Sobre machismos y revueltas

Pepa Torres. Red Miriam

Se manifiesta en su versión hard, con toda su crudeza como macromachismos y en su versión light con comportamientos y prácticas sutiles, pero igualmente violentas y discriminatorias contra la dignidad de las mujeres, como “micromachismos”. La expresión máxima son los feminicidios y las mujeres asesinadas cada año en España por violencia de género, así como las 850.000 que cada año sufren malos tratos en sus hogares sin atreverse a denunciarlo, o las impresionantes cifras de violencia sexual que seguimos padeciendo las mujeres, especialmente las que están en situación irregular y su indefensión de facto ante la ley y las miles de mujeres víctimas de trata en nuestro país. Pero estos macromachismos que nos escandalizan se gestan en comportamiento cotidianos caracterizados por su sutileza y la permisividad social ante ellos, incluidos muchas veces los de las propias mujeres. Los micromachismos se ejercen para mantener y conservar mayores ventajas, comodidades y derechos que lo social adjudica a los varones, socavando la autonomía personal y la libertad de pensamiento de las mujeres.
Los micromachismos son en definitivas estrategias masculinas para seguir situándose por encima de las mujeres sin dejar de ser políticamente correctos. Su gravedad radica en que se enmarcan en una naturalidad tal, que los convierten en incuestionables porque funcionan como dispositivos mentales automatizados en el proceso de “ser hombres”. Se expresan también en bromas, chistes, expresiones coloquiales que identifican a las mujeres como seres subordinados, o cuerpos a disposición del varón, ciudadanas de segunda categoría, o menores de edad necesitadas de la “tutela” o la protección masculina, con necesidad de “ser salvadas por el beso de un príncipe”, sin pedirles permiso como nuevas Cenicientas o Bellas Durmientes.
Pero Jesús de Nazaret no es machista, ni su salvación es de este orden. Él no suple a ninguna de las mujeres con las que se encuentra en el Evangelio ni en su trato muestra ningún tipo de superioridad o prepotencia. Se acerca con respeto y son ellas las que, a medida que van abriéndose a esa relación, van facilitando la acción liberadora de Dios en sus vidas. Jesús salva y restaura dignidades heridas, pero no lo hace “imponiendo”, sino contando con las mujeres, exponiéndose a su relación y su libertad, a sus posibilidades y sus miserias. Respeta sus síes y sus noes. Su relación no es de superioridad, sino que es generadora de reciprocidad y mutualidad sacando lo mejor de sí mismas e invitando también a muchas de ellas a ser “compañeras en su misión “(Lc. 8,1-3). Otras veces, como en el caso de la mujer del perfume (Lc 7,36-39; 44-50) son las mujeres las que toman la iniciativa del encuentro y lo hacen de forma transgresora, saltando barreras discriminatorias bajo el juicio condenatorio de los varones. Pero Jesús nunca entra en este “tipo de comentarios”, sino que los enfrenta desmontando sus prejuicios y oponiéndose públicamente a ellos. Tampoco crítica los atrevimientos de las mujeres, sino que al contrario los acoge con admiración y queda afectado por su libertad y grandeza, poniéndolas como ejemplo y referencia en contraposición a los modelos masculinos (Jn 4,27; Lc 7,39-41).
También como le sucedió con la sirofenicia (Mt 15,21-28) aprende de ellas y con ellas va ampliando su visión de la realidad. Las mujeres ayudan a Jesús a romper los moldes exclusivistas y patriarcales del judaísmo. Jesús constituye lo que desde el feminismo llamamos una “masculinidad alternativa” y nos reta a vivir nuevas identidades de género, a ser “persona-varón” y “persona-mujer“ e ir más ala del binarismo, más allá de los estereotipos y las atribuciones dominantes y a hacer realidad la comunidad de iguales. También por eso 8 de marzo y cada día me declaro en revuelta y formo parte de la Revuelta de las mujeres en la Iglesia. Porque si las mujeres callamos gritarán las piedras (Lc 19,40)

Pepa Torres Pérez

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