Dejar, soltar, confiar…

Por: Rosa Ramos. amerindaenlared.org

Si me voy antes que vos… 

quiero que siempre recuerdes 

lo que dijimos un día: 

que cada vez que te ríes, 

río contigo, mi amor…

Jaime Roos

Esta columna quincenal tiene por título “El Espíritu y la libertad” y esta vez quiero abordar uno de los aspectos de la libertad que entiendo fundamental: la libertad para soltar confiadamente, la desposesión, contraria a la tendencia a adueñarse o a controlar todo.

La experiencia tan humana de desear seguridades y posesiones, está en permanente tensión con la necesidad de soltar. A veces esa tensión se da entre proteger y dejar autonomía a los hijos o a las personas queridas en general, otras con la realización de trabajos o proyectos, y evitar ser esclavo de ellos. Pasamos la vida sosteniendo, defendiendo y soltando, ya se trate de personas como de ideas, sueños, hábitos y hasta prejuicios; algunas personas viven mejor y otras peor tal experiencia, semejante a la sístole y diástole de nuestro corazón. 

En tanto seres encarnados, nos humaniza forjar vínculos fuertes, así como elegir, defender causas y arriesgarnos por ellas, también crear arte, construir ciudades, sentirnos parte, “ciudadanos”, e interligados con todos los seres, en nuestra casa común. Sin embargo, aprender esa libertad de la desposesión, del soltar confiadamente es fundamental, pues somos finitos, mortales, y si no soltamos poco a poco y por elección, seremos forzados a ello al vernos cara a cara con la muerte. 

Quizá por inseguridad tenemos una tendencia a manejar todos los hilos, a no dejar cabos sueltos. Y, sin embargo, Jesús, nuestro Maestro y Hermano mayor, confió en aquellos discípulos torpes y lentos para entender, los envió de dos en dos, les dio poder de curar y predicar, y llegó a decirles “les conviene que yo me vaya” (Jn. 16, 7). No sabemos si se los dijo de viva voz, o si fue la comprensión pos pascual la que los llevó a asumirlo, pero esa idea fue parte de la tradición de las primeras comunidades y quedó plasmada en el cuarto evangelio. De hecho, Jesús se entregó entero a la causa que lo movía: anunciar el reinado de Dios, incoado con su presencia, gestos y palabras y llegó hasta las últimas consecuencias. No retuvo para sí nada, ni su vida ni el control del futuro, confió en el Padre y en sus amigos. Más temprano o más tarde su comunidad lo entendió y asumió al proseguir su legado y misión. Aunque luego tuviera también la tentación del poder, de guardar para sí ciertas prerrogativas. Esa tensión tan humana ya aludida. 

La Modernidad nos llevó a reconocernos como sujetos-autores de la historia y como sujetos únicos, eso fue un salto cualitativo, evolutivo, ya no estábamos a merced de fuerzas desconocidas, podíamos entender el universo pequeño y macro, descubrir sus leyes. Aquella ancestral tentación: “seréis como dioses” finalmente se cumplía y nos llevó a sueños de omnipotencia, a una autoafirmación excesiva, al punto que lo que fue ciencia ficción hoy es real y vamos por más. ¡O por menos! porque estamos destruyendo el ecosistema, poniendo el riesgo las futuras generaciones. Este es el encandilamiento de occidente, esa ilusión de progreso continuo e ilimitado.

Hacemos y somos hechos por la cultura. Nuestro modo habitual de actuar construye cultura, a la vez la cultura nos hace a nosotros, refuerza rasgos. Así nuestra indigencia e inseguridad pueden promover la voracidad de cosas y hasta de personas. Por otra parte, la cultura dominante según los tiempos induce a poseer tierras, mujeres, esclavos, a construir obras faraónicas, a conquistar otros pueblos, como diversas formas de poder, o a hacer del consumo la más placentera experiencia portadora de seguridad. Más allá de qué sea lo que la cultura invite a poseer, genera una suerte de anestesia respecto a la caducidad de la vida. Vale decir, otorga una seguridad relativa y engañosa, porque nada poseemos para siempre. El temor a la muerte es quizá la madre de todos los temores humanos, pero, a la vez, la muerte como la posibilidad inexorable, es precisamente la oportunidad para las preguntas más hondas acerca del sentido de todo y de la propia vida.

De ahí la necesidad de objetivar, de tomar distancia ya sea de los mandatos de la cultura en la que estamos inmersos, como de las posesiones y dominaciones a las que nos aferramos, para dimensionar la vida en su belleza y fugacidad, nuestra humanidad en su grandeza, menesterosidad y misterio. En términos bíblicos se trata de la necesaria actitud de vigilancia, del “estén preparados”, de no ser necios, de compartir y celebrar la vida generosamente, en vez de construir graneros para la codicia propia.

Sigue vigente para la madurez humana el “conócete a ti mismo” de Sócrates, conocer nuestros temores íntimos o inculcados (de los que hablamos en la entrega anterior), que serían el terreno propicio para la mala semilla del acaparar, del apropiarnos, del controlar. Conocer nuestros límites como criaturas, que crecemos y luego decrecemos aún en aquello que nos parecía más propio, aceptar que son dones en préstamo, sobre todo conocer el límite de la muerte con la que soltaremos todo. Pero el “conócete a ti mismo” aplica también a los anhelos más profundos que nos ha dejado el soplo de Dios, de donación, de comunión, de bien, de ser bendición.

La canción con la que iniciamos es la carta de amor de alguien que se despide por “si me voy antes que vos”, allí se perciben esos anhelos profundamente humanos que valen como herencia para todos y que también podrían expresar el deseo de Jesús para su comunidad de ayer y de hoy:

Si me voy antes que vos,

si es así que está dispuesto,
quiero que tus noticias
hablen del aire y del sol…

Las personas que he visto bien morir, tras bien vivir con grandeza de alma, me han impresionado por su libertad para dejarlo todo. Muchas veces para ir repartiendo previamente sus tesoros, pero especialmente por esa entrega final cargada de bendiciones o de silencios de aceptación, que sin palabras regalan confianza en que recogemos su antorcha. Y también regalan libertad y perdón anticipado por si no acertamos. De la misma canción de Jaime Roos, recojo otros versos: “cada vez que te ríes, río contigo…”, “que cada vez que llores, lo sabrá mi corazón…”, “y no nos encontraremos, pues siempre estuve a tu lado”, “la vida misma es un regalo de amor…”

No temamos soltar, liberar, liberarnos. Confiemos. La humanidad está preñada de vida abundante, la promesa nos precede, la vida pasa por nosotros, y sigue en otros, con quienes puede crecer, hacerse más bella y digna, más semejante al sueño de Dios.

Imagen: https://reencontrate.guru/wp-content/uploads/2020/07/soltar-3-e1594679162855-560×450.jpg

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