Dos gestos que no he olvidado

Felisa Elizondo. https://blog.cristianismeijusticia.net/

Hay páginas que han brotado del asombro ante la belleza de gestos y las actitudes. Son apuntes que nos confirman que, a veces, asoma inesperadamente una luz que se esconde detrás de rostros comunes, anónimos y nada vistosos, que pueden estar en cualquier parte. Son sucesos o gestos que no recogen las grandes crónicas pero, como pequeñas parábolas, dejan vislumbrar la humanidad de los humanos y permiten atisbar algo de la «Humanidad mayor de Dios».

Y su relectura, sin ser exactamente la de una «página sagrada», invita a alabar al Creador por los humildes de corazón, como ocurre por ejemplo con algunos inolvidables personajes de Dostoievski.

De ese género es una página de no sé qué edición de la Autobiografía de Evtuchenko, el poeta ruso que saludó la revolución porque creía que aquel viento soplaba a favor de la justicia esperada. En aquel libro –encontrado al azar– leí este episodio vivido por el autor en el Moscú de 1944, entre unas mujeres obreras que, con unas pocas provisiones en sus bolsas, se orillaban para ver pasar la fila de prisioneros del ejército alemán en derrota. Lo reproduje hace unos años en traducción libre en uno de los números de Cuadernos de Oración:

«La muchedumbre vio llegar a los soldados alemanes, flacos, sucios, sin afeitar, con vendas ensangrentadas en la cabeza; unos con muletas y otros llevando a hombros a un compañero. Con la cabeza baja. Y en la calle, pasados los gritos insultantes sobre los jefes que habían paseado aristocráticamente su superioridad sobre la plebe de los vencidos, sucedió algo: un silencio de muerte. No se oía mas que el roce lento de los calzados y de las muletas.

Y vi a una mujer, con sus gruesas botas rusas, poner la mano sobre el hombro de un miliciano:

– Déjame pasar.

Había en la voz de esta mujer algo que hizo que el miliciano le abriera el paso como quien oye una orden. Ella se acercó a la columna y sacó de su morral un trozo de pan negro cuidadosamente envuelto en un pañuelo. Lo tendió al prisionero agotado que apenas podía sostenerse sobre las piernas.

De repente, otras mujeres siguieron su ejemplo y comenzaron a lanzar pan y cigarrillos a los soldados alemanes vencidos.

Ya no había enemigos.

Ahora eran hombres».

«Desde ese día -confiesa más adelante Evtuchenko- sé que no hay nada más precioso en el mundo que la inimaginable, magnifica, conmovedora ternura femenina. Desde ese día yo sé que, de todos los valores más o menos dudosos que se reconocen como tales en el mundo, el único que no tiene precio es la ternura…».

«El capital más precioso es la ternura” -concluye también- a propósito de la hospitalidad encontrada en hombres “tan fuertes como sencillos, capaces de hacerse cargo de la debilidad de un niño. Y continúo creyéndolo”.

Releerlo de nuevo me confirma que, como Jesús en su tiempo, de quienes dan su pan y no humillan al humillado y de quienes valoran más que nada los gestos de la bondad y del amor, se puede decir con certeza que “no están lejos de Dios”. Por eso nos hablan tan directamente de su Ternura.

Otro gesto que ha quedado en mi recuerdo es un suceso que viví a comienzos de los años 70. Lo publique también en aquellos Cuadernos como relato para Navidad con el título de Castañas asadas.

«Era un atardecer de invierno y volvía a casa después de terminar las clases. Cualquiera que conozca el continuo atasco de una ciudad como Roma sabe que eso significa encontrar con suerte un asiento libre en un autobús atestado y esperar a que desfilen callejas y cruces con una lentitud que se percibe en los bostezos, y hasta en las cabezadas de los que regresan de su jornada de trabajo.

A mi lado, en el asiento de enfrente, un hombre con ropa raída y unas manos toscas, que apretaban un pequeño envoltorio. Un obrero -pensé- que viene de trabajar en la construcción o de acarrear pesos en la Stazione Termini. O un mendigo, uno de tantos «barboni» que se encuentran a diario en la puerta de tantas iglesias como hay en la ciudad.

Debí mirar con insistencia -¿con indiscreción?- aquellas manos que eran todo un resumen de trabajo y de… pobreza.  Mi cansancio -pensé- no es nada al lado de lo que estas manos habrán tenido que aguantar.

-¿Quiere una?, y me ofreció, ahora entreabierto, el envoltorio de papel de periódico en el que había unas pocas castañas. Las acabo de comprar en Piazza Venezia, están calientes, le vendrán bien porque también usted lleva una cartera pesada y habrá tenido frío esperando al autobús.

Le di las gracias mirándole a la cara -antes habíamos viajado como quiere la discreción- con los ojos bajos uno enfrente del otro. Y cogí una.  Esperó con la palma abierta para recoger la corteza, como se hace con los niños cuando se les ofrece un caramelo…

Cuando llegué a la parada le deseé de corazón unas buenas noches. Y entré en casa pensando que alguien me había devuelto, multiplicada, la breve atención que yo había prestado a unas manos».

Han pasado unos cuantos años. El olor inconfundible de las castañas asadas me sigue trayendo el recuerdo de aquel buen hombre que me ofreció las que había comprado, seguramente con las pocas liras sueltas que llevaba encima, en un autobús urbano.

«No hace falta ser rico para dar, basta ser bueno», se ha dicho con acierto. Pero el recuerdo de unas manos curtidas me hace pensar que se puede cambiar el final del dicho: «basta ser pobre». Después de todo, «los pobres nos evangelizan», dicen los que están entre ellos y merecen crédito.

[Imagen de Nikola Radić en Pixabay]

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