Jesús y la Iglesia

EDITORIAL . redes cristianas BYEVARISTO

Nuestra Iglesia Católica Romana y también otras iglesias cristianas pretenden y se supone que están dedicadas a la realización de proyecto del Cristo, Jesús de Nazaret. Veamos si esa pretensión se ajusta a la realidad. Como miembros de la Iglesia Católica tenemos derecho a enjuiciar esto. Además, la propia Iglesia se encuentra ahora en un proceso sinodal abierto al público, católico y no católico.

¿Aborda este Sínodo la cuestión de si la Iglesia está cumpliendo su misión? Parece que en lo que se refiere al principal punto de la misión de Jesús, lo hace sólo marginal y ambiguamente; sólo el punto 5 del cuestionario sinodal trata algo este tema, lo demás son preocupaciones de la Iglesia sobre sí misma y lo que le ocurre a ella como organización. En la documentación sinodal el término “Iglesia” aparece con mucha más frecuencia que el término “Jesús” o “Cristo”. Al proyecto de Jesús casi no le nombra como “Reino de Dios”; prefiere referirse a él como la misión de la Iglesia, y ese término de misión resulta ambiguo pues no especifica su contenido; unas pocas veces parece relacionarla con el “anuncio del Evangelio”.

Bien se ve que la Iglesia se preocupa de sí misma como organización y no por la realización de su misión. Es claro que sin cesar disminuye la práctica religiosa, amplios sectores de la población abandonan lo relacionado con las creencias religiosas, disminuyen las vocaciones sacerdotales y la recepción de los sacramentos… En otro tiempo había un culto religioso brillante y con mucha asistencia, una gran aceptación social de la Iglesia y sus jerarquías… o sea, una Iglesia de “cristiandad”. En tal situación, sin duda la Iglesia no cuestionaría su organización en un sínodo ni, quizá, tendría un papa como Francisco, y seguramente no hubiese tenido lugar un concilio como el Vaticano II. Pero tal tipo de iglesia triunfante no evoca el mensaje de Jesús de Nazaret. A tal iglesia de “cristiandad” pertenecen prácticas como las cruzadas y la Inquisición, que no se justifican con el Evangelio. Por eso interesa ver cuál es el proyecto de Jesús de Nazaret, que la Iglesia pretende encarnar.

Jesús convocó seguidores que a lo largo del tiempo se organizaron como “iglesias”. Se las puede reconocer como “cristianas” si sus obras se ajustan a la realización de la misión de Jesús. En el caso de la Iglesia Católica Romana hay datos y argumentos a favor y en contra de su denominación como “cristiana”. Se puede valorar positivamente su actuación en lo referente al mandato de anunciar el Evangelio. Nuestro conocimiento del Evangelio nos viene de la enseñanza que la Iglesia imparte. La actividad misionera de la Iglesia llevó el conocimiento de Jesús a todas las partes del mundo donde fue posible hacerlo. Y está también la acción asistencialista como la realizada por caritas, las pastorales diocesanas penitenciarias, y la de órdenes religiosas, como la fundada por la Madre Teresa de Calcuta, que se dedican a esa actividad caritativa, sobre todo en el ámbito de las misiones.

Menos encomiable es la respuesta eclesial a otro mandato del Maestro: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean sobre ellas, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellas. Entre vosotros no ha de ser así. Más bien, cualquiera que anhele ser grande entre vosotros sea vuestro servidor; y el que anhele ser el primero entre vosotros, sea vuestro siervo. La historia de 20 siglos de la Iglesia fue una flagrante violación de ese mandato. La Iglesia creó jerarquías que ejercieron dominio y gozó de privilegios hasta la actualidad. En la sociedad se tiene más derechos como ciudadanos que los que tiene en la Iglesia el laicado y el bajo clero. De hecho, en el actual Sínodo se da mucha importancia a la superación del clericalismo.

