¡Mundos y discursos simultáneos!


Rosa Ramos. amerindiaenlared.org

La boca habla de lo que rebosa el corazón (Lc.6.45)

Las palabras van al corazón, cuando han salido del corazón

Rabindranath Tagore

¡Cuántos mundos simultáneos! Fue el tema de la entrega anterior y he seguido contemplando la coexistencia de diversos mundos. A medida que nos proponemos observar más, estar atentos, estudiar, sea la historia como las ciencias actuales, más diversidad de realidades descubrimos. Siguiendo con el tema de la simultaneidad de los mundos e historias humanas, esta semana la reflexión me ha llevado a otro aspecto: a la coexistencia de diversos discursos e interpretaciones acerca de las realidades. Discursos variados y no pocas veces antagónicos sobre los hechos. 

Antes recojo dos ecos. Alguien al leer el artículo acotó, “siempre han existido múltiples mundos en simultáneo”. Y es verdad, incluso sabemos que la aparición y evolución de los primates de los que procedemos no fue “pareja”, sino que en distintos sitios del planeta se fueron dando diferentes “homos” y “culturas”. A lo largo de milenios de prehistoria y de historia, sumando el crecimiento demográfico, resulta difícil imaginar la simultaneidad. El mismo lector agregó: “lo nuevo es la conciencia, la mayor comprensión y apertura a esa diversidad de mundos simultáneos”. Así es.

Ha venido creciendo el interés por conocer más, por ejemplo los antropólogos culturales en los últimos siglos han recorrido diversas comunidades, y antes diversos viajeros fueron legándonos sus diarios llenos de observaciones. Pero hoy, no sólo los investigadores, científicos o conquistadores de nuevos mundos, dan cuenta de la coexistencia de tal multiplicidad: los medios de comunicación muestran a todos (basta tener un televisor, una PC, un teléfono móvil) esas realidades tan diferentes. A veces escandalosas, pero mostradas a una velocidad que impide el análisis crítico.

Ese “ver los mundos” que coexisten puede provocar asombro, maravilla, oración; simple curiosidad turística, voyerística, o de otro tipo; en otros casos llega a provocar indignación ética o lo que antes llamábamos “ira santa”. Importa no sólo el ver, sino a dónde nos lleva la conciencia.

Otra lectora me escribió: “El universo que tejen las historias individuales, tan dispares, interactúan y conforman el tapiz de la historia de la humanidad… todos juntos formamos una especie de canto del ser humano”. Me encantó este comentario, se lo agradezco a Inés, que siempre hace eco de los artículos. El pensamiento crece o toma otras direcciones a partir de los ecos.

En relación a los diversos discursos: basta leer periódicos diferentes del mismo día o buscar fuentes alternativas de información, haciendo un esfuerzo de trascender la atomización de los medios y de las redes sociales. Si se trata del pasado, a modo de ejemplo, diferentes libros darán diversas versiones e interpretaciones sobre las hazañas -y otras yerbas- de Julio César, Alejandro Magno, Napoleón, San Marín, Artigas, etc. Recientemente encontramos el esfuerzo de lectura de los acontecimientos, así como de los relatos, en clave de género, ya sea sacando a algunas mujeres del anonimato, ya sea ofreciendo otra perspectiva de los hechos y actores. 

Los seres humanos. gracias a la palabra y a las categorías de pensamiento -que además son propias de las distintas culturas- podemos escribir historias, leyendas, tradiciones, filosofías, religiones, literatura, ciencias… de los hechos que carecerían de sentido sin esa unidad dada por un “logos-verbo”, por el universo simbólico humano (Cassirer) o por un “yo narrador” (Harari).

