El cuento de los tres cerditos y las estructuras de la Iglesia

CRISTINA INOGÉS SANZ. vidanuevadigital.com

Hay una estructura central, fuertemente eclesiástica, formada por muchas estructuras –ninguna secundaria– que la sostienen. En este momento, muchas de esas estructuras no secundarias están tan afectadas por la carcoma y las termitas de años de poder corrompido que, prácticamente, impiden recuperarlas. Otras se podrían restaurar con tiempo y la decisión de poner al frente a personas con visiones más eclesiales que eclesiásticas, que mantengan el cambio de rumbo propiciado por la restauración y limpieza de las mismas. Y otras ciertamente funcionan, aunque siempre hay que estar pendientes de no imitar las formas contaminadas por la carcoma y las termitas.

La fuerte jerarquización, verticalísima, férrea, aquejada de una sordera persistente (para según qué temas), e inamovible por propia decisión, ha creado más problemas que soluciones. Sin embargo, no todo está perdido porque, “cuando todo está por hacer, todo es posible”, como dice el poeta Miquel Martí i Pol.

Cincuenta o sesenta años en la Iglesia es como un leve suspiro ya que, acostumbrada como está a contar el tiempo en siglos, tan pocos años son casi una anécdota cronológica. Sin embargo, en ese espacio de tiempo tan corto suceden cosas asombrosas.

Iglesia equivocada

Tirando de hemeroteca –que siempre resulta muy interesante–, me he encontrado que un periódico francés, de esos regionales a los que casi no se les da importancia, ‘L’Independent’, publicó a mitad de los años 50 una encuesta en la que una de las preguntas era en qué creían los católicos que se equivocaba la Iglesia. La encuesta se hacía entre personas de 20 a 60 años, y las respuestas se desglosaban por edades.

Me llamaron la atención varias de ellas, entre las cuales había una, en la franja de edad de 20 a 30 años, en la que alguien decía que la Iglesia se equivocaba al condenar el principio de libertad religiosa. Esto, en aquellos años, sonaba bastante atrevido. Sin embargo, vemos cómo el Concilio Vaticano II reconoció ese principio, y hoy –siempre con alguna excepción– se ve normal que cada uno actúe al respecto según su conciencia.

Pese a todo, creo que hay una segunda lectura que resulta también interesante. Esta respuesta y otras que aparecen en la encuesta (la nula relación con otras confesiones cristianas, tener a la mujer invisibilizada, un laicado ignorado, miedo al mundo intelectual y cultural…) demuestran hasta qué punto es importante para la Iglesia escuchar a aquellos que no comparten todos o ninguno de sus criterios, porque eso la obliga a revisarse a sí misma, a pensar en horizontes más amplios que los que ella misma se impone.

Hablar y escuchar

La Iglesia va cambiando, y más que tiene que cambiar. Escuchar se ha convertido en prioritario, sobre todo, a quienes tienen otra forma de ver ciertas realidades y hasta de disentir con ella, porque en algunos momentos puede ser incluso un deber de conciencia, tanto hablar como, por supuesto, escuchar.

Sin embargo, para que eso pase, necesitamos estar despiertos, más todavía, espabilados, y asumir que es asunto de todos que la Iglesia no tenga miedo al cambio, a la creatividad y a nuevas formas de estar en el mundo. Y, por supuesto, a revisar algunas de sus estructuras que nos han traído al desastre actual, y parecen casi inamovibles.

Espero que, entre los cuentos infantiles prohibidos o caídos en sospecha últimamente, no esté el de los tres cerditos. Este cuento del siglo XIX, de origen inglés, cuenta la historia de tres hermanos cerditos que, tras el consejo de su madre para independizarse, se adentran en el bosque para vivir su vida.

Tres casas muy distintas

Uno construye una casa de papel que, rápidamente, un lobo destruye soplando. Otro construye una casa de paja, que también el lobo destruye con un soplo. Y, finalmente otro, el hermano mayor, construye una casa de ladrillo, ante la cual el lobo no tuvo nada que hacer y desistió del intento de derribarla.

Los cerditos más jóvenes aprendieron la lección de que, en esta vida, lo sólido lleva un cierto tiempo edificarlo, pero que, a la larga, es una buena inversión.

¿Puede servirnos este cuento para reflexionar sobre algunas estructuras de nuestra Iglesia que, en su forma actual, ya no pueden dar más de sí? Solo siendo sinceros y, ante la fragilidad de ciertas realidades que tenemos delante, debemos preguntarnos sobre el sentido de algunas decisiones que se tomaron en un momento y, sobre todo, la posibilidad de cambiar y pedir perdón. (…)

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Un comentario

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