¿Naufragará, por fin, la Iglesia?

¿O remontará como prestigiar hacia afuera y componer hacia adentro?

José Ignacio Calleja. religion digital

Que la Iglesia Católica recorre su particular travesía del desierto, no es ninguna exageración. Hay ya buenos análisis que reúnen nuestro calvario: desde prácticas económicas especulativas y fraudulentas, hasta movimientos de contestación pública de los cardenales más conservadores frente al Papa; y en el límite de este viacrucis, sin comparación posible, la pederastia como noticia nuestra de cada día. No hay un país donde la Iglesia se haya salvado de este desastre. Vivimos con el aliento contenido. ¿El caso español? Llegará y lo veremos.

Todo este conjunto de problemas es complejo, pero no opaco e incierto. La opinión pública lo recibe con estupor y rabia al ritmo que se multiplican las noticias. La comunicación, y cuidando de no desviarme, tiene el problema de que la exposición de la misma noticia día tras día genera hartazgo. En el más grave de ellos, la pederastia, primero contra los autores del abuso y la institución que calló o calla, y después, contra cualquier noticia sobre esa institución. En medio, las víctimas tienen que sopesar muy bien la gestión rigurosa de su causa, porque el paso de víctimas a olvidados es una amenaza desgraciada. Sin comparación posible, pero las víctimas del terrorismo, las víctimas de las guerras y el refugio, los migrantes naufragados, los parados en la máxima exclusión, las etnias más desprotegidas o los pobres más odiados, saben de lo que hablo.

En este escenario eclesial enredado, donde la causa de la pederastia constituye por lo que representa un punto y aparte como desastre a conocer y remediar en justicia, no me considero informado como para proponer un plan general de corrección eclesial con sus medidas y cambios legales. Lo exijo pero me desborda. Sin embargo me siento más seguro para reclamar del lector que me acompañe en una dirección positiva. Es decir, que intente entender el futuro posible de esa Iglesia.

Hay una lucha sin cuartel por el ideario evangélico y la praxis pastoral consecuente de la Iglesia y en la Iglesia, con el objetivo de salir de esta situación y remontar. Por remontar no entiendo volver a ser mayoritaria en nuestras sociedades. No lo creo. Remontar como prestigiar hacia afuera y componer hacia adentro una Iglesia, mediación del anuncio y práctica justa de la fe, y, en la sociedad civil, curarse y llegar a ser uno de sus mejores movimientos

La idea de una Iglesia en salida a las periferias del mundo, y que desde ahí anuncia y práctica la fe de Jesús, como fe que da sentido a la vida, cuida de los desvalidos y exige la justicia social, esto viene para quedarse. La Iglesia no va a morir en la solución de la pederastia, a base de callar y callar, sino que la va a abordar y se desangrará en ello, pero no hasta el punto de morir. Hay muchos católicos a la defensiva en todos los frentes del conflicto social ante la Iglesia (pederastia, financiación y patrimonio, enseñanza de la religión, conexiones con el Estado…), pero hay muchos católicos también que tienen muy claro que el proceso de conversión es inexorable y que la sociedad civil ya no nos va a permitir una realización a medias.

Hay muchos jóvenes, por más que minoritarios en el conjunto social, alrededor de la fe; no pocos de ellos sienten la tentación de defenderse si se les ataca o ridiculiza, pero si la democracia presenta sus exigencias con la debida calidad ética, sin revanchas cainitas, la voluntad de acoger la justicia social con su alma samaritana y equitativa es incuestionable en la gran mayoría de ellos.

Hoy, la Iglesia sabe que no tiene futuro sin esa conversión de su historia a la justicia con las víctimas; hoy, sobre todo, por la pederastia. Pero sabe que su futuro se lo debe sin remedio al Evangelio de Jesús, a su mesianismo acogedor de todo ser humano por razón sin más de su dignidad, justo y samaritano con los últimos del mundo, los que menos cuentan en la sociedad, y libre en la conciencia y la palabra buscando la vida buena.

Ella sabe que no puede decir “Padre Nuestro”, sin compartir y exigir las mediaciones de la hermandad, de la dignidad respetada de los últimos y, en ellos, la de todos; sin referirse a la riqueza sin aclarar la sostenibilidad del modelo de desarrollo y el servicio a la vida de las familias y los pueblos.

Sabe que la propiedad debe ser hoy, ante todo, un trabajo digno del que vive la familia; sabe que no hay familia si no hay medios de vida; sabe que no hay libertad sin responsabilidad hacia los otros más débiles que yo; sabe que no hay ética personal y social sin responder a qué es de tu hermano, qué es de los otros pueblos del mundo, qué es de sus mujeres y sus niños, qué es de sus vacunas, escuelas, casas, hospitales y alimentos.

Si la Iglesia consigue retener esta memoria, y puede hacerlo, se curará de los males tan graves que la aquejan. Los que la dan por perdida, ignoran la potencia última del movimiento alternativo de fraternidad universal que provocó Jesús. El futuro es muy incierto y gris, y no está escrito. Y no he hablado del Espíritu, todavía.

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