Fomentar el odio y celebrar al buen pastor

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Rosa Ruiz. El papel lo aguanta todo. Vida Nueva

Seguramente conocéis aquella anécdota de un sacerdote y un actor al proclamar el Salmo 23. La he visto referida de diversos modos: en el libro de José María Alimbau, ‘Palabras para momentos difíciles’, citando al cardenal Laghi; o en el primer Sermón de John MacArthur el 9 de febrero de 1969. En todo caso, la historia es la siguiente:


“Al final de una cena, en un castillo inglés, un famoso actor de teatro y cine entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespeare. Después se ofreció para declamar otros textos. Un sacerdote preguntó al actor si podría recitar el Salmo 23.

– Sí, lo recitaré a condición de que después lo recite usted –respondió el actor–.

El sacerdote accedió. El actor hizo una bellísima interpretación con una dicción perfecta: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Los invitados, al final, aplaudieron vivamente. Después llegó el turno al sacerdote. Su voz se quebró, se entrecortó y no fue muy hermosa. La interpretación tampoco fue muy buena. Cuando terminó no hubo aplausos, pero no quedó nadie que no se emocionara en la sala. El actor se mantuvo en silencio durante unos instantes. Después se levantó y dijo:

– Señoras y señores, espero que ustedes se hayan dado cuenta de lo que ha sucedido aquí y ahora. Yo conocía el Salmo 23 y he recitado el texto, pero este sacerdote, además de recitar el texto, conoce al Pastor“.

Buenos pastores

Siempre me conmueve esta historia. Me recuerda que quien es buen pastor (o pastora), se ha experimentado previamente como una de las ovejas cuidada y querida por un pastor mayor. El Buen Pastor. Y como dice Jn 10,11-18, ni siquiera hace falta ser “de su redil”. Para nada. Todas son ovejas suyas. Y sigue saliendo a buscarlas.

Lo que experimentamos no se pone en duda. Las ideologías sí. También las opiniones. Pero la experiencia de cada cual, sin poder convertirse en principio de verdad universal, ciertamente no se puede negar. Y los demás lo notan, como ocurrió en aquel castillo inglés. Y, seguramente, podremos discutir sobre la calidad de un relato, una canción, una homilía, una catequesis… pero no dudamos de la verdad de aquel que expresa lo que le marca la vida. Eso no se puede impostar ni improvisar.

Me pregunto cuánto de esta experiencia honda –la de conocer al Buen Pastor y sabernos cuidados por él, seamos o no del redil– empapa nuestras decisiones, nuestro modo de ver la vida o la escala moral con que nos relacionamos.

Me lo pregunto al ver el discurso de políticos que alardean de su fe católica y a la vez ningunean por sistema a quienes hacen cola pidiendo alimentos o utilizan a menores como cebo para despertar la ira y el hartazgo de la sociedad. Me lo pregunto cuando gente de a pie que también decimos ser creyentes no reaccionamos ante la polarización, el odio y la desigualdad que parece estar imponiéndose. Me lo pregunto cuando una ministra –servidora pública de todos y no solo de algunos– aprovecha el púlpito que la democracia le ha otorgado para acusar a un colectivo entero de crímenes concretos y vergonzantes, como son los abusos a menores, y nadie dice nada. Me lo pregunto cuando conocemos injusticias flagrantes dentro de la Iglesia o de las instituciones y en el mejor de los casos damos una palmadita en la espalda “de noche” para que nadie nos vea, pero no hacemos nada para denunciarlo y reconocer a las víctimas. Me lo pregunto cuando veo que hemos convertido la dicha de ser pastoreados por la cobardía de ser borregos, en la sociedad civil y también dentro de la Iglesia.

Y a veces me pregunto, con tristeza, si no estaré dando más peso en mí a la seguridad del redil claro y concreto o a la “inmunidad de rebaño” frente a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, que a no alejarme nunca del Buen Pastor. Ese que nunca se queda en el mismo sitio mucho tiempo porque sabe que en la vida hay que caminar para encontrar verdes praderas y fuentes tranquilas. Y entre medias soportar algunas cañadas oscuras.

Pero celebrar a este Buen Pastor –para todas las ovejas, sin importar el redil– y fomentar el odio y colaborar en fortalecer los extremos… me resulta incompatible.

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