QUE TODO SEA UNO II

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espiritualidadintegradoracristiana. Magda Bennásar sfcc

¿Cómo lograr nuestra unificación-integración como personas? ¿Cómo ir siendo yo un@ conmigo mism@?

¿Qué aspectos necesitan atención en nuestra interioridad? ¿Cómo superar la dualidad con la que nuestra mente está formateada?…

Son muchas las preguntas que se desprenden de uno de los últimos párrafos de Que todo sea Uno, recientemente publicado.

La respuesta con sentido nos la da la sabiduría de siglos de mujeres y hombres de diferentes religiones y espiritualidades: esa respuesta la tienes tú, en tu interioridad, y llegas a ella por la meditación.

 Y llegamos a meditar cuando hacemos silencio, de verdad, con la ayuda de la respiración y de la palabra elegida para volver a nuestro centro.

Este ejercicio, repetido dos veces al día, con fidelidad minuciosa, con cariño y respeto, va consiguiendo que nuestra mente deje de controlar e iniciemos el descenso a nuestra realidad, a nuestra verdad, para llegar a descubrir nuestra sabiduría interior.

Jesús se iba al monte a orar. Se iba al huerto. “Se iba” porque en medio de lo que está unificado, la naturaleza, y dócil al Espíritu creador que promueve la evolución, él y nosotros encontramos la energía que nos conduce a una sanación progresiva de nuestra mente cansada por información que no puede procesar y que acumula, como un colesterol del alma.

Entra en lo secreto. Cierra la puerta. Y habla con tu Abba que está en ese espacio de vida y luz.

Respirar es lo primero que hacemos al nacer y lo último. Si dejamos de respirar todo se termina. ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? La clave de la unificación de todo nuestro ser: mente, corazón, cuerpo, está en esta respiración consciente que bombea la vida, y que permite que todo el laboratorio que somos, funcione. Dicen los expertos que muchas de las enfermedades que padecemos tienen su origen en una respiración deficiente.

Sencillo: si la respiración permite la vida biológica, incluyendo la mental, la respiración es también, por lógica, la clave de la espiritualidad integradora de toda la persona.

Cuando consigues entrar en esa respiración que te conduce a tu centro, dicen los expertos que gota a gota va desbloqueándose  el hielo acumulado en las frías tormentas de nuestra vida: falta de cariño, traumas y dolor por abusos,  por faltas de respeto, por ignorancia de nuestra identidad.

La pregunta que nos hacemos hoy es, y yo ¿me respeto? Somos muchos y muchas las personas que hemos sido ninguneados, pero la respuesta de si me dejo atrapar por todo ello está dentro de nosotros. La respiración es precisamente otra palabra para comprender qué hace el Espíritu. El Espíritu, Ruah en hebreo, es aire, es dinamismo, es presencia que permea todo, que mueve nuestra energía.

Cuando respiramos tomamos consciencia de que ese aire además de oxígeno que la madre naturaleza nos regala a todas horas  y segundos de nuestra existencia, es el Espíritu mismo de Dios que entra en nuestro ser y realiza la sanación y unificación que nosotros, ni con todo nuestro esfuerzo y ciencia podemos realizar.

Sí, es ella, la Ruah, la que entra, si le abro la puerta, y “cena conmigo” es decir, comparte mi vida, mi entorno, lo que me desestabiliza y en diálogo silencioso, respira conmigo, me conecta a su bomba de oxígeno para que recupere el aliento y así la vida.

Respira y vive. Y si, como Jesús, y tantas personas, puedes salir a la naturaleza, a tu monte, a tu huerto o jardín, a tu orilla de mar…respirar y mirar el entorno, es un bálsamo que cuando quieres darte cuenta ha relajado tu tensión, ha bajado la intensidad de tus dudas y preguntas mentales y ha ido masajeando tu corazón ralentizado por una respiración pobre. También ha reducido tu dolor físico y síquico ya que, en unión con la hermana tierra, te sientes acompañada, liberada e invitada a ser uno con ella. Respira y Vive. Es algo así como cuando Jesús decía “levántate y anda”.

Próximamente uniremos a este proceso el trabajo de Dios en nosotros cuando incluimos la Palabra, al respirar en nuestro silencio. Merece la pena. Será el apartado III de Que todo sea Uno.

Magda Bennásar, sfcc

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