El plan “subversivo” de Rebeca

Matriarcas

El segundo hijo en lugar del primero: el engaño que cambió la Historia


Laura Invernizzi. https://www.osservatoreromano.va/

El hombre con el que se casó no era lo que pensaba. Las palabras, la mirada, los regalos… todo parecía un sueño, pero pronto se dio cuenta de que la realidad era diferente. Además, ella era la única que no se daba cuenta y tampoco nadie le había advertido.

Rebeca era hermosa, tranquila y decidida, pero en casa nunca le hablaban ni le preguntaban qué pensaba porque era una mujer. No tenía acceso, – ¡cuánto hubiera querido! -, a la tienda de su padre, donde él y su hermano tomaban las decisiones por todos. Ellos también habían elegido por ella, disponiendo de su futuro y de su vida en beneficio propio, sin preocuparse por los riesgos a los que la expondrían y, lo que es peor, le habían convencido de que fue ella quien decidió seguir a ese hombre que había venido de muy lejos y que la había seducido. Cuando se encontró con él en el pozo, él corrió a su encuentro y fue el único que la habló, la contempló y la adornó con joyas. Con mucho gusto aceptó irse de inmediato con él, pero todos, su padre, su hermano e incluso su madre, se habían reservado contarle quién era ese hombre en realidad.

La desilusión es una experiencia que ninguna mujer considera como posibilidad.

Se fue con él, pero no se convirtió en su esposa porque fue entregada en matrimonio a Isaac, hijo de Abraham, decididamente menos activo y extrovertido. El hombre por el que había dejado su casa era solo un sirviente enviado a buscar una esposa para el hijo del amo. Por tanto, la boda de ensueño duró lo que dura un viaje. Cuando se dio cuenta de que su familia la había engañado, ya era demasiado tarde. Lejos de casa, en un país extranjero y sola ya sabía que el futuro no iba a ser como lo había imaginado.

¡Nunca habría pensado en casarse con un hombre tan parado! Con el tiempo aprendió a conocerlo en sus gustos, sus heridas, sus temas prohibidos, sus debilidades y su total falta de iniciativa. Era un hombre de pocas pretensiones y un perdedor increíblemente fatalista. La había amado desde el primer momento, pero ella sentía que solo buscaba consuelo para el dolor por la pérdida de su madre. Ese amor no era suficiente como para hacerla mirar el futuro con esperanza o para sentirse mujer. Más tarde, Isaac llegaría incluso a hacerla sentir culpable por su belleza y a negarle la dignidad de esposa, ocultándola bajo el papel de hermana, como ya había hecho su padre con su madre. Él buscaba rasgos maternales en ella y ella no podía tener hijos. Por eso, su vitalidad tornó en languidez. Ante su esterilidad, rezó a su Dios.

Después de veinte años, sus oraciones fueron escuchadas. La vida volvió a ella, pero el tan esperado embarazo fue tan complicado que la dejó sin palabras y sin aliento, con miedo a morir. ¿Por qué todo esto?, ¿por qué a ella?, ¿por qué vivir si la vida deseada es solo sufrimiento? Fue entonces cuando Rebeca decidió poner remedio y fue a consultar personalmente al Señor, ella, que era una mujer. Recibió una respuesta, pero el oráculo no alivió su pena. Su dolorosa situación no fue tomada en cuenta. Por el contrario, se le sumó el presagio de futuras complicaciones. En el momento del nacimiento, confirmó lo que su intuición femenina había anticipado, eran gemelos.

El tormento de su conflicto, que ella conocía y padecía desde el seno materno, alcanzó su punto álgido cuando tocó hablar de sucesión. El rudo Esaú claramente no estaba a la altura, pero él era el primogénito e Isaac pensaba solo en él. Su corazón de madre amaba por igual a ambos, aunque tenía una relación especial con Jacob. En él, tranquilo pero astuto, vio las cualidades adecuadas para velar por el bienestar de todos. Sin embargo, esto no era lo más importante ni estaba por encima de la tradición por lo que Rebeca se rebeló. Ya no estaba dispuesta a aceptar que todo procediera con inercia patriarcal. Tomó la iniciativa, con la determinación del pasado, recurriendo al conocimiento de su esposo y a todos los medios a su alcance para garantizar una oportunidad a Jacob. Estaba dispuesta incluso a separarse de él para evitar que el resentimiento de Esaú provocara algo irremediable. El engaño, esta vez tramado por ella contra Isaac, que estaba enfermo y ciego, cambió la Historia: pensando que estaba bendiciendo a un hijo, bendijo al otro. Nadie hizo nada para advertirle del error o detenerlo.

Ni siquiera Dios.

El terror lo asaltó cuando se dio cuenta de que había bendecido al hijo “equivocado”, pero, en realidad, ese era el hijo “correcto” en la preferencia expresada una vez por Dios: “El mayor servirá al menor”. Rebeca nunca se refirió a la última parte del oráculo recibido años antes y que motivó su proceder. Para tejer el destino de la familia, no actuó explícitamente por Dios, sino como mujer y madre con sus propias razones. Tal subversión fue, sin embargo, la profecía que se le confió y que se materializó por su iniciativa materna.

de Laura Invernizzi
Auxiliar diocesana (Milán), biblista y docente en la Facultad Teológica dell’Italia Settentrionale y en la Universidad Católica del Sacro Cuore.

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