Pero veamos lo que ocurre con el principal punto de la misión de Jesús, el que define esa misión. Cuando se le preguntó a Jesús: ¿Tú, eres rey?, su respuesta fue: Tú lo dices, soy rey, para esto he nacido y para esto he venido al mundo. Jesús valoraba el amor al prójimo, las obras de misericordia. Pero esas obras, por sí mismas, no contribuyen a establecer en el mundo el Reino de Dios. No contribuyen a cambiar las estructuras económicas que generan la pobreza. El sistema social imperante está montado sobre la desigualdad, el dominio de los poderosos sobre los débiles. Desde la época de Jesús siguió habiendo guerras por las contradicciones generadas por intereses egoístas enfrentados. La Iglesia no sabe, ni puede, ni quiere poner fin a eso. Pero justamente eso es lo que Jesús quiere cambiar, y contribuir a ello es justamente lo que Jesús espera de sus seguidores.

Jesús fue perseguido hasta la muerte porque representaba una amenaza para el sistema de dominación. Ningún sistema de dominación persigue a nadie por hacer obras de caridad. Pero Jesús dejó claro que su proyecto del Reino de Dios entraba en confrontación, en contradicción con el sistema imperante. A sus discípulos les decía que se les perseguiría como a él y a los profetas que fueron antes. Si los dominadores persiguieron a los profetas y a Jesús es por que vieron en ellos, en su proyecto, una amenaza para el dominio que ejercían. Jesús presentó ese proyecto en la sinagoga de Nazaret. Eligió para leer el rollo de Isaías, y fue al siguiente texto: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, vendar a los quebrantados de corazón, proclamar libertad a los cautivos y a los prisioneros, proclamar el Año de Gracia del Señor. El profeta que Jesús leía había sido condenado a muerte por un rey de Judá: se le introdujo en el tronco hueco de un árbol y se le aserró por la mitad. Había desafiado al sistema dominante. Y cuando Jesús, después de la lectura dijo: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros, estaba declarando la guerra al sistema dominante, se estaba insertando en la tradición profética, no institucional, y se declaraba dispuesto a cumplir el programa profético.

El “Año de Gracia del Señor” es lo que en otro lugar de la Escritura se denomina “Año jubilar”, en el que debían ser liberados los esclavos, ser canceladas las deudas, y las tierras confiscadas o hipotecadas debían ser devueltas a los dueños anteriores. Esta última medida significaba establecer entre las familias una igualdad que se suponía estableció Josué en el reparto tras la conquista de la Tierra Prometida. Quizá este hecho no sea histórico, pero simboliza la abolición del mercado que genera desigualdad. La doctrina del Año jubilar jamás se aplicó en el antiguo Israel. Quedó como una promesa que cumpliría el Mesías que habría de venir.

Pues bien, la Iglesia que se declara asamblea de los seguidores de Jesús no es profética, es institucional, como lo era también el antiguo Sanedrín. Tiene intereses y compromisos que la obligan a relacionarse cordialmente con las instituciones y reinos de este mundo. Nunca estuvo, ni está ahora, dispuesta a luchar por la igualdad de todos los seres humanos. Combatió a todos los movimientos, internos y externos a ella, que lucharon por ese objetivo; recordemos el caso de la Teología de la Liberación, y la hostilidad que la Iglesia manifestó en los últimos siglos hacia las fuerzas políticas de izquierda que en este tema están más cerca que ella del proyecto de Jesús.

Jesús, al definir a Dios como Padre de todos los hombres, estaba declarando que todos somos hermanos y por lo tanto iguales. Escandalosamente, el posicionamiento anti-igualitario de la Iglesia-institución defendiendo los sistemas de dominación tiene por finalidad instalarse en ellos, recibir sus prebendas; el caso de las inmatriculaciones en nuestro país es muy elocuente sobre esto.

Concluyendo, no nos sentimos autorizados a negarle a la Iglesia Católica su condición de asamblea de seguidores de Jesús de Nazaret, pero tenemos que declarar que, con su posicionamiento acerca del principal punto de la misión de Jesús, está defraudando al Maestro.

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