En el nombre de la Madre, en el nombre del Padre

[Imagen de Luminas Art en Pixabay]

escrito por Mónica Mínguez Franco –22 Diciembre 2021. blogcristianismeijusticia.net

Hace pocos días asistí a una cena de carácter interreligioso. Aún a riesgo de parecer un concepto extraño para una cena, el objetivo era compartir diversos puntos de vista para conocernos mejor y sentirnos más cercanos. La mesa estaba formada por seis personas de las cuales, cuatro profesaban la fe judía y dos -un sacerdote y una laica- la católica.

El encuentro se celebraba un viernes por la noche, enmarcado en lo que en la liturgia judía se conoce como Shabat: es el principio del tiempo de pararse y dedicarse sólo a Dios, a estar en Presencia. La cena comienza cantando bendiciones especiales para el espacio que nos acoge, para la persona que preparó la acogida, para los hijos e hijas de la casa. Antes de comenzar la cena, se bendice el vino y el pan con un profundo sentimiento de gratitud. Después, según avanza la cena -esto es común para cada comida que se realiza cualquier día-  se dice una bendición por cada alimento: los que vienen de la tierra, los que vienen de los árboles, los que están horneados. Es sólo un método que pretende hacer consciente a la persona de la Presencia en todo momento, en cualquier momento. En una cena de Shabat, también es costumbre hablar de la Torá[1]: comentar la parashá[2] de la semana para entenderla y conocerla mejor: es un momento en que todas las personas están convidadas a participar para compartir sus reflexiones, sus sentimientos, sus vivencias.

En nuestra cena de Shabat recibimos con alegría que el sacerdote católico conociera parte de la liturgia judía, pudiendo incluso identificar la oración por la mujer como parte del Libro de Proverbios. Según nos dijo, era un gran simpatizante del papa Juan Pablo II y se sentía llamado y convocado al diálogo con sus hermanos mayores en la fe, según se nombró a los judíos desde la Comisión vaticana para las relaciones religiosas con el judaismo, representada por el cardenal Kurt Koch. Llegado el momento de comentar la parashá y, después de dar una explicación más o menos rabínica, cada persona pudo dar su punto de vista, ya fuera desde el conocimiento o la experiencia. Hay que decir, que la mera opinión vacía de uno de los dos -conocimiento o experiencia- no es, en general, apreciada.

Todo iba muy bien hasta que se me ocurrió apuntar a la realidad Madre y Padre de Dios. El tema era más que adecuado por la lectura semanal y, también, por una realidad social que cada vez nos demanda más y más presencia de la mujer en la Iglesia, no como un premio o actitud condescendiente sino como todo un derecho inherente a la condición de cristiana. Aquí cambió todo. El sacerdote mudó su rostro y mostró su más firme desacuerdo en la visión agenérica de Dios, remarcando hasta el final que Dios es Padre y como tal se le ha de tratar. Quise, entonces, traer la etimología aramea del término hebreo Abbá, es decir, la palabra Abwoon. Abwoon es seguramente la palabra de Jesús y el resto de judíos del siglo I utilizaban para rezar a la Fuente, al Absoluto, al Esencial. Esta palabra aramea en su raíz no especifica género, no está relacionada en absoluto con los términos padre (hombre, masculino) o madre (mujer, femenino). Se relaciona con un tipo de nacimiento u origen, el origen cósmico. La palabra Abwoon tiene cuatro partes: 1) a: el Absoluto, único Ser, pura Unicidad y Unidad, fuente de todo poder y estabilidad, haciéndose eco de la palabra aramea para Dios, Alaha, literalmente, la Unicidad; 2) bw: un nacimiento, una creación, un fluir de bendición, como desde el interior de esta unidad hacia nosotros; 3) oo: la respiración o espíritu que lleva este flujo, haciendo eco del sonido de la respiración. Este sonido está vinculado a la frase aramea traducida más tarde como Espíritu Santo; 4) n: la vibración de este aliento creativo desde la unidad cuando toca y penetra interiormente la forma. Este sonido hace eco de la tierra y el cuerpo vibra mientras entonamos el nombre completo lentamente.

El sacerdote, que se hace y deja llamar padre, no dió ni un pequeño espacio a la etimología para explicar el concepto. Se cerró en banda y apeló a la Tradición, a la tradición hecha por hombres, da igual de qué religión, que pretenden secuestrar la grandeza y la infinitud de Aquel que es inefable.

La cena a la que acudí llena de ilusión por compartir, conocer y reconocer me produjo un sabor agridulce y un pequeño vacío doloroso que, lejos de hacerme crecer, me deja destellos de la pequeñez de las personas que no quieren y no permiten a las otras crecer, conocer y vivir en plenitud. Entiendo que una persona que se hace llamar padre sin haber engendrado biológicamente, debe relacionar ese apelativo con una idea espiritual, para facilitar el crecimiento a las personas que se le acercan y, en este caso, en la fe que profesan. Sin embargo, el padre que nos acompañaba en la cena nos guió a una realidad pequeña, a una realidad manipulada y cerrada en sí misma. Fue, sin duda, un momento desperdiciado, que pudo haber sido de luz pero que la sombra dominó.

Este camino del reconocimiento, no comienza en la mujer del siglo XXI, sino que comienza en el principio de los tiempos o quizás antes, cuando Abwoon -sin género específico- nos bendice y nos respira desde su Unicidad.

***

[1] La Torá es el Libro o Pentateuco o Primer o Antiguo Testamento en la fe cristiana.

[2] Parashá: porción de la Torá que se estudia en los hogares durante toda la semana y se lee el sábado en la sinagoga.

[Imagen de Luminas Art en Pixabay]

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