituyeron, en los barrios aún hay muchas. Tristemente muchos se relacionan con esas personas como esas flores silvestres al ras del suelo, ni las ven… bueno, este año del Covid, se ha instado a aplaudirlas, pero, ¿son de verdad cuidadas más allá del día y la hora del aplauso?

No me voy a detener en las plantas de la huerta y las aromáticas. El tema elegido son las orquídeas y aquellas relaciones humanas que intentamos cultivar con esmeropues, tan bellas y frágiles como las orquídeas, son las relaciones humanas que más valoramos. 

Ocurre algunas veces que “amamos a una persona a primera vista” y ese amor echa raíces, encuentra su lugar óptimo, pudiendo despertar no sólo emociones, sino decisiones y adhesión o compromiso permanente. Otras veces, una persona y una relación nos deja entrever su belleza sólo como promesa, pero habrá que cultivarla pacientemente y esperar muchos años para que enraíce, se fortalezca y finalmente florezca perfumando no sólo nuestra vida sino la de muchos, porque esa es la vocación de los grandes amores, irradiarse a todos.


Las bellas orquídeas no se esconden en un mueble, ni se colocan en un rincón invisible de la escalera, ni debajo de la cama, sino donde la familia se reúne y donde recibe a muchos.  Los amores de pareja  y de amistad son escuela, taller, ensayos –con caídas, a veces con severos golpes- para el amor fraterno y universal al que somos llamados. Así lo plantea la nueva Encíclica Fratelli tutti: “Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.”(87) Y puntualiza: “La pareja y el amigo son para abrir el corazón en círculos, para volvernos capaces de salir de nosotros mismos hasta acoger a todos. Los grupos cerrados… suelen ser formas idealizadas de egoísmo y de mera autopreservación.” (89)

Por otra parte hay otra perturbadora y triste cara de los vínculos, justamente de esos que son más caros y especiales para nuestras vidas: son frágiles y nosotros jardineros muy torpes, la mayoría de las veces. Como canta Sting: “¡Cuán frágiles somos!”

Esa es la razón por la que tanto sufrimos, porque así como un viento inesperado puede cortar una rama florida, o puede marchitar esa colorida lozanía tan bella de la orquídea, también en nuestras relaciones de pareja, con los hijos o con los amigos entrañables, puede de pronto colarse un viento malhechor y hacer estragos. Quizá nos distrajimos y dejamos entrar una ráfaga de insensatez o de brusquedad, quizá equivocamos el lugar óptimo, o las medidas de agua o sol y dijimos -o nos dijeron- de más o de menos, no fuimos sinceros o nos agredimos… 

¡Cómo cuesta recuperar una hermosa relación cuando se ha roto, dañado torpemente! Tanto como salvar una orquídea agredida, mal herida.Nos exigirá revisar los manuales de jardinería, extremar cuidados, buscar buena corteza como alimento, un lugar más adecuado junto a otras hermanas plantas que alienten su vida amenazada. En el otro nivel, el humano, habrá de transitarse los caminos posibles para el reencuentro y el perdón, luego esperar con paciencia, a sabiendas que en las relaciones humanas a veces los daños pueden llegar a capas muy profundas. La sanación y recuperación de un vínculo puede a veces darse con un simple “buenos días”, otras con una carta y con un abrazo de reconciliación, pero otras veces, puede ser muy lenta, costar muchos intentos e incluso puede fracasar.

Sin embargo, creo que en las relaciones humanas más importantes, esa fragilidad existe, pero entraña también un hilo indestructible, quizá porque no somos plantas –por más bellas que sean las orquídeas- sino personas habitadas por el Espíritu. Ese hilo a veces asoma ante la muerte: somos capaces de pedir perdón o de perdonar, de estar allí fielmente en la hora precisa. Pero una amistad, la filiación, un gran amor, va incluso más allá de la muerte. Así, en relaciones que acabaron mal, podemos descubrir con asombro y gratitud que esos amores no se han perdido, que nos habitan, nos tejen sus hilos ya indistintamente con los propios.

En las relaciones más entrañables que nos han hecho ser quienes somos, por el tiempo y por lo compartido, no hay un punto final-puede haber puntos suspensivos que duelen-: siempre podemos esperar una nueva floración en la próxima estación, o en la resurrección, donde los amores puedan realizarse plenamente y todos seamos reconciliados definitivamente en Dios. ¡Que así sea!

Un comentario

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