En el pasado y no tan lejano grandes creadores y pensadores no salían de su entorno, leían y elaboraban desde una cultura concreta que era la suya, que les proveía de interrogantes y de categorías para pensarlas. Sólo dos ejemplos: Blas Pascal, vivió apenas treinta y nueve años, siempre en Francia; Emmanuel Kant nunca salió Königsberg, la capital de Prusia en el siglo XVIII. Hemos bebido de su inmensa sabiduría, pero no cabe duda que hoy es imposible crear o pensar sin conocer los mundos coexistentes y también los muchos discursos interpretativos.

Los estudiantes de antropología, historia, de sociología y también de filosofía y teología, recurren a diversas huellas y fuentes para comprender el pasado, las culturas y subjetividades. Valiosas son las novelas, los diarios, la poesía, el arte, los textos y ritos sagrados, pero también los códigos, las leyes, los contratos, los testamentos, los alegatos y las sentencias de los juicios. En su variedad contribuyen sin duda al hallazgo de hilos primordiales que dan sentido a los hechos.

A partir de los hallazgos se tejen diferentes discursos sobre el pasado, a sabiendas de que encontrarán -aún en diarios personales o normas y ritos comunitarios- interpretaciones y no crudos o asépticos hechos. Asimismo, al pasado vamos desde las preguntas del presente en vistas a comprenderlo, pero también procurando generar algo nuevo, en tanto el lenguaje y los discursos construidos son performativos y orientan la construcción histórica. A modo de ejemplo, los clásicos no sabían que lo eran, ni los medievales, ni los modernos: nombrar es interpretar, pero también dirigir la historia desde ciertos parámetros y valores escogidos. 

Hoy tenemos diferentes nombres para el tiempo presente y sus desafíos, que son a su vez lecturas, hermenéuticas y juicios orientadores diversos. Nos interpelan y vamos construyendo lenguajes para dar cuenta de nuevas realidades: el mundo digital, la inteligencia artificial, género y diversidad, culturas y cosmovisiones, derechos humanos, la casa común y hasta la posibilidad, o no, de sobrevivir como especie en un planeta finito y agredido. De todos estos asuntos tenemos diferentes discursos, desde apologéticos hasta negadores de su magnitud o gravedad. 

Una mayor conciencia de lo que sucede en tantos mundos simultáneos ha dado lugar a nuevas inquietudes intelectuales, pero también a nuevas sensibilidades e intereses. Recogiendo la cita inicial de Tagore, en tanto esos discursos salen de la experiencia, del corazón humano, muchas veces herido, como cristianos (y primero humanos) hemos de escuchar con “un corazón de carne” y dejarnos convertir ¡estamos en Adviento!

Múltiples realidades y discursos abren dimensiones insospechadas a las nuevas generaciones tanto a nivel científico, como antropológico, pero desafían especialmente a quienes aún creen o quieren moverse en un mundo de cristiandad que sólo existe en el imaginario.

Para ir cerrando (y abriendo a nuevos ecos) a algunos inquieta y atemoriza mucho lo que han dado en llamar “posverdad”. A mi juicio, se trata de legítimos diversos discursos que -si nos abrimos a ellos con respeto y atención, antes que con juicios lapidarios- nos permiten reflexionar, madurar, salir de verdades monopólicas y “abrir cabezas”. Personalmente no me angustia la pluralidad, sí me perturba y duele mucho la incoherencia o infidelidad a los discursos que se proclaman. 

Este tiempo nuevo y esta conciencia creciente de la diversidad nos desafía, por una parte, a acoger la realidad buscando en ella el paso de Dios que hace nuevas todas las cosas, y por otra, a intentar acortar distancia entre el discurso propio y la práctica, lo que es propio de la construcción moral, aunque sabemos de nuestros límites humanos y que la coherencia perfecta no es de este mundo. 

Una oración para este Adviento: Danos Señor, un corazón de carne como el de tu Hijo, de tal modo que nuestros “discursos” sean como los suyos: parábolas que indican la presencia del reino y gestos que lo hacen presente.

Imagen: https://zesauro.com/wp-content/uploads/2019/06/Zesauro-interpretacion-simultanea.jpg 

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