EUTANASIA, CREENCIAS Y VERDAD

Enrique Martinez Lozano.

1. CUANDO LAS CREENCIAS SE ABSOLUTIZAN

Es comprensible que en cuestiones que afectan de manera directa a la vida se generen debates encendidos. Es lo que ha ocurrido recientemente, con motivo de la aprobación del proyecto de ley de eutanasia en el Congreso de los diputados, el pasado 17 de diciembre. Aprobación que generó, de manera inmediata, todo tipo de reacciones.

Es lógico que, en un debate de este calado, se produzcan posturas diferentes, porque cada cual estamos donde estamos y vemos las cosas desde nuestra particular perspectiva. Lo que parece inadecuado es la descalificación previa de quien piensa diferente así como el hecho de presentar las afirmaciones discrepantes de manera tergiversada, reduciéndolas a una caricatura, con el fin de descalificarlas apresuradamente en una especie de juicio sumario. La búsqueda de la verdad no casa con descalificaciones apresuradas ni con reacciones airadas. Tanto la descalificación del otro como la acritud nacen de algún lugar “oscuro” –la sombra– de quien las expresa.

La verdad la vamos “construyendo” –o, tal vez mejor, descubriendo– a partir de una actitud honesta y responsable, respetuosa con todas las expresiones y aceptando la incertidumbre en la que, por nuestra propia condición, inexorablemente nos movemos. Porque en nuestra mente no cabe la verdad; todo lo que expresamos son simplemente “opiniones”, “mapas mentales” que nacen de una perspectiva limitada. Esto no significa negar que exista la verdad –volveré sobre ello en próximas entregas–, sino sencillamente reconocer que nuestra mente no puede atraparla, de la misma manera que tampoco puede quedar encerrada en ninguna creencia, por “sagrada” que nos parezca. Más aún, las creencias, del tipo que sean, constituyen el mayor obstáculo para abrirse a la verdad, porque nos hacen creer que ya la poseemos.

Pero vengamos a las reacciones suscitadas por la aprobación de este proyecto de ley. Entre ellas, quiero detenerme en las que provienen del llamado “mundo católico”. Esperaba, no ya de la jerarquía, sino de cristianos de a pie, reflexiones más maduras, dialogantes y razonadas, que pusieran luz en el debate. Sin embargo, con meritorias excepciones, no las he encontrado.

Es cierto que algunos teólogos y expertos en bioética han manifestado que les “parece sensata y razonable la regularización digna de la eutanasia responsable” (Juan Masià); o que “no hay razones religiosas, éticas, jurídicas o políticas para oponerse a la Ley sobre Eutanasia” (Juan José Tamayo); “Defiendo la libertad de morir porque creo en la Pascua (…) Porque creo en Jesús, que tuvo tanta fe en la Vida que se jugó la vida por aliviar el dolor, por encima de toda ley, doctrina y autoridad” (José Arregi); “No han de existir dificultades provenientes de las creencias para decidir sobre la finitud de la existencia… Hablar por tanto de la vida humana como algo absoluto no parece del todo ajustado. Pensar además que Dios ha cronometrado el momento de nuestro nacimiento y de nuestra muerte, ¿no pondría de manifiesto una imagen de Dios cortada a nuestra medida?… Desde una ética civil es difícil justificar un no moral absoluto a la eutanasia” (Marciano Vidal).

También las Comunidades Cristianas Populares (CCP) llevan años reclamando una regulación del derecho a morir dignamente.

En principio –y mientras no se pretenda imponer al conjunto de la sociedad–, tan legítima como esta opción me parece la de quienes abogan por asegurar y mejorar los cuidados paliativos y se oponen a la eutanasia activa, porque consideran que “la humanización de la atención sanitaria constituye una alternativa mejor a las propuestas de eutanasia” (Marciano Vidal). O porque piensan que esta ley “puede ser una gran relajación del compromiso por cuidar; generará unos conflictos inmensos en las personas que no sean las que expresen directamente la voluntad, a ver cuándo, quién y por qué se ejecutarán las directrices” (José Carlos Bermejo).

Sería deseable que todos pudiéramos expresarnos en un lenguaje “universal”, más allá de las creencias –y del lenguaje “confesional” o religioso- de cada cual. Las creencias son personales y no pueden pretender imponerse al conjunto de la sociedad.

En ningún momento se niega la legitimidad de las creencias ni tampoco se discute su verdad. El error, desde mi punto de vista, se produce cuando se absolutizan y se pretenden imponer. Al hacerlo, se otorga validez universal y atemporal a lo que solo es un constructo mental. Una vez absolutizada, la creencia se erige en criterio último de verdad –de hecho, la absolutización la había identificado con esta– y tanto el diálogo abierto como la búsqueda de la verdad resultan en la práctica imposibles. La creencia opera entonces como un pre-juicio, en el sentido literal del término, y lo que solo es un “mapa mental” se eleva a categoría de verdad o dato incuestionable. Tal vez sin advertirlo, se hace de la creencia un pedestal en el que auparnos –hasta creernos poseedores de la verdad–, una herramienta para imponer el propio punto de vista o un arma con la que atacar o descalificar a quienes nos cuestionan.

Sobre todo ello tendremos ocasión de volver en entregas posteriores.

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