En tiempos de oscuridad, alimentarnos de luz

Rosa Ramos. Amerindiaenlared.org

La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron 

(Jn 1, 5/ Jn 3, 19)

“Luz, más luz” 

Últimas palabras de Goethe

Podría empezar diciendo que estoy leyendo “La gravedad y la gracia” de la filósofa y mística Simone Weil, que me está interpelando mucho y que estoy en “viva discusión” con no pocas afirmaciones suyas. Pero empiezo según nuestro apreciado método por el “ver” la realidad y “sentipensarla”.

A largos trece meses de declarada la pandemia y emergencia sanitaria por la presencia de un virus que atravesó países y continentes, ya circulan en todos varias mutaciones o variantes.  Hoy se manejan otros términos, como endemia (enfermedad que llegó para quedarse, como el VIH-SIDA), también de sindemia (epidemia sinérgica donde convergen varias enfermedades –comorbilidad– con situaciones sociales y económicas que interactúan agravando mucho más la situación)

Luego de la sorpresa y pánico inicial de muchos por la letalidad y velocidad de expansión del virus, luego de la incredulidad y hasta la negación que otros vivimos, transcurrido más de un año, hoy estamos en una etapa que nos afecta globalmente y cuestiona como humanidad, pero que no es homogénea en el planeta. En algunos países están por la tercera ola de contagios, algunos ya hablan de cuarta, en otros por la primera o la segunda, y de muchos desconocemos los reales alcances. Pero también asistimos a esta situación de policrisis y sindemia, pues mientras algunos países han logrado la vacunación de gran parte de la población y la esperada “inmunidad de rebaño”, en otros la vacuna no ha llegado y quizá nunca llegue más que a un porcentaje mínimo de su población.

Si partí con algunos versículos que evidencian la “obsesión” de la comunidad de Juan (fines del siglo I) por la luz y por la incredulidad ante el rechazo de la luz en aquel tiempo, es precisamente porque asombra la inoperancia, escandaliza la necedad y la soberbia de quienes tienen el poder para controlar o disminuir la dolorosa situación. Oscuridad que ya percibíamos en muchos como incertidumbre, temor, parálisis, acostumbramiento, resignación, pero que hoy se puede calificar en algunos casos como preferir las tinieblas, cerrazón a la luz, a las evidencias, a las cifras y proyecciones cada vez más alarmantes. Esto es lo que al igual que a la comunidad joánica más duele.

En el mundo de las comunicaciones, aunque tan mal manejadas y manipuladas, las noticias pueden alarmar o anestesiar. El tiempo también puede operar a favor o en contra en relación al ver o al cerrar los ojos, al tomar consciencia y escandalizarnos, o asumir la desgracia como inevitable: “el mundo es así, siempre ha sido así”Quizá oficie de despertador la cercanía de los efectos devastadores y el que cada vez más todos tengamos seres queridos víctimas y hasta fallecidos.

Al menos tienen que despertarnos las escandalosas diferencias a corta distancia (porque la larga está demasiado interceptada por otros factores): a pocos kilómetros puede haber vacunas y centros de vacunación o no haberlos; a corta distancia a una persona con covid se la trata o no; cruzando unos pocos kilómetros el resultado de un hisopado (PCR) puede tardar unas pocas horas o más de cuarenta y ocho -habiendo síntomas-. Las diferencias las hace el poder político y/o el económico. 

¡Se trata de elegir la luz! ¡Se trata de la vida! ¡Es urgente!

Aquí voy a Simone Weil, esta mujer que como otras – Etty Hilessum, Edith Stein, con sus escritos, o Irena Sandler, con su audaz acción en el siglo XX- han “visto y oído” tragedias, han tenido las herramientas para pensarlas-rezarlas, y para tomar decisiones claras y valientes en favor de los demás. Hoy pueden ser luz en esta hora oscura y amarga que nos toca vivir.

