Una caravana de yaks

Dolores Aleixandre. alandar.org

Thomas Merton cuenta esta anécdota en su Diario de Asia: “Trungpa Rimpoche, un lama tibetano, tuvo que huir a la India y el monje que le acompañaba llevaba una caravana de cerca de 25 yaks cargados con todo tipo de provisiones. El lama le dijo: – No vamos a ser capaces de llevar todos esos yaks: tendremos que vadear y atravesar ríos a nado y necesitamos viajar ligeros. El otro repuso: – Tenemos que llevarlos, tenemos que comer. Emprendieron el viaje y, cuando los comunistas chinos vieron la caravana de yaks por el camino, los requisaron. Pero el lama ya no estaba allí: se había adelantado, se encontraba nadando en un río y escapó”.

Me viene a la memoria esta historia, precisamente, en los días en que estoy mudándome de una comunidad a otra y dándome cuenta de lo difícil que me está resultando soltar lo superfluo y desprenderme de cosas que había ido acumulando.

Por un lado, me digo que menuda insensatez acarrear a otro lugar cosas  inservibles: apuntes que, en su momento, consideré  valiosísimos y que  he guardado celosamente durante años, sin encontrar nunca tiempo para releerlos; conchas, pequeñas piedras  o palos de forma rara encontrados en lugares que me son significativos; flores o plantas  recogidas  del campo en momentos especiales que,  torpemente disecadas y puestas entre cristales,  han decorado las paredes de mi habitación; telas exóticas, recuerdo de algunos viajes, de colores alegres en su tiempo y hoy descoloridas; zapatos deformados y algún jersey con zurcidos – soy de la generación que aprendía a zurcir…- con los que me siento comodísima y me resisto a tirar;  la caja de costura de mi madre, absolutamente cochambrosa y desvencijada; libros desportillados por el uso que, seguramente, van a estar también en la biblioteca de la casa a la que me traslado, pero que carecerán de esa marca que hace únicos a los míos: por ejemplo, las manchas de una miel indígena que me regalaron  a última hora en el aeropuerto de México, metí en la maleta y tuvo a bien reventarse en el viaje embadurnando con su dulzura todos los libros que llevaba.

En momentos de exaltación sublime, imagino mi despedida de la comunidad llevando solamente una maletita pequeña en una mano y, en la otra, un icono grande del descendimiento de Cristo del claustro de Silos que me acompaña hace años en la oración de cada día. Una fantasía, sin duda alguna, porque la caravana de yaks me rodea y persigue sin que encuentre manera de abandonarla y deshacerme de ella.

Si algún lector/a de estas confesiones dispone de alguna experiencia positiva de soltar yaks, que no dude en compartirla conmigo. Se lo voy a agradecer mucho.

Un comentario

  1. Web
    Querida Dolores! Soy Vero, de Córdoba, Argentina, y te conozco desde hace ya 11 años, cuando una amiga te presentó a través del libro «El arbol peregrino durante tiempo de reposo por accidente de moto… desde ahí te leo siempre… libros, publicaciones… a través tuyo conocí a Madeleine Delbrel… en fin… has nutrido profundamente mi vida espiritual… y como me he mudado ya tres veces, te cuento que en cada mudanza he ido soltando algo más porque me hacía consciente de que quería caminar más liviana… tal vez no te vayas solo con la maletita… pero si con menos cosas que antes! mas liviana! Personalmente me encanta la sensación de liviandad que da el dejar cosas en el camino… te abrazo fuerte! buena mudanza!!

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