Marko Rupnik y la carta de Faus

Jose Arregi. Umbrales de Luz

La reciente carta abierta del teólogo José Ignacio González Faus a su hermano jesuita Marko Rupnik, artista reconocido y guía espiritual, procesado y condenado canónicamente por agresiones sexuales, me decepciona profundamente por lo que dice y por lo que no dice.

Haré para empezar unas observaciones de vocabulario. He escrito “agresiones sexuales”, y no “abusos”, como se lee en todos los documentos y declaraciones eclesiásticas al respecto. Como se lee también en la carta de González Faus. Las palabras no son inocuas, y el término “abuso” no me parece en este caso el término justo, el que hace justicia a los hechos y a sus víctimas, y en último término también al victimario y a las instituciones religiosas victimarias, pues solo la verdad reconocida y dicha podrá liberarnos. Concuerdo con la nueva ley española del “Solo sí es sí” que elimina el “abuso sexual” y considera “agresión sexual” cualquier acto que atente contra la libertad sexual de otra persona sin su consentimiento. Si Marko Rupnik fue denunciado por una veintena de religiosas, sus “dirigidas espirituales”, es que no consintieron, se atrevieran o no a expresarlo en el momento. Por lo tanto, se trató de agresiones, no de meros abusos. Llamemos a las cosas por su nombre.

Aun menos indicado me parece el término “pecado” o “pecador” que el teólogo Faus utiliza repetidas veces en su carta. A oídos de la inmensa mayoría, “pecado” sugiere infracción voluntaria de una ley divina –relacionada especialmente con la sexualidad–, un “Dios” supremo ofendido, culpa personal, confesión individual secreta a un sacerdote, único investido de poder para otorgar la absolución divina… Conozco y comparto las muchas páginas excelentes escritas por el teólogo sobre el pecado, pero me parece que esta palabra confunde y sobra en el caso que nos ocupa. La agresión sexual a una mujer no es lo que se entiende por “pecado”; es un delito, es la comisión de un grave daño, en un marco social –y religioso– machista. Y no se resuelve en confesonarios oscuros ni en procesos canónicos secretos.

Por eso encuentro extrañas e improcedentes las disquisiciones canónicas en las que se enreda Faus: si Rupnik ha sido excomulgado o si fue objeto de excomunión automática latae sententiae, si se le ha levantado la excomunión o no era necesario hacerlo al haber prescrito el delito canónico a los 10 años de su comisión… Estas disquisiciones, a estas alturas, ya no interesan a nadie sino a los canonistas, y no sirven sino para desviar la atención de lo que realmente importa: saber lo que ha sucedido y por qué. No se trata de cánones, excomuniones y levantamientos de excomunión, como no se trata de pecados, ofensas divinas y absoluciones clericales. Se trata de llagas íntimas sangrantes aún y de los remedios requeridos para curarlas: para curar primero a las víctimas y también, después, al victimario. Se trata de tomar conciencia de por qué una persona ha llegado a herir –y a herirse– tanto, y de preguntarse por las medidas indispensables para que no se repitan tales hechos –tan espantosamente frecuentes– en la institución clerical católica y en las congregaciones religiosas masculinas.

La institución clerical no se confiesa en los confesonarios ni las congregaciones religiosas son excomulgadas. Y, sin embargo, ellas son corresponsables –y casi diría las primeras responsables– en cada caso de agresión sexual. Por no haber hecho primero todo lo posible para impedir los hechos y por haber hecho luego todo lo posible para encubrirlos.

Pues bien, nada de esto se mienta ni se insinúa en la carta de González Faus, y eso, lo que no dice, o lo que oculta, me parece lo más grave. Sitúa y trata los hechos en un plano de conducta inmoral exclusivamente personal, individual. Abre el escrito con estas palabras: “Mi querido hermano obrador de canalladas”. De las seis palabras me sobran todas, menos una tal vez: “hermano”. Sobra paternalismo y evasión. Y me pregunto: ¿puede uno querer realmente a un “obrador de canalladas” y sentirse su hermano sin sentirse y reconocerse de alguna forma responsable de sus obras? Es lo que aprendí del Hermano Francisco de Asís, y no lo veo reflejado en este texto. De un primer plumazo, pone el foco y dirige la mirada únicamente, y de arriba abajo, sobre Marko, solo en el escenario, pecador excomulgado, necesitado de penitencia. Con esas palabras se abre la carta. Y se cierra con estas otras que me llenan de estupor: “Dios está más de tu parte que de la nuestra: porque busca llamarte a penitencia. (…). Si tú das ese paso, sobre todo ante las pobres víctimas a las que camelaste, te deberé un abrazo mayor que el que doy a muchos de mis seres queridos”. No entiendo ese “Dios” omnipotente y arbitrario que llama a penitencia al pecador culpable ni a este “hermano” que le promete un abrazo si cumple condiciones.

