Los nuevos curas

por Carlos F. Barberá. alandar.org

Hace años se publicaba en Francia una revista de talante crítico de información católica. Siempre defendió que, contra lo que dice el refrán, había que denunciar el pecado pero también al pecador, que no bastaba con poner de relieve situaciones o comportamientos injustos sino denunciar también a los responsables.

Lo he recordado al comenzar esta columna que redacto bajo el título de la novela de Michel de Saint Pierre que tuvo cierto éxito en los años 60. Describía el fracaso de los curas de izquierdas, comprometidos con las luchas sociales, y el advenimiento de unos curas nuevos, piadosos, dedicados únicamente a su tarea religiosa.

En Buitrago de Lozoya, en lo que era la sierra pobre de Madrid, estuvo de párroco cerca de 48 años Francisco Ruiz Redondo. Dándose cuenta de las escasas expectativas de los jóvenes de la zona, organizó unos talleres en los que se aprendía carpintería, fontanería, jardinería y electricidad, llegando a tener 450 alumnos y alumnas de toda la comarca. Para fomentar la oferta de empleo creó una empresa que daba trabajo a más de 60 trabajadores. Se construyeron 70 chalets y más de una treintena de casas. Apoyado en su condición de presidente de una antigua fundación, puso en marcha una residencia de la tercera edad para 42 personas y una escuela de oficios manuales para adolescentes de 13 a 16 años con problemas de integración.

La iglesia del pueblo era acogedora y sencilla, con paredes de piedra vista, con un artesonado mudéjar restaurado y completado, tras los destrozos de la guerra, por los aprendices de los talleres. Tenía pequeños detalles ecuménicos, un candelabro de siete brazos, iconos, una estrella de David, en alusión a las tres religiones monoteístas.

Tras la jubilación de este párroco llegó uno nuevo, Pedro Javier Carrasco, y todo cambió. Lo ecuménico desapareció para siempre, las paredes se decoraron con tapices, doseles y brocados. Empezaron a llegar nuevos santos y un día a la Inmaculada de la iglesia le llegó una competidora, la Virgen de las Angustias, con múltiples y enormes coronas doradas y plateadas y con diversos mantos y adornos que cambiaban, como si fuera una modelo, según la estación. Durante mucho tiempo tuvo delante una hucha para comprar un manto azul, que parecía faltar en su vestuario. Aparecieron también multitud de candelabros plateados y, naturalmente, lampadarios, de esos en los que, echando dinero, se enciende una lucecita eléctrica.

Como decía hace años la revista El Pelícano: A mis lampadarios voy/, de mis lampadarios vengo/ Porque a vender marihuana/ a eso sí que no me atrevo.

Y finalmente, se multiplicaron los triduos, los quinarios, las novenas y las procesiones, con subasta de las andas incluida.

La parroquia de Nuestra Señora de la Estrella está situada en Madrid, cerca de la zona de Pacífico, en los bajos de una casa de vecinos. No hace mucho cambió su párroco y se incorporó uno joven, César Donaire, de la familia de los kikos.

En dos meses, muchas cosas habían cambiado ya. Llegaron dos santos nuevos -san Judas Tadeo y san Antonio de Padua- con su correspondiente lampadario. Se compraron candelabros de plata y aparecieron monaguillos a los que se exigía estar todo el rato con las manos juntas, como en oración. Se prevé la llegada de una Virgen de la Estrella (la de siempre parece que no está estrellada, aunque comprar una estrella es fácil y poco costoso). Sin embargo, lo más notable es el plan de construir, a lo largo de la fachada que da a la calle, cuatro arcos ojivales con los que, se supone, la iglesia va a parecer -finalmente- una iglesia.

Uno se pregunta dónde han aprendido teología estos nuevos curas e incluso si han leído el Evangelio. Porque en Mateo 12,7 Jesús recuerda el deseo del Padre: “misericordia quiero y no sacrificios”, por tanto, ni coronas ni ropajes ni doseles ni arcos ojivales inútiles, anacrónicos y costosos.

Ya san Ireneo había dicho con toda razón que la gloria de Dios es que el hombre viva. Por tanto, todo el dinero que en una parroquia no sea imprescindible debe ir a los pobres, para los que la Iglesia ha de ser una buena noticia. Pero para estos nuevos curas la gloria de Dios es que a Dios se le dé toda la gloria y el dinero posibles. Como si fuera un ídolo pagano y no el Dios de Jesucristo.

Y dicho sea de paso ¿a los obispos les parecen bien estas cosas o simplemente no se enteran?

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