La gravedad y la gracia está formada por afirmaciones publicadas por la autora en Cahiers du Sud y otras revistas, que han sido recogidas y ordenadas luego de su muerte. Se trata de sentencias breves, casi aforismos, que interpelan, abren ventanas y siembran dudas. Las que componen este libro son casi todas de 1941, hace ochenta años; debemos ubicarlos en su tiempo y contexto, en el conjunto de su filosofía -para mi gusto excesivamente platónica- y, creo, además son consecuencia de su decepción por los fracasos vividos en los distintos frentes donde se movió activamente. Más allá de esas condicionantes históricas -que todos las tenemos y es necesario dimensionar- hay en sus textos perlas que trascienden el tiempo y por eso pueden iluminarnos hoy. 

“Dos fuerzas gobiernan el universo: luz y gravedad”. Con gravedad se refiere precisamente esa fuerza que la física ya había revelado por la cual los objetos son atraídos en función de las masas: “pesan y tienden a caer”. La luz es el ala que eleva, que permite hacer el movimiento inverso a la tendencia. Luz y gravedad para ella son fuerzas invisibles, que paradojalmente podía observar, palpar, en hechos, palabras, gestos; al igual que en nuestros días: apertura, sensibilidad, búsqueda de acuerdos y soluciones necesarias, o cerrazón, irresponsabilidad, desprecio por la vida.

“El hombre tiene en el exterior la fuente de la energía moral, como ocurre con su energía física (alimento, respiración) …” Necesita “una clorofila que permita alimentarse de luz.” Existen momentos históricos tan duros en que realmente “sólo se puede salir por arriba”, recurriendo a la Gracia, porque nada alrededor queda en pie, todo cae por la fuerza de la gravedad que arrastra. Evidentemente no significa desentenderse de la realidad, huir a paraísos imaginarios o mágicos, Simone Weil dice que es necesario: “Rechazar las creencias colmadoras de vacíos que endulzan las amarguras… los `consuelos’ que comúnmente se buscan en la religión.” ¡Un llamado de atención!

Salir por arriba, significa pedir la luz, la lucidez, la grandeza de alma, esa “energía moral”, que permita trascender las disputas e intereses particulares para dar juntos los pasos que conduzcan al bien común. Salir por arriba es confesar la fragilidad, la pequeñez ante las fuerzas destructoras -que amenazan hundirnos desde fuera y desde dentro-, es sostenernos unos a otros para levantarnos y salir juntos. Sería lo prioritario en este momento histórico. Lamentablemente vemos que en muchos países se aceleran los contagios y aumentan los índices de fallecidos por covid ante la indiferencia o dureza de corazón de quienes teniendo el poder se afirman en su soberbia: prefieren las tinieblas.

Esa Gracia a la que invoca Simone Weil, sabemos que nos llega sí de Dios, pero mediada, que no la encontraremos cerrando los ojos a la dolorosa realidad.  La Gracia, la luz, nos llega hoy a través de las investigaciones científicas, de los esfuerzos creativos de tantas personas “de buena voluntad”, de los informes mundiales, de las medidas que otros adoptaron a tiempo y han resultado. La emergencia nos exige una espiritualidad de ojos abiertos para leer e interpretar correctamente los signos de los tiempos, portadores de la Gracia.

“El amor no es consuelo, es luz.”  Esta, a mi juicio, es una de las afirmaciones impactantes y claves de Simone Weil. 

En el contexto de sindemia, las traduciría de este modo: el amor no apacigua, no adormece, por el contrario, inquieta, moviliza, pone en camino. Así vivió Jesús el amor del Padre. Ese amor-luz entiendo que es también lo que vio y pidió en el umbral de su vida Goethe: “Luz, más luz”. Es buena noticia hoy recordarnos que somos seres deseantes de la luz, de verdad, de belleza, de amor auténtico; que ese deseo hondo nos lleva a amor a Dios y a todos los hermanos por virtud del mismo y único amor. No es consuelo ni llenador de vacíos, es apertura radical, oblación, entrega y también renuncia al ego y sus distintas máscaras. 

¡En tiempos de oscuridad alimentémonos de luz!

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