Sobre la Iglesia clerical y la Compañía de Jesús, chitón. Bueno, no del todo, pues le dice a Marko: “Me gustaría que comprendas que has hecho un daño enorme no solo a un grupo de religiosas (también aquí las cifras varían) sino a la Compañía de Jesús y a la Iglesia toda”. Lo que equivale a afirmar que la Iglesia y la Compañía no son responsables, sino solo víctimas, al igual que las religiosas agredidas. Y hablando de esas religiosas agredidas, humilladas, heridas en lo más íntimo de su dignidad y de su cuerpo, en el texto de Faus encontramos esta frase que tanta justa indignación ha provocado en muchas religiosas y en muchas mujeres y hombres no religiosos: “Me pregunto qué clase de monja era y qué formación tenía aquella pobre muchacha que con tanta facilidad se tragaba esas normas de su presunto director espiritual. Eso puede agravar tu abuso, pero también inculpa a algunas congregaciones femeninas por la falta de formación de sus miembros”. Reléase detenidamente la frase en su contexto: es increíble.

Y no lo digo porque Faus no tenga ninguna razón en la pregunta que formula. Pero hay que preguntarse por todo, y formular las preguntas en su debido orden. La primera pregunta, ¡faltaría más!, no ha de versar sobre la congregación de la religiosa agredida, sino sobre la del agresor, en este caso la Compañía de Jesús nada menos: ¿qué pasa en la formación jesuita, tan cualificada, personalizada y aquilatada como es, para que se produzcan casos como el de Marko Rupnik, del que nadie puede pensar que sea el único, sino solo el único conocido por ahora. ¿Qué fue del discernimiento, y cómo se ha dado el encubrimiento hasta hoy? La segunda pregunta, enorme interrogante, se dirige a la entera institución clerical de la Iglesia Católica: ¿cómo es que, en pleno siglo XXI, pretende aún mantener su constitución clerical, jerárquica, autoritaria y machista como revelada por “Dios”? ¿Cómo es que, en todas sus enseñanzas, sigue proponiendo la “Vida religiosa” y los votos (pobreza, castidad y obediencia) como la vocación más sublime y el modo mejor para vivir el amor más perfecto, la entrega más generosa, el seguimiento más radical de Jesús? ¿Cómo es que quienes imponen y levantan excomuniones no sean todavía capaces de reconocer lo evidente, a saber, que las agresiones sexuales sobre la mujer tienen estrecha relación con la subordinación de la mujer, y ésta con la figura del clero masculino y célibe? ¿Y cómo es que, tras diez años de pontificado de un papa jesuita “reformador”, no se haya tocado todavía ni una iota ni tilde del clericalismo eclesial, terreno abonado de tantas obsesiones, narcisismos y compulsiones? Y la tercera pregunta, que abarca todas, incumbe a los teólogos: ¿Cómo es que la inmensa mayoría de ellos siguen aferrados en el fondo, y cada vez más, a unas categorías e imágenes teológicas propias de una cultura, una cosmovisión y una antropología propias de una cultura que ya pasó?

Solo después, en cuarto lugar, tendría sentido, y lo tiene, la pregunta de González Faus. No desaparecerán las agresiones sexuales en la Iglesia mientras no desaparezcan las condiciones que las hacen posibles y las encubren. Hoy es un jesuita, mañana será un franciscano, y siempre será la misma condición humana, la misma cultura machista, la misma patología clerical eclesiástica, la misma mentira religiosa institucional, la que hace posible que un jesuita –o un franciscano, ¿qué más da?– se crea con derecho y poder para tener, por voluntad divina, relaciones sexuales con su dirigida espiritual, con el objeto de que ella pueda así acceder a la experiencia del amor de “Dios” o de la Santísima Trinidad. “Los abusos [agresiones] cometidos tienen carácter sistémico”, afirmó solemnemente, en el Informe Sauvé, la comisión que investigó los casos de pederastia del clero francés. Las agresiones tienen que ver no solo con unos individuos sino con el sistema clerical.

No nos liberaremos de todas las mentiras mientras no seamos capaces de formular todas las preguntas y reconozcamos simplemente la realidad y le pongamos palabra. Y no empezaremos a liberarnos mientras todos los casos no sean juzgados por tribunales civiles, mucho mejor controlados y más fiables que los confesonarios y los tribunales eclesiásticos con su secretismo y su maraña canónica al dictado y servicio de la institución. “Solo la verdad os hará libres”, dijo Jesús. Y cuando seamos libres de nuestras cadenas y engaños personales e institucionales seremos hermanos, y no hará falta que nadie imponga ni levante excomuniones.

Aizarna, 4 de enero de 2023

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