Mujeres: Igualdad y diferencia

A través de las amigas de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia de Granada nos llega este artículo de José María Castillo, uno de los teólogos españoles más importantes, sobre el tema de la igualdad de género. Una reflexión muy pertinente en las vísperas del Día de la Mujer.

Jose Maria Castillo . Alandar.org

Una de las atrocidades más inhumanas y más anticristianas, que se han cometido en este mundo, ha sido la marginación y el desprecio que se les ha hecho – y se les sigue haciendo – a las mujeres. Se suele decir que esto es una “falta de respeto”. Lo cual es verdad. Las personas religiosas califican estas conductas antifeministas como una “falta de caridad” cristiana. Y esto también es cierto. Hay también quienes destacan que este desprecio a la mujer es una “falta de educación”, cosa que es evidente.

Y así, sucesivamente, podríamos seguir enumerando comportamientos, que da vergüenza recordarlos. Por no hablar de cosas mucho más serias, como es el desprecio de los sabios del pensamiento griego, cuando “la pureza, más bien que la justicia, se convirtió en el medio cardinal de la salvación” (cf. E. R. Dodds). Por no hablar de la culta Roma, en la antigüedad, en la que tranquilamente podía escribir el evangelio apócrifo de Tomas: “Que María se aleje de nosotros, pues las mujeres no son dignas de la vida” (cf. Robert C. Knapp).

Y yo, que he dedicado mi vida al estudio y enseñanza de la teología, tengo que reconocer el daño que la religión le ha hecho (y le sigue haciendo) a la mujer. Empezando por Eva, la mujer de Adán, “padres de la humanidad”, que nunca existieron. Ya que todo eso no tiene ningún valor histórico. Porque es pura mitología.

Y a quien tenga posibilidad y paciencia, yo le pediría que se lea el capítulo magistral que un sabio, como es el caso de Joachim Jeremias, cuando explica (con asombrosa documentación) la “situación social de la mujer”, en tiempo de Jesús (Jerusalén en tiempos de Jesús). Por no hablar, en la historia del cristianismo, de autores (tan sabios y tan santos) como san Juan Crisóstomo, san Agustín, santo Tomás de Aquino y una interminable lista de autores cristianos, que, con su sabiduría y su santidad, dijeron de las mujeres, las atrocidades más violentas y lamentables que podemos imaginar.

Tengo que reconocer el daño que la religión le ha hecho (y le sigue haciendo) a la mujer

Sin duda alguna, entre las muchas calamidades, que tenemos que soportar en nuestro tiempo, una de las más graves y vergonzosas es la marginación y el desprecio que tienen que seguir soportando las mujeres. Es una lacra cultural y religiosa, que, a las alturas que estamos, es sencillamente una repugnante desvergüenza.

Sinceramente, muchas veces me he preguntado: ¿por qué esta resistencia al justo y apremiante reconocimiento de la dignidad y derechos que corresponden a la mujer? Me imagino y me temo que este hecho social adentra sus raíces en una hondura que seguramente no imaginamos. En todo caso – y sea lo que sea de las raíces últimas del problema – tenemos efectivamente un problema que es incuestionable.

Me refiero al problema que está en la base de lo mucho y enorme que están sufriendo las mujeres. Y la base a la que me refiero está en lo siguiente: la “diferencia” es un hecho; la “igualdad” es un derecho. Así lo ha explicado, con admirable claridad, el profesor Luigi Ferrajoli, de la Universidad de Roma Tres.

Es un hecho que todos los seres humanos somos diferentes. Pero, en cuanto se refiere a la dignidad y a los derechos, todos los seres humanos somos iguales. La igualdad es constitutiva de la dignidad humana. La diferencia es un término descriptivo. La igualdad es un término normativo.

Ahora bien, vivimos en una sociedad y una cultura que les da más importancia a los “hechos” que a los “derechos”. Por eso, los poderosos son los que cometen los mayores atropellos, las más brutales injusticias y son ellos los que se aprovechan de los débiles. Ahora bien, mientras la cultura, la educación y la raíz de nuestras ideas más fundamentales sigan siendo como, de facto, las sufrimos y las soportamos, los hombres seguirán viéndose como superiores a las mujeres. Por eso, la clave de solución a este patético problema radica en la educación, que modifique nuestra manera de pensar y de ver la vida en general.

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