CIENCIA, RELIGIÓN Y EL MILAGRO PERPETUO

La interpretación habitual de la relación entre ciencia y religión es que la segunda ha sido históricamente un obstáculo para la primera. No obstante, las investigaciones de diversos autores en historia y filosofía de la ciencia destacan que, en lugar de arena en las ruedas, la religión engrasó la maquinaria científica.

VICTOR LAPUENTE. ETHIC

¿Por qué estoy tan seguro de que estas letras que golpeo en el teclado sobrevolando el océano a varios miles de pies de altura te van a llegar, en el mismo orden en el que las coloco, a tu móvil? ¿Por qué el segundero de reloj avanza a la misma velocidad que el tuyo? ¿Por qué todos los días tienen 24 horas y la jornada de hoy no va a durar 28 horas ni la de mañana seis? Como comentábamos la semana pasada, la existencia de un orden en el universo, de leyes que regulan el comportamiento de los planetas, los fenómenos atmosféricos, las plantas o los animales debería asombrarnos. Y si no lo hace es porque siglos de acción conjunta de esta pareja tan curiosa que forman ciencia y religión ha sedimentado en nuestros cerebros la idea de que el mundo se rige por unas regularidades.

Desde la Grecia clásica, pero sobre todo desde la Edad Media, protocientíficos de todo tipo pelaje y condición se lanzaron a descubrir esas reglas, a conocer lo que llamaban ‘el libro de la naturaleza’, en claro paralelismo con la Biblia. El mundo es un libro que los seres humanos queremos leer y entender.

Los primeros repositorios de esos libros de la naturaleza fueron los monasterios y, posteriormente, unas instituciones fundadas por organizaciones religiosas durante la Edad Media: las universidades. ¿Por qué la ciencia moderna nació en una institución religiosa y no en los, seguramente más numerosos, gremios de zapateros o sociedades mercantiles? La interpretación habitual de la relación entre ciencia y religión es que la segunda ha sido históricamente un obstáculo para la primera.

Empezando por el mundo clásico. Frente a unos filósofos griegos y romanos que intentaban interrogar a la naturaleza para extraer sus leyes, se interpuso la intolerancia de la Iglesia. No obstante, las investigaciones de diversos autores en historia y filosofía de la ciencia, como Larry Siedentop (Inventing the Individual) o Stephen Meyer (Darwin’s doubt), cuestionan esta visión y destacan que, en lugar de arena en las ruedas, la religión engrasó la maquinaria científica. Bueno, de hecho, más que eso.

La religión apuntaló a la ciencia moderna en tres aspectos fundamentales: motivó a los científicos a estudiar la naturaleza (con la idea del diseño inteligente del mundo), los capacitó (con la idea de que todos los humanos, iguales ante dios independientemente de su sexo o nacionalidad, podían conocer el mundo), y los hizo conscientes de su falibilidad (con la idea del pecado original). Estas tres ideas son los motores mentales del progreso científico.

La motivación

La religión monoteísta (judeo-cristiana, pero como también comentamos el mes pasado, hay puentes comunes con el confucionismo y budismo), extiende la percepción de que el mundo es un lugar con reglas estables desde el inicio de los tiempos, y no un choque entre las leyes de dioses enfrentados los unos a los otros, tal y como se entendía la realidad bajo la mentalidad politeísta. Del monoteísmo abrahámico fue permeando la idea de que el universo en su conjunto había sido inteligentemente diseñado por un solo dios, y, por tanto, sus leyes son congruentes y abiertas a la comprensión lógica.

La capacitación

Vale, el mundo es cognoscible, pero ¿puedo yo, un humilde plebeyo, comprenderlo? La religión (cristiana), lejos de imponer la estratificación social de la que se le acusa (en algún caso con razón) en siglos posteriores, ayudó a empoderar a millones de personas que, hasta entonces, habían vivido en lo que Sidentop llama la ‘desigualdad radical’ del mundo antiguo. Todos –mujeres, niños y esclavos– estaban sometidos a los caprichos del pater familias. Sus vidas estaban a la entera disposición del patriarca. También todos los orificios de su cuerpo. Sin excepción y sin necesidad de explicación. Sólo a la vista de este contexto se entiende el progreso revolucionario que supuso (el hoy tan criticado) concepto cristiano de que el cuerpo es un templo: al convertirse en algo divino, el cuerpo del niño, de la mujer o del esclavo deja de ser una propiedad para disfrute de otro ser humano. Y, si en todos los humanos se haya la ‘chispa de lo divino”, todos podemos lanzarnos a entender el mundo. Esta idea de Imago Dei, de que todos estamos hechos a imagen y semejanza de dios, es seguramente uno de los resortes mentales más igualitarios de la historia de la humanidad. Pablo de Tarso lo formuló de forma elegante en su conocido “ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer”. Todos somos iguales.

La humildad

Un científico debe ser humilde: no se puede aferrar a sus apriorismos, sino que debe estar dispuesto a que la realidad empírica le abofetee. Conjetura que A (por ejemplo, fumar) lleva a B (tener una vida sana), pero tiene que aceptar C (la posibilidad del cáncer de pulmón). Y la sobreestimación de sus capacidades, la soberbia a la que las mentes inteligentes son tan proclives, fue el talón de Aquiles de los filósofos clásicos. Según Meyer, los grandes pensadores griegos y romanos antepusieron la construcción de explicaciones conceptualmente sofisticadas al contraste empírico de las mismas. Paradójicamente, el cristianismo insufló agnosticismo en ese mundo tan teórico. No fue un proceso rápido, incluso en la actualidad muchos científicos se aferran a sus teorías con uñas y dientes a pesar de tener toda la evidencia disponible en contra.

Por ejemplo, Newton se enfrentó a esa cerrazón teórica al derivar sus leyes de la física. De forma parecida a cómo los aristotélicos creían en las causas diversas de los fenómenos, en los tiempos de Newton los físicos mecanicistas consideraban que existía un éter, una fuerza invisible, que animaba los cuerpos. Para ellos, era absolutamente inconcebible que un objeto atrajera a otro simplemente por su masa, sin una causa aparente. Del efecto (por ejemplo, que la manzana caiga al suelo desde el árbol) debía deducirse una causa (un éter, una entelequia). Si no, como dijeron algunos intentando ridiculizar a Newton, estaríamos hablando de un «milagro perpetuo».

Ante estas críticas, Newton realizó un ejercicio de humildad que supone un hito en la emergencia del científico moderno: las causas las desconozco; yo sólo analizo el efecto. Este reconocimiento de los límites de la mente para comprender los fenómenos, y la aparejada vocación de contrastar empíricamente las conjeturas científicas, es esencial para entender el progreso de la ciencia que, en los tiempos antiguos, había quedado atrapada en el callejón sin salida de las teorías más brillantes. Unas teorías de los grandes filósofos griegos que eran tan deslumbrantes que oscurecían el avance científico.

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