¿Quién calmará nuestra ira?

 José Ignacio Calleja. religion digital

A menudo salta a los medios la voz de algún renombrado hombre o mujer de la cultura cuya palabra nos deja por su sencillez y acierto conmocionados. De alguna forma, todos aspiramos a dar con ese autor de referencia que nos confirma en lo que intuimos. También conocemos personas cuya manía es siempre llevar la contraria al común y adoptar posiciones o explicaciones inesperadas. Sorprender, para bien o para mal, siempre es una habilidad.

Pero ¿cómo pondremos algún orden en el revuelto de ideas si todo vale igual y lo mismo? Porque el derecho a decir lo que uno quiera, en uso de la legítima libertad de expresión, es el no va más sobre la palabra, pero el valor del contenido de lo dicho, esa es otra cuestión.

Es clásico recordar que las personas somos absolutamente respetables y con un derecho inalienable a decir, pero nuestros dichos siempre son absolutamente discutibles. Esta realidad de opiniones y juicios, venidos de todos los lados y en todos los modos imaginables, nos coloca en una posición difícil para ordenar cuidadosamente la palabra sobre qué supone, por ejemplo, la salida justa de una sucesión de crisis como las ahora encadenadas; o qué pensar de la forma como se enreda el mundo en un cruce de potencias que se disputan la hegemonía económica y militar; o si en la guerra estamos en un lado de palabra y en otro con los hechos; o, y es otro ejemplo, si las religiones tienen un futuro, sean las históricas renovadas o las nuevas espiritualidades que podrían llegar, si al ser humano le es imposible vivir sin buscar un sentido último a la existencia, a menos que le obliguen a dejar de ser humano; o, por fin, si nuestra voluntad de vivir en libertad es imposible, porque el modo social capitalista, concentrado al máximo en poderes opacos que a nadie dan cuenta, se lo impide a la inmensa mayoría del común.

En este contexto, la impresión es que la voz más atrevida, la que dice que no hay más salida que el caos, porque cuanto peor, mejor para todos, y porque si todo estalla, podremos empezar de nuevo con alguna posibilidad de dar con algo nuevo, tiene un eco que para sí quisieran otras. Ya, sí, quizá, pero ¿quiénes la acaban pagando y cuánto en cada caso? No olviden esta pregunta. Las víctimas.

Evidentemente, lo dicho no significa que lo pensemos a cada paso, pero en el ambiente fluye la convicción de que la historia dirigida en términos de “capitalismo universal”, no ofrece salida ni para la mayoría de la gente, ni para las generaciones futuras, ni para la casa común, nuestra pequeña Tierra. Parecería entonces que, con cierta facilidad, habríamos de movilizarnos en torno a objetivos tan claros como universales. Obra, empuja y acuerda un modo de vida, en libertades, paz, consumo y uso de la Tierra, que te asegure entregarla a las generaciones futuras, ¡tus hijos e hijas, tus nietos y nietas!, en unas condiciones como, al menos, tú la recibiste y vigila que no los arruinas con tus opciones de hoy. Algo así es el principio de justicia si dices que estás de su parte y los amas.

Esta pequeña progresión para deslindar quiénes somos los humanos, y si respetamos esa dignidad que nos reconocemos, es una reflexión repetida, lo sé, pero a la vez cuestionada y negada. Nada puede decirse de una democracia y sociedad humana de bien si damos por buena la desigualdad incontable en que se asienta, o la importancia de una guerra por su distancia a nuestra casa. La idea de que vamos a empujar por un mundo tan digno, que no acepte la injusticia contra los otros más débiles que yo, no puede causar desprecio por parecer una quimera de niños o poetas. La pregunta primera de toda persona digna no es si me respetan en los derechos fundamentales, sino si me respetan en los derechos de los otros más débiles que yo; y, solo, porque han nacido en otra tierra, otra sociedad y otra familia. Sin elegir y sin haber errado en nada, a unos nos viene una condición social, -ojo, es el sustrato material de la dignidad-, y a otros les toca otra mucho peor, y, entonces, todo el lenguaje ético de mi sociedad está viciado por un mentira original. Así nace el artificio de la libertad en una sociedad moderna, la que da por inevitable lo que hay, un desorden social bien engrasado para que reproduzca posiciones heredadas de centro y periferia.

Es vieja la queja que aquí planteo, pero en la memoria colectiva tiene que quedar a fuego que el hambre y la sed de justicia para todos es el primer presupuesto ético indiscutible de la vida humana en común; el único que hace justicia a todos, lo pretende, sin dejarse generalizar en un universalismo tramposo.

El cristianismo presenta en este sentido un razonamiento imbatible para identificar por qué el bien común justo (el que dota de equidad a la vida social de todos) supera claramente al interés general (el que se conforma con atender a la mayoría social de peso). No es poco ni pequeño este último objetivo, apenas perseguido en serio, pero la ética social desde los más ignorados y desposeídos tiene otra medida para hablar de la paz: responder las preguntas de convivencia desde el hambre y la sed de justicia para todos.

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