¿NECESITAMOS UN MINISTERIO DE LA SOLEDAD?

Esther Peñas. Ethic.es

El perfil más frecuente de los habitantes de las ciudades avanzadas está impregnado de una soledad no deseada que se ha visto incrementada por la pandemia. Japón, país donde esta supone un problema nacional, ya ha inaugurado el primer Ministerio de la Soledad en un intento de reducir la tasa de suicidios que en 2020 superó las 21.000 personas.

Muchos lectores recordarán aquellos versos de John Donne, uno de los poetas metafísicos más notables del siglo XVII: «Ningún hombre es una isla/entera por sí mismo. / Cada hombre es un pieza del continente, / una parte del todo». Pertenecen a la Meditación XVII, escrita en 1634. Cientos de años después, la posmodernidad parece empeñarse en contradecir al inglés, dibujando sociedades que tienen más que ver con archipiélagos que con tierra firme. En la actualidad, el perfil más frecuente de los habitantes de las ciudades avanzadas está impregnado de soledad. Una soledad no deseada.

Y sentirse solo, además de incitar al suicidio o provocar desórdenes mentales graves, desde el punto de vista socioeconómico también provoca pérdidas millonarias anuales en productividad, según los informes publicados por el propio Gobierno de Reino Unidoel primer país que creó en 2018 una Secretaría de Estado para combatir la soledad de la mano de la entonces primera ministra, Theresa May. Un año antes, la Organización Mundial de la Salud ya había alertado de que este era el país europeo donde las personas se sentían más solas: 200.000 de ellas podían llegar a estar más de un mes sin conversar con un familiar o un amigo. Apenas unos meses atrás, en marzo de 2021, Japón inauguraba lo que pareciera sacado de una distopía de Bradbury: el Ministerio de la Soledad. A la cabeza, Tetsushi Sakamoto, nuevo ministro de la Soledad, un cargo que compagina con el de ministro de Revitalización de las Regiones.

En España, según datos de Cruz Roja, el 27% de los mayores que atienden no reciben visitas de sus familiares nunca

Según Japan Times, en 2020 se quitaron la vida casi 21.000 japoneses, 750 más que el año anterior. El incremento recluta sobre todo menores de edad y mujeres, y se ha visto especialmente agravado por la pandemia. De hecho, Japón podría considerarse el país más silencioso del mundo: el 15% de los adultos que viven solos tienen menos de una conversación cada dos semanas. Vivir solo, por cierto, aumenta el riesgo de enfermedad cardiaca un 29%, exactamente igual que si fumáramos media cajetilla de cigarrillos, y dobla la posibilidad de padecer alzhéimer. Además, la soledad reporta pérdidas de hasta 35.000 millones de euros anuales, según el gobierno británico.

Otros estados de Occidente, como Francia, Alemania o Canadá han emprendido políticas dirigidas a reforzar los vínculos afectivos de los más mayores, involucrando tanto a los vecinos como a distintos profesionales de la administración, como solución a la soledad. Son tan incipientes que aún no hay resultados. ¿Y qué ocurre en España? Los datos de Cruz Roja indican que el 27% de los mayores que atienden no reciben visitas nunca o casi nunca, y un 23% no tiene a nadie a quien contarle sus preocupaciones.

Ramírez: «El problema se intensificará porque las generaciones más jóvenes cada vez tendrán mayor dependencia de la tecnología como sustituto de las relaciones presenciales»

De hecho, el programa del Gobierno de coalición PSOE-Podemos recoge la aprobación de una Estrategia frente a la soledad no deseada. El sindicato UGT ya ha instado al Ejecutivo a elaborarla, al tiempo que la Comisión de Derechos Sociales del Senado. A nivel local, en Barcelona, por ejemplo, hace tiempo que funciona el proyecto Radars, una aplicación impulsada por Servicios Sociales que permite a los usuarios hacer videoconferencias o recibir mensajes, entre otras prestaciones. Madrid, por su parte, impulsó Madrid Vecina (de carácter vecinal) y Madrid Contigo (de carácter institucional) para reforzar la teleasistencia, ayuda a domicilio y distintos talleres en los centros de día. Son solo dos ejemplos, pero hay otras ciudades con programas similares.

En Japón, país donde el suicidio y la soledad son problemas nacionales, la elevada autoexigencia y el concepto del pundonor (el deber ser kantiano) llevados al extremo, en principio, están muy alejados de nuestra manera mediterránea de encarar el lado menos amable de la vida: tenemos bares, vamos al fútbol (o lo vemos en los bares), nos despachamos a la primera de cambio con nuestros allegados. «Todavía es pronto para pensar en la posibilidad de crear en España un Ministerio de Soledad. En primer lugar, porque, afortunadamente, no es un problema crítico, y, en segundo lugar, porque aún no se ha visto que un modelo similar implantado en otros países sea eficaz», explica la psicóloga Elsa Ramírez. «El problema se intensificará a medio plazo porque las generaciones más jóvenes cada vez tendrán una mayor dependencia de la tecnología como sustituto de las relaciones presenciales, lo que conducirá a elevar los índices de soledad». Un problema al que cabe poner remedio para evitar que el futuro se parezca al relato de Ballard, Unidad de cuidados intensivos, en el que los humanos hacen su vida sin salir de casa, a través de sus pantallas, y siempre solos. Lo escribió en 1965.

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