Nos esperan nombres nuevos

Tras el batacazo de la pandemia: ¿Cuáles son los nuestros?

Dolores Aleixandre. un grano de mostaza.religion digital

Pasados los peores agobios de la pandemianos acosan ahora las preguntas: ¿qué huella va a dejar en nosotros lo vivido durante estos meses?, ¿cómo gestionar el vendaval de sensaciones y experiencias?, ¿seremos capaces de aprovechar tantas lecciones de vulnerabilidad? Tenemos dos caminos para encontrar respuestas: uno, a partir de nuestros hábitos de razonamiento y reflexión, aprendidos a lo largo de muchos siglos de cultura occidental: observar, analizar, abstraer, relacionar, sacar conclusiones.

El otro camino es recurrir al “instrumental” del que echan mano los autores bíblicos que nunca emplean lenguaje abstracto ni pronuncian palabras como “contingencia”, “fragilidad”, “inseguridad”, “debilidad” o “indefensión”. Ellos, sin más preámbulos ni explicaciones, nos plantan delante de hombres o mujeres concretos que pasaron por situaciones de miedo, oscuridad, impotencia, enfermedades, peligros, sudores y lágrimas. Y nos dicen: ahí los tenéis, miradlos con atención y descubridqué transformaciones se dieron en ellos después de haber atravesado esa maraña aparentemente intransitable.

Fiándome de su método propongo mirar a dos personajes que nos son muy conocidosSimón hijo de Juan y Pablo de Tarso, unidos por muchas cosas, entre ellas que los dos cambiaron de nombre.

¿Sólo de nombre? El pescador “Simón hijo de Juan” (Jn 1,40) llamado por Jesús en los comienzos, era primario, directo, seguro de sí mismo, confiado en sus propias fuerzasBastante parecido a Saulo de Tarso que muy poco después galoparía en plan guerrero del antifaz rumbo a Jerusalén, decidido a cargarse a cualquiera que se resistiera a sus infalibles convicciones fariseas.

(¿Y si nosotros no fuéramos tan distintos de ellos? Porque en plenas ínfulas “pre-pandemia”, creíamos dominar el planeta a golpe de clic, embelesados con el 5G y dando por supuesto que los que cuidaban, limpiaban, servían, atendían o cultivaban estaban ahí para nosotros. Hasta que llegó el derrumbe).

Cuando Simón hijo de Juan negó aquella noche conocer a Jesús, se quedó hundido en la conciencia de sus límites y con el orgullo bajo la suela de las sandalias. Y el batacazo de Saulo, con o sin caballo, fue lo de menos: lo peor fue quedarse a oscuras, darse cuenta de que necesitaba a otros, dejarse guiar por los que antes iban detrás, ponerse a des-aprender casi todo (He 9,1-9).

Los dos recibieron nombres nuevos:Simón hijo de Juan, después de pasar por el bautismo de su propia inconsistencia, pasó a llamarse “Pedro-el- roca” con el encargo de ofrecer solidez y cimiento. El que ahora sabía de fragilidad y de fallos, podía sostener las vidas de otros y anunciar a Aquel en quien había que apoyarse.

El gran Saulo, era ahora Paulo “el pequeño”, el que cuando hablaba de sí mismo se veía como un corredor volcado en alcanzar la meta, porque antes había sido alcanzado por Aquel hacia quien corría (Fil 3,12).

¿Y nuestros nombres nuevos? La Escritura nunca da respuestas hechas. “El que pueda entender, que entienda”, dicen que decía Jesús.

(Galilea 153)

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