Entre el anhelo y el temor del encuentro

[Por: Rosa Ramos]. amerindiaenlared.org

Luz…
Cuando mis lágrimas te alcancen
la función de mis ojos
ya no será llorar,
sino ver.

León Felipe

Encontrarnos es nuestra vocación última, experimentamos reiteradamente ese llamado y hacemos intentos una y otra vez a lo largo de la historia personal y colectiva. Sin embargo, junto con el anhelo primordial coexisten temores ancestrales o frutos de fracasos. También hay momentos históricos, culturas y sociedades que favorecen y otros que entorpecen el camino, este es nuestro tema hoy.

Empezaba a escribir cuando me llegó un relato que ilustra muy bien el tema de este artículo. Francisco y Julieta son hermanitos que viven juntos, ella acaba de cumplir seis años y él tiene tres, como Juan Manuel, el primito, van los tres al mismo colegio. Ayer mientras Julieta estaba en clase, concentrada igual que sus compañeritos en la explicación de Mónica, esta ve una cabecita asomada a la ventana de la puerta, era Francisco. La maestra lo saluda con la mano y sigue la clase, pero el niño permanece allí, entonces le hace un gesto indicándole que se vaya al patio a jugar. Francisco no se va, levanta la manito mostrando una flor, ante esta novedad Mónica se rinde y abre la puerta. Entonces el niño dice “sólo le traje una flor a mi hermanita”, entra, seguido por el primo, entrega a Julieta el regalo y se abrazan. Conmovedor abrazo al que se suma Juanma ¿Cuánto hacía que no se veían? Quizá dos horas, pero ya anhelaban el encuentro, ¡qué maravilla!

¿Por qué maravilla lo que es natural, el amor vivido y expresado así? Quizá por el contraste con la distancia que ha cavado la pandemia, que se instaló como un abismo entre algunas personas y comunidades. Baste como dato que muchos grupos y no sólo de trabajo, sino de reflexión y hasta de comunidades de vida y fe, se siguen reuniendo por zoom. 

Son innegables los beneficios y en su momento la necesidad del zoom: trabajos que pudieron seguir realizándose, carreras en las que se pudo avanzar, intercambios internacionales cuando no se podía viajar y hasta congresos virtuales. También se entiende que es cómodo reunirse desde la propia casa cuando las personas son mayores, o las distancias grandes, sin necesidad de perder tiempo en el tráfico o sin gastar dinero en traslados. 

Es valiosísimo, asimismo, que los medios de comunicación hayan avanzado al punto de poder ver crecer nietos queridos que viven en otro continente, tener noticias diarias, fotos, videos, que de algún modo acercan la vida cotidiana de las familias y amigos cuando no es posible la visita frecuente por costos, responsabilidades, edades. «Qué grande el mundo, y qué pequeño,
qué lejos los amigos y qué cerca”, escribía el nostálgico, ¿o el humanísimo?, Líber Falco. Geniales las fotos, los videos, las videollamadas, cuando son por fuerza la única posibilidad de “encuentro”. 

Era de esperar, y gracias a Dios también vemos eso, que, una vez controlado el contagio masivo del virus, la gente estuviera deseosa de encuentros, de comidas familiares, de reuniones con muchos amigos, de abrazarse, de celebrar la vida agradecidos. Sin embargo, cuando volvieron los vuelos internacionales, muchos prefirieron viajes individuales o en pareja a centros de compras, En plena pandemia llegamos a creer que mucho de lo que teníamos era prescindible, que lo importante era la vida y la vida con otros. ¡Qué contradictorios podemos ser!

Si era de esperar que las familias y los amigos desearan, procuraran esos encuentros, esos abrazos, era también de esperar volver a trabajar juntos, interactuar cuerpo a cuerpo cada día con colegas, realizar reuniones mensuales o quincenales, así como Capítulos, Asambleas, Congresos presenciales. En algunos casos esto ha sucedido y en otros se optó por seguir virtualmente, mirándose medio cuerpo a través de pantallas, en vez de salir al encuentro, a percibirnos con todos los sentidos, a confrontar si es necesario, a compartir la mesa.  ¿No nos cuestionan hondamente como seres humanos y como cristianos estas conductas? 

Algo movió nuestro “punto de encaje” en esa distancia física, en el aislamiento provocado por la pandemia durante un tiempo prolongado. Algo tocó muy hondo en nuestro ser, desatando quizá temores inconscientes y nos llevó a ese retroceso en relación a los vínculos, que justamente son los que nos humanizan.

Cabe preguntarnos: ¿Nos da miedo el otro, nos asusta vernos, tocarnos, mirarnos a los ojos? ¿De qué nos defendemos, de que el otro nos robe tiempo, perturbe nuestros planes, y qué planes son que no incluyen a los demás? ¿Qué tememos en realidad, que el otro nos vea, nos interpele con su presencia y rostro, que nos exija una respuesta que nos desinstale? -pensando en Levinas- ¿Tememos que el encuentro cara a cara nos lastime, tememos querer y ser queridos? Son muchas las preguntas que se hacen los diversos profesionales. ¿Acaso este tiempo afectó asociaciones neuronales, aún no suficientemente firmes en nuestra evolución? ¿Puede acaso un año y pico de aislamiento semi impuesto provocar un cambio evolutivo? ¿Era tan frágil nuestra humanización? 

Los psicólogos y los educadores se enfrentan día a día a las patologías provocadas por este tiempo, está a la vista el incremento de depresiones, obsesiones, bipolaridades, ataques de pánico. Los índices de suicidio no dejan de aumentar. El aislamiento prolongado ha incidido negativamente en la afectividad y hasta en la voluntad. Por otra parte, no se nos oculta que la pandemia hizo mella en una sociedad que venía ya siendo individualista, donde cada cual o cada pareja o núcleo mínimo quería “hacer la suya”, con un mínimo de interés y compromiso respecto al resto. Si bien vemos muy afectado el nivel psicológico, estamos ante una cuestión cultural y axiológica del presente. 

Una vez más la pregunta acucia: ¿era tan frágil nuestra humanización que fácilmente retrocedemos a la supervivencia egoísta? Los caminos espirituales algo nos han enseñado a los cristianos: sabemos que el combate al egoísmo es un combate de toda la vida. El mismo exige, por una parte, silencio, reconciliación con las propias sombras, y, por otra parte, es un combate que se realiza en la convivencia, en el diálogo, en ese cuerpo a cuerpo que hoy parece estamos temiendo y rehuyendo. Alguno dirá que lo más difícil es convivir consigo mismo, pero el test de humanidad -siempre dinámica y gestándose lentamente- se da en la cultura del encuentro, del amor fraterno.  

Cuando aprendemos a saborear el encuentro y cuánto de él procede: bien, belleza, paz, ánimo, nos humanizamos, entonces el llamado, esa vocación última se renueva y el anhelo crece. 

Parafraseando al poeta podríamos decir: “hermanos, amigos, cuando mis brazos los alcancen, su función ya no será extrañar, sino abrazar”. Que el deseo persistente del pequeño Francisco de visitar, entregar una flor y abrazar tiernamente a su hermana Julieta, nos inspire y aliente a la apertura confiada como personas, como familias, como Iglesia.

Imagen: https://alvarobilbao.com/wp-content/uploads/2019/04/abrazos-1200×900.jpg

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