Frente a Putin: no es pacifismo, es sentido de la realidad

«Yo a la política no le pido que me lleve a la guerra, sino que me la evite, y si no sabe, no vale»

 José Ignacio Calleja Profesor de moral social cristiana. religion digital

Medito algo que escribí en RD hace unos días, y esto es importante, porque el tiempo vuela e influye en una posición ético-política, ¡no la determina!, y yo no me tengo estrictamente por gandhiano como me dicen. Lo agradezco. De fondo soy gandhiano sí, en su traducción de no violencia activa, muy activa. Es la lógica de Jesús, la que prevalece claramente en él, y la que creo más ética y eficaz a medio y largo plazo.

Además corresponde a mi carácter moral y sicológico, (más que a mi experiencia). Controlar la reacción descontrolada cuando tengo razón, ¡también cuando tengo razón!, y sobre todo, si me voy a hacer mucho daño, mucho daño, me parece imprescindible. No me atrae cómo llegar a héroe si la alternativa que me proponen para defenderme la veo prácticamente inviable.  Este es el caso. Por tanto, más que una cuestión de pacifismo, en la guerra de Putin veo ahora mismo un problema de cálculo de posibilidades.

En primer lugar, me duele saber que ha habido varias oportunidades para negociar en diez años y no ha interesado; es importante reconocerlo, ha habido varias oportunidades para negociar y no ha interesado; en Rusia poco, en Occidente, tampoco; y en este caso, viendo quién es Putin, cuál es su poder de muerte, y el paso por adelantado que ha dado, defiendo que una respuesta militar solo serviría para provocar millones de víctimas por ambos lados, con la única duda de quién pone más millones. ¿Cómo puedo elegir en esa alternativa y creerla lucha por la libertad porque es contra un tirano? 

Si yo no veo salida por medio esa guerra, no quiero que me ofrezcan esa solución. Quiero otra que me permita esperar el menor daño posible frente a Putin, y esta es negociar como sea; con China, con Turquía, con Cuba, con Francisco y Cirilo, con quien sea como intermediarios, pero negociar para parar la guerra, y jugar las cartas fuera de ella. Soy un gandhiano con sentido de la realidad en cada caso, un gandhiano que no excluye todo uso de la fuerza armada legítima por exigencia de las víctimas; no solo de mis derechos, sino sobre todo de los derechos de las víctimas, pero siempre que les sirva o salve, no que nos sume a todos al matadero.

Hablo de la fuerza legítima. La mínima posible, controlada y reglada, pero la reconozco para superar el conflicto, no para ahondarlo y provocar mi martirio u otro más general. Es injusto, además de estúpido, para mí, ¿por qué elegirla, a menos que la imponga sin salida alguna el tirano? Es más, por su dureza y hasta locura, medito qué salida ofrecerle, pues a una fiera siempre se le deja escapatoria, aunque sea para recomponer la posición propia.

Yo a la política no le pido que me lleve a la guerra, sino que me la evite, y si no sabe, no vale como política-políticos. Hay una invasión, una guerra de invasión, y ha pillado a todos los inocentes de occidente con el pie cambiado, -porque otros la tenían prevista y la veían como menos mala en sus planes de hegemonía entre potencias-, luego juguemos las cartas de otro modo más inteligente. Negociar y negociar, y presionar y presionar, hasta al amanecer.

Por orgullo y decencia, es natural, la mayoría de los ucranianos está defendiéndose y luchando contra el invasor, la Rusia de Putin. Lo entiendo, pero a mi juicio, no aciertan. Hay un momento en que ya no aciertan. Sería mejor refugiarse en el embargo de occidente, organizar ya la resistencia, y ver qué oportunidades menos crueles se les plantean. Es aplicar la lógica de la dignidad inteligente con posibilidades de ganar después lo que hoy se pierde, frente a la dignidad martirial por una causa política inmediata y absolutizada. 

Este es mi modesto planeamiento ético-político, porque la realidad ahora mismo no está para máximos morales de perfección de la soberanía nacional de Ucrania, ¡una ruina para todos!, sino de mínimos morales de justicia, es decir, intentar parar la guerra cuanto antes, hacer recuento de daños, y tomar buena nota de cómo a Putin lo sacamos del terreno de juego. (¿El modo? Entiendo muy bien a D. Bonhöffer, no se lo reprocho moralmente, pero yo no tengo, creo, ni su valor moral ni el personal). No soy tan gandhiano, por tanto, una pena. Pero, claro, hay que señalar que otros que dirigen el G8 o el G20, afinan las maneras, pero no son mucho más de fiar. Bien, eso lo sé, pero ahora hablamos de Putin y las comparaciones son odiosas. 

   Agradezco la atención a cualquiera que esto lea. Saludos.

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