Entre el mar y un campo de cebada

Rosa Ruiz. Teologa y Sicologa. Vida nueva

Para mí, que soy de tierra adentro, el mar siempre me envuelve, me acaricia y me descansa, me hace pensar. También la playa que, por supuesto, no es lo mismo que el mar, pero nos permite disfrutarlo. Esas playas que, como dije alguna vez, bien parecen el Jardín de El Bosco, igualándonos a todos, al menos aparentemente.

Un paseo por la orilla

El mar me atrae y me calma. Y a la vez, quizá justamente porque todos somos deudores en cierta medida del lugar donde nos hemos criado, me hace sentir huésped; saberme acogida pero solo de paso, como queriendo devolverme a los campos secos y nobles de Castilla. Y una vez allí, de nuevo, volveré a echar de menos el mar.

Si logras pasear por la orilla en silencio, quizá al amanecer, antes que las sombrillas hayan empezado a repoblar la arena, escucharás su soplo. Esa especie de respiración de las olas, tan rítmica como libre, que pareciera estar inspirando y expirando en tu oreja. O quizá en plena noche, si tienes la suerte de dormir cerquita y no estar rodeado de chiringuitos, música repetida y choque de vasos con hielo, también puedes sentir ese susurro del mar. A veces todo un grito si estás en mares menos calmados.

Y me gusta recordar que es el mismo agua y totalmente distinto a la vez. Que cada composición geográfica no sólo modifica el paisaje sino la vida misma que se hace viable en esa zona. ¿Dónde está el límite entre el océano pacífico y el Mediterráneo o entre el Adriático y el Mar Negro?, ¿acaso no hay algo de artificialidad en cualquier frontera y en cualquier límite?, ¿no ocurre algo similar con nosotros mismos y cada una de las relaciones que nos recorren por dentro?

Creo que sí. Y a la vez, cuando estamos en cada una de estas zonas podemos distinguir con claridad que no es lo mismo bañarse en el Atlántico que el Caribe; que generan distinta vida, distintos ecosistemas, distintas sensaciones; que no coinciden en su densidad, color, sabor… Pero, finalmente, todas las aguas forman parte de ese único océano mundial y primigenio que algunos llaman “Thalassa” o “Panthalassa”.

Buscando el movimiento

Por eso, siendo tan distintos, siempre hay un intercambio por mínimo que sea. Siempre algo de un mar fluye en el otro. Si lo dejamos. No somos compartimentos estancos, por distintos que parezcamos ser (y lo somos). No somos los mismos nunca porque siempre estamos en continuo movimiento, como las olas. Acertamos a alcanzar alguna que otra costa y nos permitimos adentrarnos sabiendo que, antes o después, volveremos al mar, volveremos adentro. Eso sí: ya nunca será lo mismo. Por poco que sea, tú habrás reblandecido la arena y de ella te llevarás algo que a algún otro sitio llegará.

Y sí, lo digo a la vuelta del mar, desde tierras castellanas, donde todo el movimiento posible está en las copas de los árboles y en el poco viento que estos días de calor se nos regala. Desde tierra firme, donde hemos aprendido desde pequeños a desear que el suelo no se nos mueva demasiado. Ya decía Azorín: “No puede ver el mal la solitaria y melancólica Castilla (…) Castilla no puede ver el mar”, como si todos nuestros problemas se explicaran así. Quizá Azorín nunca pudo ver el mar en los trigales.

Somos más líquidos de lo que pensamos, cierto. Pero también anhelamos más arraigarnos de lo que quisiéramos reconocer. Que en la playa (casi) nadie lleva reloj pero (casi) todos, antes o después, queremos saber la hora.

Necesitamos el fluir del mar de vez en cuando. Y me gusta pensar que el mar también necesita la seguridad que dan las raíces de un campo de cebada. Un mar dorado. De vez en cuando.

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