“Feliz Navidad”, “Feliz año” y otras naderías

Rosa Ruiz. El papel lo aguanta todo. vidanuevadigita.com

¿Qué queremos decir cuando decimos “Feliz Navidad”?

Suelo preguntármelo cada año cuando llegan estas fechas. Y, en realidad, creo que nunca me respondo exactamente lo mismo. Una buena muestra de que las cosas son lo que son y lo que cada uno de nosotros ponemos en ellas.

Por “Navidad”, la mayoría de nosotros todavía identificamos que es un tiempo en que se celebra el nacimiento de Jesús. Creyentes o no, la mayoría lo sabemos. Otra cosa es que pensemos en ello cuando decimos “feliz Navidad”.

Últimamente intento ser más consciente de lo que digo. Intento no usar frases hechas que no piense o sienta. Intento que tenga sentido lo que digo y si no, prefiero callarlo. No siempre lo consigo, claro. Con frecuencia las palabras nos confunden, aunque también nos expresan, nos revelan, nos defienden, nos alejan, nos acarician, nos empujan hacia lo que más deseamos.

“Feliz Navidad”, decimos. Con tanta ligereza, muchas veces, que me asombra. No sé si con la misma que decimos “te quiero”, “adiós”, “no te vayas”, “soy feliz”, “te deseo lo mejor”. No sé si la ligereza es por falta de consciencia de lo que las palabras significan o por no saber poner nombre a lo que realmente sentimos.

Ser cauce de felicidad

“Feliz Navidad”. Dice la RAE que “feliz” se refiere a aquel que tiene felicidad y a quien causa felicidad. Y por “felicidad” el diccionario habla de un estado de gran satisfacción, “ausencia de inconvenientes o tropiezos”.

Así que me gusta pensar que cuando deseamos feliz Navidad a alguien estamos deseando que el misterio de Dios envuelva su vida, se cuele por las rendijas más frías de su alma y huela a vida nueva y a niño recién nacido (¡qué bien huele un bebé!). Que la vida le sepa un poquito más a gloria bendita y que el calor de los pastores le den más ganas de cantar y bailar. Que las violencias -tan cotidianas y variadas a veces- pasen de largo porque seamos capaces de volver por otros caminos, como los Reyes de Oriente burlando a Herodes. Y que el silencio de las posadas que nos rechazan o las puertas que nos han dado en las narices tengan menos peso que alguno de los rincones de polvo y paja donde alguien -quizá- nos acoge y nos abraza.

Al decirte “Feliz Navidad” también deseo que te vivas feliz y seas cauce de felicidad para otros. Que quien esté cerca de ti se viva un poquito más libre de inconvenientes y tropiezos. Que no me parece poco, la verdad. Que con un poquito más fácil que nos hiciéramos el camino unos a otros, nos ahorraríamos muchos esfuerzos o disgustos que después lamentamos.

Y sí, cuando digo “Feliz Navidad” también me digo a mí misma “feliz”. Que estamos celebrando una Nochebuena más, que en nada comenzamos un año nuevo y el proceso es muy similar: “¡Feliz Año!”, diremos. Y seguiré dudando de cuántas veces nuestro deseo de felicidad apenas significa nada. Es una expresión hueca.

“Feliz Año”. A veces ayuda cambiar las palabras y usar otras menos convencionales pero, al menos, más pensadas y más sentidas. Decírnoslo a nosotros mismos mirando de frente el recuento de días y horas y sueños y ausencias y besos y penas cuando suenen las campanadas del 31.

Que quizá he acumulado alguna que otra pérdida (un año da para mucho), pero sin duda también habrá llegado alguna nueva presencia que me enriquece. Que sigo buscando posada (como casi todos), que sigo ofreciéndola de vez en cuando. Que podría terminar el año más feliz pero también podría no hacerlo. Que merece la pena esperar seguir celebrando la vida y que la vida me celebre a mí. Este año un poquito más. Sí, un poco más y mejor, aunque no tenga ni idea de por dónde me sorprenderá Dios y su estrella. María y José tampoco sabían cómo iba a ser esta historia y se dejaron felicitar por pastores y Reyes a la vez.

En definitiva: di lo que quieras, como quieras y a quien quieras. Pero si es posible, ahorra naderías, que no están los tiempos para añadir más.

Por mi parte, ahora sí: Feliz Navidad. Feliz Año nuevo.

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