Eunice Foote: La descubridora del efecto invernadero

Autoría: Maria Àngels Viladot i Presas. clasicasymodernas.org

El mundo está en horas muy bajas: el escalofrío de un virus, un virus nuevo que mata a las personas, se ha sumado al cambio climático antropogénico, que viene de lejos: se acaban los recursos, se acaba el agua y el aire respirable; asistimos a la extinción de las especies y ecosistemas. Ambos fenómenos resaltan las crudas desigualdades sociales y por razón de género, aspectos que reflejo en los artículos de divulgación que he escrito sobre estas cuestiones (los lectores interesados pueden encontrarlos en www.mviladot.com). A la incertidumbre mundial a la que nos han abocado estos fenómenos, se le ha añadido, como un rayo destructor en un día sin niebla, la sorpresa de la guerra en Ucrania por obra y gracia del Putin, una guerra que, a fin de cuentas, es una manifestación más del machismo estructural que arrastra a la sociedad. Pues sí, machismo estructural que lidera importantísimas decisiones políticas que afecten a todo el mundo, que no permite ningún diálogo de consenso. Machismo estructural que viene de siglos, y las feministas decimos basta. Pero, claro, de los tres fenómenos, como un todo y ligados, no puedo hablar por razones obvias de falta de espacio. De modo que me centraré en un ejemplo que, relacionado con el cambio climático, pone de manifiesto la marginación e injusticia social que las mujeres arrastran at secular seculorum, perpetradas por este machismo que, como digo, embadurna a las sociedades del mundo.

 Muy pocas personas sabrán que el efecto invernadero (uno de los principales fenómenos del cambio climático) tiene nombre de mujer: lo descubrió Eunice Foote, en el siglo XIX. ¿Por qué remarco que es una mujer y no un hombre quien hizo el descubrimiento, cuando lo importante es el propio descubrimiento? ¿Qué tiene de relevante que ponga sobre la mesa este hecho? Pues tiene mucha importancia porque el hecho de que haya muy poca gente que todavía hoy no lo sepa, testimonia que, de siempre, las mujeres han sido escondidas, relegadas, apartadas, de la tribuna pública. Y lo que aún cabrea más es el hecho de que la parte masculina gorroneaba sus investigaciones, su trabajo, parapavonearse en sociedad. Aureolados y admirados en los clubes sociales, gremios, sociedades académicas y científicas con trabajos que no les pertenecían. Con trabajos que robaban a las mujeres o de los cuales eran autores a medias. No todos los hombres lo hacían, claro, pero hay muchos ejemplos. En cualquier caso, la autoría de las mujeres nunca calaba en ninguna parte. Se ignoraba. Y es que la posibilidad que una mujer fuera la autora no solo era inconcebible, sino un imposible. Incluso he llegado a pensar que estaban realmente convencidos de que la autoría era de ellos. Que el trabajo, los resultados obtenidos, los descubrimientos y hallazgos eran de su legítima propiedad.

Eunice Foote nació en Goshen, una ciudad del estado de Connecticut (Estados Unidos). Sus padres eran de procedencia social humilde (el padre era agricultor) pero esto no significó ningún freno a la hora de decidir enviar a su hija al Troy Female Seminary, el instituto en el que recibió formación experimental en química y biología. Como nos muestran las investigaciones y los estudios llevados a cabo sobre su vida y labor de investigadora amateur, Eunice Foote era una mujer de convicciones férreas y creía que las mujeres también tenían el derecho de ser personas libres como los hombres y, por tanto, el derecho de recibir una educación superior. Este convencimiento la empujó a firmar una de las primeras convenciones por los derechos de las mujeres, Seneca Falls (1848). Dos años después, en 1850, descubrió el efecto invernadero con unos experimentos que realizó en su casa. Un descubrimiento de una relevancia primordial.

Un colega suyo del Instituto Smithsoniano, Joseph Herny, estaba realmente impresionado por el descubrimiento y fue quien presentó la investigación en un paper titulado «Circunstancias que afectan al calor de los rayos solares», presentado en la Conferencia de la Asociación Americana para el Adelanto de la Ciencia en 1866. De lo más loable es el prefacio que incorporó al paper: «La ciencia no es de ningún país ni de ningún sexo. La esfera de la mujer abarca no solo lo bello y útil, sino también lo verdadero». Pero el trabajo, el descubrimiento, ni siquiera apareció en el resumen de la conferencia. Sospecho que un olvido tan ominoso tiene que ver con el género de la autora (¡era una mujer!) y digo «sospecho» por decir algo porque, claro, pondría la mano en el fuego. Dos son los motivos por los que fue empujada del mapa social y científico hasta el año 2010 (cuando se descubrió que fue ella quien había hecho este impresionante descubrimiento): primero, no era una científica profesional y, segundo, era del sexo femenino; una mujer del siglo XIX, cuando a las mujeres, como he dicho antes, no se las tenía en cuenta; ni en cuenta ni se las tomaba en serio. Y ahora nos tienen en cuenta y nos toman en serio con cuentagotas. Hay quien dirá que exagero. No me lo parece cuando continuamente debemos reclamar, por citar un ejemplo, cuotas presenciales. El primer motivo del ostracismo que sufrió (el hecho de que Foote no era una científica profesional) puedo llegar a entenderlo. Pero, claro, en modo alguno puedo aceptar el segundo motivo: el hecho de que el descubrimiento del efecto invernadero se ignorara porque quien lo descubrió era una mujer.

Por si fuera poco, un científico profesional llamado Jonhn Tyndall no tardó ni un año en publicar unos experimentos que llegaban a las mismas conclusiones que Eunice. Y, por supuesto, no la citó. ¿Cómo es que enseguida después del descubrimiento de Eunice surgió un interés por investigar sobre el mismo fenómeno? ¿El descubrimiento que había hecho Foote había pasado realmente inadvertido? ¿Desconocía Tyndell la investigación que Foote había realizado hacía poco menos de un año? No se sabe. Ni lo sabremos nunca. Pero eso no importa. Lo que nos interesa es que Eunice Foote, una mujer, pasó al ostracismo más absoluto y Jonhn Tyndall, un hombre, pasó a la historia como la primera persona que descubrió el efecto invernadero cuando esto es una mentira flagrante. No es momento de citar la larga retahíla de agravios, olvidos y empujones para apartar a las mujeres de la esfera científica y la tribuna social (ejemplos vergonzosos hay a espuertas), sino de glosar la figura de una mujer silenciada y que, en cambio, dio tanta voz a los conocimientos sobre los fenómenos antropogénicos que hacen inhabitable al mundo, sobre todo en los países y grupos humanos más vulnerables y discriminados.

Maria Àngels Viladot i Presas
Dra. Psicologia Social i Ciències de l’Educació
Escriptora
maviladot@uoc.edu
viladot51@gmail.com
www.mviladot.com

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