La necesidad del tacto

Isabel Gómez Acebo.religion digital

Uno de los problemas que nos ha causado el confinamiento por la pandemia es la pérdida de muchas relaciones sociales que nos permitían el contacto físico entre las personas y no es una nimiedad. El tacto es el primer sentido con el que nace el ser humano, tan es así, que muchos estudios defienden colocar al bebé sobre el cuerpo de su madre, piel con piel, una actuación que adelanta su progreso y les permite desarrollar sus pulmones y corazón. Está siendo probado que el desarrollo físico y psíquico de estos bebés fue mejor que el del grupo de control pasado un año. En el lado opuesto, los recién nacidos que carecieron de afecto tienen toda una gama de deficiencias en su desarrollo y pueden generar propensión a la agresividad.

El Covid ha sido responsable de que muchas personas mueran, no sólo sin la compañía de sus seres queridos, sino rodeadas de guantes de látex y mascarillas para evitar el menor contacto. La referencia del tacto muchas veces nos lleva al sexo, pero no son menos importantes los besos, las caricias y los apretones de manos que nos hablan de presencia física envuelta en cariño. Y la hipersexualización de nuestra sociedad ha impedido desarrollar el tacto que requiere un simple afecto y con la campaña del Me Too, llevada al extremo, se han reducido los contactos inocentes por miedo a ser mal interpretados

Algo semejante a lo que ocurre hoy con la enfermedad sucedió en muchas civilizaciones con determinados grupos a los que se les prohibió la relación humana, el ejemplo que nos relata la Biblia son los leprosos que en el mundo judío debían estar apartados de la sociedad en la que vivían. A la casta india, los dalit, sin estar enfermos se les reconoce con el nombre de intocables y tiene muchas dificultades el gobierno actual para acabar con esa costumbre. El mayor castigo que pueden tener los prisioneros en todas las cárceles es el confinamiento en solitario

Los científicos han estudiado la necesidad que tienen los seres humanos de interactuar unos con otros de forma que hemos desarrollado un sistema neurológico designado a responder al menor gesto afectivo pues activa una fibra nerviosa que se aloja en la piel. Si esta fibra se aviva enciende en el cerebro la parte responsable del placer, soltando un cóctel de hormonas: la dopamina, serotonina y oxitocina que amortiguan la angustia y nos hace sentirnos mejor. Se han hecho estudios sobre 509 adultos en todo el mundo con el resultado de que la privación del tacto va unida a la soledad, depresión, estrés y desórdenes en la psique acompañados de baja inmunidad. Los adultos que han sido más abrazados tienen menor propensión a acatarrarse

Y si esto es cierto ¿por qué el olfato con los perfumes y el gusto con la comida se llevan el gato al agua? De un estudio sobre el tacto hay 100 sobre la vista y en el siglo XIX se consideraba el tacto como “una forma no civilizada de percepción”. La cultura victoriana ha dejado marca en el pueblo inglés algo que se puede ver en las cafeterías donde las personas se tocan menos en Inglaterra que en otros países, pero también el cristianismo tiene mucha culpa en este desarrollo negativo por su culpabilización del sexo

Todo este desarrollo nos hace llegar a la conclusión de que el 60% de las personas ¡Sólo! que fueron confinadas en sus casas por esta enfermedad manifiestan la necesidad del contacto físico como asegura un estudio. Una necesidad que aumenta en los países mediterráneos donde los abrazos y los besos son más frecuentes que en otros lugares. La otra cara de la moneda nos la dan los habitantes de culturas con menos contacto físico como pueden ser los coreanos

El contacto virtual de nuestro mundo aparta el cuerpo y sus necesidades, pero no las suprime. En China se están vendiendo muchos millones de sillones de masaje, camisas con sensores que dan la sensación de abrazos y aplicaciones por internet con una tecnología que simula la caricia. La realidad es que el Covid nos ha hecho ser conscientes de la necesidad que tenemos todos los seres humanos del contacto con nuestros contemporáneos. Yo sueño con la llegada de las vacunas que me permitan abrazar a mis hijos, nietos y amigos y eso que me educaron en una cultura anglosajona en la que era negativo mostrar los sentimientos

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