Todo es igual, ¿nada es mejor?

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Rosa Ramos. amerindiaenlared.org

Todo es igual, nada es mejor, 

lo mismo un burro que un gran profesor… 

los inmorales nos han igualado…

igual que en la vidriera irrespetuosa 

de los cambalaches se ha igualado la vida…

Enrique Santos Discépolo (tango Cambalache)

Todo es igual, nada es mejor”. ¿Realmente es así? Más bien creo que lo que iguala es la finitud, la fragilidad, la muerte, no la vida. Incluso la muerte tiene sus diferencias, no es lo mismo morir en soledad y angustia como víctima de violencia; en un accidente de tránsito en la calle; en esa otra soledad sonora y de luces agresivas que es un centro de cuidados intensivos; de frío en la calle en una noche gélida tapado con diarios; que morir en la propia cama, entre sábanas limpias y rodeado de afectos. Sin embargo, sí iguala, borra diferencias, la finitud que pretendemos ignorar en esta cultura con impertinente necedad. 

Antes la muerte era aceptada como parte de la vida y estaba presente tanto como tema en la conversación diaria como en la reflexión y la escritura: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…”escribió Jorge Manrique en el siglo XV, para no citar textos bíblicos milenarios. Desde la Modernidad la muerte se niega, se esconde o ingenuamente creemos que se mueren los otros”, como planteó Martin Heidegger. Ese famoso “se” de la vida inauténtica que nos excluye poniéndonos a salvo, absurdamente, casi como un pensamiento mágico.

“Acabados son iguales los que viven por sus manos y los ricos”, decía también Manrique reflexionando sobre la muerte de su padre, un noble caballero que entregó su vida con lucidez (así lo pinta el poeta) rodeado no sólo por su enorme familia sino por los criados o esclavos. Repito que no es igual la forma de llegar a la muerte, sin duda las condiciones son relevantes, pero más allá de ellas, quienes hemos visto morir a muchos, sabemos que la muerte iguala. Iguala en ese despojo último, en esa impotencia fatal que afecta al muriente, haya sido quien haya sido. Iguala la muerte en ese tardarse en acabar su obra apropiándose lentamente de la vida, al punto que los que amamos al moribundo y permanecemos fieles a su lado, llegamos a desear que haga de una buena vez su trabajo de “segador esforzado”, al decir de León Felipe. ¡Tal es la impotencia también nuestra! 

No descubro la pólvora: nuestras existencias son finitas. Mueren las personas brillantes intelectualmente (aquellas que nos iluminaron mundos nuevos), de exquisita sensibilidad (las que despertaron la nuestra), de entrega generosa de sus dones a lo largo de toda una vida, sea en la familia, en la profesión elegida, o en favor de otras grandes causas (las que tanto admiramos y de algún modo nos movieron un ápice en ese mismo sentido). Mueren las personas con vidas ignotas, a veces sin siquiera ser conocidas por su nombre propio, viven, bregan día a día, o mal viven tras un apodo, un mote, un alias. Mueren los pobres de digna pobreza, orgullosos de su trabajo humilde, los de indigna miseria que han ignorado hasta el derecho elemental de comer en su casa -no de la limosna- en una mesa con mantel. Mueren los que han adquirido un buen pasar en base al esfuerzo no sólo suyo sino de generaciones (de todos los humanos somos de algún modo deudores).  Asimismo mueren dejando todos los privilegios los que los han mal habido con la explotación de otros y de la casa común. Aquí valen las advertencias del Evangelio sobre la vanidad y necedad de acumular tesoros perecederos. ¡Todos somos mortales!

El recién muerto puede tener una sonrisa dibujada en el rostro, que se va enfriando y petrificando rápidamente, o puede quedarle un rictus, una mueca de dolor. La mayoría de las veces queda una especie de serenidad distante de “ya sido”. Ya no está la persona, ya no es, o es en la eternidad. Aquí cabe preguntarnos, aunque subrayo que no es el tema de este artículo, si nuestras vidas son apenas una brisa que pasa, un instante fugaz de luz de una luciérnaga en la noche, o si de un modo que no podemos siquiera imaginar, la muerte no es el fin sino una rendija estrecha a la Luz sin fin.

Hasta aquí un preámbulo a lo que hoy quería compartir. Quizá un preámbulo que daría en sí mismo para una reflexión personal y comunitaria sobre la muerte, que la cultura actual esquiva soberbia y necia. Quizá me extendí mucho antes de ir al objetivo, pero allá voy.

No todo es igual. No nos distinguimos por la muerte, sino por la vida construida, paso a paso, día a día en función de las posibilidades de elección (no siempre iguales, lo sabemos).

En esta vida finita que tenemos NO “da lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro…” Vale decir: no estoy de acuerdo con esa “tanguez” melancólica y escéptica del autor de Cambalache. No es lo mismo para los demás, para la historia que vamos desarrollando entre aciertos y yerros, y por supuesto, no es lo mismo para la propia persona. 

En el largo río de la historia, lo que vivimos millones y millones de seres humanos muy poco va a los libros o queda en una obra monumental. La memoria familiar también acaba tras los deudos, se va evaporando con el paso del tiempo. Sin embargo, algo queda en ese mar común al que van nuestros ríos, quizá en el inconsciente colectivo, sin definiciones claras ni forma precisa, como un humus fértil sobre el que las nuevas generaciones van construyendo sus propias vidas. Podríamos decir que los aprendizajes de la especie humana, mezclados con sus barbaries, van dejando un sustrato semejante a las capas geológicas sobre las que se forman las nuevas. Esto en sí ya vale y es hermoso.

Por otra parte, aún en su menesterosidad constitutiva, y en un tiempo tan acotado, estimada o insignificante para otros, para cada persona singular su vida es su obra maestra, la expresión de un ser único, su gloria o su perdiciónSu oportunidad de cambio, de entrega, de redención, siempre en su espacio concreto y en relación con otros.

Todo no es igual, aún en medio del fracaso o del desencuentro más fiero, creo que todos intuimos que la vida es bella y vivir es un privilegio. Así lo han atestiguado personas en situaciones tan límites como un campo de concentración y así lo atestiguan miles de millones de personas, con sus cantos o con sus silencios, con creaciones sublimes o con pequeñas y porfiadas resistencias, apostando a ella -a la vida- siempre, día tras día. 

La búsqueda -y a veces el hallazgo- de la verdad y la belleza, del amor, la justicia y el bien, puede darse cita -si la convocamos o si nos abrimos a cierto influjo trascendente- en este ser finito que somos. En tanto Manrique señala lo que nos iguala, podemos seguir descubriendo lo que nos singulariza, lo que aporta a la maravilla, al milagro cotidiano, tantas veces invisible por falta de atención. He aquí que, si bien el tango es famosísimo, me quedo con lo que canta la argentina Teresa Parodi y podemos cantar todos en clave cristiana: ¡Cuánta poesía tiene la vida, que no se ve!”

Imagen: https://lamenteesmaravillosa.com/wp-content/uploads/2021/10/personas-agarradas-manos-768×512.jpg

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