Ni DEÍSMO FILOSÓFICO NI “TEÍSMO JESU-CRISTIANO”. Apostillas sobre unas páginas de Jesús Martínez Gordo

Jose Arregi. Umbrales de Luz. Reflexiones

Vayan estas reflexiones con el reconocimiento y la simpatía que profeso a Jesús Martínez Gordo, brillante y fogoso profesor, apreciado compañero de docencia en mis buenos tiempos de la Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz. Son unas apostillas al reciente pliego publicado en VIDA NUEVA y luego ATRIO (www.atrio.org). Simples notas sobre alguna que otra perplejidad que me provoca el texto, vigoroso como siempre. No tienen otro fin que el de clarificarme a mí mismo y mantener abierto el debate entre quienes se interesan por estas cuestiones en estos tiempos de transición cultural y teológica. A mí me interesan, y espero no estar del todo engañado cuando pienso que el futuro del mundo que soñamos también depende de cómo se hable de Dios y de Jesús de Nazaret. Me importa, y mucho, el tema Dios, que es una forma de mirar, sentir, vivir.

  1. A Jesús Mz. Gordo también le importa tanto como a mí, aunque no formulemos la importancia en los mismos términos, como es natural. Sus páginas llevan como título “Por qué me importa si Dios existe”. Yo nunca pondría un título así, es decir, no empezaría preguntándome si “Dios existe o no” sin antes decirme de alguna forma, con alguna metáfora, lo que quiero decir cuando digo Dios, el Indecible, sin poder decirlo, balbuciéndolo solo. Sé que la Hondura sin forma de la realidad existe, la veo en todas las formas. No es un Ente Supremo, pero es en todos los entes, se vela y se revela en todas las formas. Reconocer su Presencia no como Enigma último sino como Misterio fundante me parece lo más razonable, como me parece razonable admirar la paz del campo y del cielo en medio de todas las guerras absurdas.
  2. Menos razonable me parece postular la existencia de un “Dios Ente”, anterior y exterior al mundo, como causa primera o primer motor y explicación necesaria de la existencia del mundo. Tiene toda la pinta de ser un constructo de la mente humana, un recurso arbitrario creado de la nada por la necesidad explicativa del ser humano. Pero “Dios” como “recurso” está de más para las ciencias cosmológicas y creo que también es superfluo para la reflexión teológica sobre la realidad en su conjunto. Se presta a que cualquier niño espabilado vuelva a plantear la vieja y pertinente pregunta: “Si Dios creó el mundo, ¿quién creó a Dios?”. La respuesta sabia es sencilla: “Al ‘Dios’ creador necesario lo creó el ser humano”. Lo hizo para procurar un fundamento garante del mundo y del orden, de la moral, de la ciudad y del imperio. Las ruinas más antiguas conocidas de templos indican que los primeros dioses fueron imaginados hace unos 7000 años allá por Sumeria. El “Dios necesario” depende de la necesidad humana.
  3. No obstante, Martínez Gordo sostiene que, si se niega a un “Dios” en el origen de todo, estamos condenados a una de dos explicaciones del mundo: el materialismo cientificista o el puro azar. Yo diría que su noción de materia y de azar son hoy ajenas a los mejores científicos y filósofos de la ciencia. Ninguno de ellos pretende saber qué es la materia ni cómo el azar (incontestable) se combina con la (asombrosa) regularidad o “necesidad” que se observa tanto a nivel supra-atómico como infra-atómico. La materia nada tiene que ver con eso estático e inerte que se ha imaginado, en contraposición al “espíritu”. La materia es dinámica, interrelacionada, creadora, autocreadora. Es energía, relación, posibilidad. No sabemos qué es, pero podemos decir que es matriz inagotable y autocreativa de formas emergentes. De ella emergen las formas y manifestaciones que llamamos “espirituales”, lo que significa que el fondo sin forma de eso que llamamos materia bien podríamos, en último término, llamarlo también espíritu. O incluso, con perdón, Dios.
  4. Hablemos, pues, de Dios, sí, pero de otra forma. Y empecemos por hablar de otra forma sobre el mundo, de acuerdo a los científicos y también a los poetas. No puedo imaginar ningún “antes ni fuera” del mundo, de la materia-energía originaria o del campo electromagnético de cuya fluctuación saltó al parecer la chispa o el Big Bang que dio lugar a este universo (de otros no sabemos aún nada). Por ello mismo, tampoco puedo imaginar a un “Dios” anterior al tiempo ni exterior ni interior al espacio, un Dios Ente, algo frente a algo, alguien frente a alguien. “Antes/después”, “dentro/fuera” son nociones relativas a las de “espacio/tiempo”, pero éstas, a su vez, son estrechas categorías que nos sirven a los humanos para ubicarnos en este universo que nos rodea y en el que nos movemos. El “origen” permanente de la realidad transciende esas categorías espacio-temporales (y todas las demás). Los científicos, los poetas, los místicos lo saben.
  5. Me sorprende que el teólogo bilbaíno escriba: “Soy un creyente católico, transformado en un ‘deísta’, racionalmente consistente, y, a la vez, en un ‘teísta jesu-cristiano’ ”. Lo de “teísta jesu-cristiano” creo entenderlo, no así lo que quiere decir exactamente cuando se afirma “deísta”. El “deísmo”, en efecto, es una doctrina teológica que afirma que “Dios”, allá al principio, creó el universo con todas sus leyes, pero que desde entonces no ha dicho ni hecho nada en un mundo que sigue su curso. Ni revelación ni encarnación ni salvación. Solo quedan el mundo y la razón dejados de la mano de un Dios soberano y pasivo. Ya el mero postulado de un “Dios” como causa primera me parece poco “consistente racionalmente”, pero aun menos racional y consistente me parece afirmar a un Dios Ente o Sujeto “ocioso” desde la creación. Me costaría entender que sea eso lo que piensa Jesús Mz. Gordo cuando se confiesa deísta, pero es lo que leo.
  6. Más comprensible me resulta que se reconozca “teísta jesu-cristiano”, pero no desaparecen mis perplejidades y cuestiones: ¿Quiere decir que es teísta –es decir, creyente en un Dios personal, sujeto distinto respecto del mundo y de las personas humanas– como lo fue Jesús, o porque Jesús lo fue? ¿Pero que Jesús creyera en un Dios que interviene en el mundo –habla, cura, premia, perdona, castiga: en todo eso creía Jesús– significa acaso que también el cristiano debe imaginar a Dios como Jesús? ¿Por qué no deberíamos, por la misma razón, creer que Dios hace llover o que el mundo es geocéntrico? En cualquier caso, ¿no estaría dicho teísmo de Jesús en contradicción con el deísmo?
  7. Más preguntas: ¿es real y consistente el argumento apologético de que los creyentes, “comparativamente” con los no creyentes, “somos gente muy buena”, como afirma Martínez Gordo citando supuestamente una afirmación literal del filósofo ateo Paolo Flores d’Arcais en su famoso diálogo del 2000 (no 2008, como dice) con el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, una afirmación por lo demás que yo no encuentro en la transcripción del debate (¿Dios existe?, Espasa, 2008)? Flores d’Arcais reconoce, sí, que “probablemente, carecer de fe [no dice qué fe] hace mucho más difícil la capacidad de renunciar al egoísmo, de sacrificarse por los demás” (p. 83), pero insiste en que también los no creyentes pueden sacrificarse por los demás y lo hacen. ¿Puede alguien conocer la medida y saber que éstos pueden menos y aquellos más? En cualquier caso, ¿la historia y el presente no contradicen profusamente el argumento de la superioridad ética o espiritual de los cristianos y de los creyentes (¿qué creyentes?)? ¿No lo desmintió el mismo Jesús de Nazaret, a pesar de todo su teísmo, en la parábola del buen samaritano donde presenta a un hereje semipagano como modelo de compasión y compromiso con el herido, frente al levita y al sacerdote del templo que pasan de largo?
  8. Hoy todavía la figura de Jesús –no tanto un Jesús histórico del que sabemos muy poco con certeza, sino el Jesús diversamente recordado de los diferentes relatos evangélicos–, la figura de Jesús que seguimos recordando cordialmente y diciendo libremente en nuestro lenguaje de hoy, que no es el de los dogmas de antaño, me sigue inspirando. No porque Jesús sea el que más “ochomiles” ascendió ni el que mejor lo hizo, sino porque es la tierra en la que he crecido, la fuente de la que he bebido, y quiero que lo siga siendo. La tierra y la fuente son distintas; la raíz última y el agua profunda son las mismas.
  9. En la compasión sanadora, la libertad fraterna liberadora, la bondad dichosa de Jesús se me revela lo más humano, lo más Real y creíble, DIOS sin comillas ni calificativos, más allá de todo “Dios” construido. Sé lo que no es, al menos para mí: ni un “Dios” deísta creador y ocioso ni un “Dios” teísta, actor distinto y soberano en el universo. No es “otro” de nada ni de nadie (cardenal Nicolás de Cusa, s. XV). Lo que ES, solo lo vislumbro y solo puedo decirlo en metáforas torpes y plurales. Es el Ser o el Fondo de todo, la Fuente o la Creatividad permanente, el Yo sin ego, el Tú sin alteridad, la Comunión profunda de todo con todo sin separación ni fusión. Es el Aliento suave y transformador que lo mueve todo. Lo veo en el icono del Cristo Salvador de Rublev, y también en el árbol que crece y el almiar que descansa en medio del prado, en los ojos que miramos y que nos miran en todo. No se trata de creer nada: se trata de ver y de crear eso que vemos, para que en el mundo haya respiro y esperanza.

Aizarna, 21 de agosto de 2001

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