Maestras de vida: Elizabeth Cady Stanton

Marisa Vidal Collazo. alandar.org

El 12 de junio de 1840 dos mujeres hablaban indignadas en el vestíbulo del Exeter Hall, en Londres. Se celebraba la convención mundial antiesclavista, una reunión en el que a las mujeres sólo se les permitió seguir detrás de una cortina, sin voz ni voto. Los varones votaron para no dejarles intervenir por entender que tenían «una constitución física que no era apta para las reuniones públicas o de negocios».

Soy Elizabeth Cady Stanton, tengo 25 años, soy neoyorquina, hija de un hombre de leyes protestante. No recibí formación académica, pero me formé en la biblioteca de mi padre. Me he casado con Henry Stanton, un activo abolicionista. Con él he venido a Londres, a la convención mundial antiesclavista en la que he conocido a Lucretia Mott, una cuáquera valiente, capaz de alzar su voz ante congresistas, terratenientes esclavistas o en esta sala. Está muy enfadada… Varios hombres de la convención vienen a sentarse con nosotras detrás de la cortina, en señal de apoyo. Por fin, la asamblea admite que Lucretia se siente en una silla más alta para poder seguir mejor el debate, pero no la dejan hablar. Siento que vamos a ser amigas. Acabada la reunión, en los pasillos del Exeter Hall, ella me ha recitado párrafos enteros de la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft (1792). De vuelta a EEUU hablamos de cómo íbamos a organizar a las mujeres para exigir nuestros derechos.

Me traslado con mi familia (di a luz a 7 hijos) a Seneca Falls. Desde allí, harta de la vida doméstica, empiezo a escribir cartas a diferentes mujeres inquietas animándolas a participar en un cambio social. Por su parte, Lucretia se entrevista con otras mujeres activas en el antiesclavismo. Las antiesclavistas somos muchas, con mucho talento entre nosotras. Baste recordar que uno de los alegatos contra la esclavitud más leído y popular es la novela La cabaña del Tío Tom (1852), de Harriet Beeeher Stowe.

En la Declaración de Seneca Falls pedimos el voto, igualdad en el matrimonio, igual salario, posibilidad de representarnos legalmente y el derecho a ser elegidas para un puesto público

En julio de 1848 nos volvemos a ver en la casa de una amiga de Lucretia, Jane C. Hunt. También asiste Isabel McClintock y las cuatro organizamos la primera reunión feministas de Estados Unidos. Convocamos un grupo de trabajo el 19 y 20 de julio de 1848 en la capilla metodista de mi ciudad, en Seneca Falls. Adoptando la forma de la Declaración de Independencia de nuestro país (4 de julio de 1776), hemos redactado la Declaración de Sentimientos y Resoluciones de Seneca Falls, que firmamos las 100 personas allí presentes, 68 de ellas mujeres. En la declaración pedimos el voto, igualdad en el matrimonio, igual salario, posibilidad de representarnos legalmente y el derecho a ser elegidas para un puesto público. Estamos haciendo oficial el nacimiento del movimiento sufragista.

A partir de ese momento ha sido un no parar. Debates y más debates en los que destacados teólogos argumentan nuestra inferioridad acudiendo a la Biblia. Lucretia Mott, de nuevo brillante, rebate sus argumentos afirmando: «No es el cristianismo, sino el sacerdocio el que ha sometido a la mujer como nos encontramos hoy. La Iglesia y el Estado se han unido, y es bueno darse cuenta».

Después de la Guerra Civil en mi país (1861-1865), los argumentos más conservadores se imponen. Con mi amiga Susan B. Anthony apoyamos la 14 y la 15 enmienda a la Constitución que pretende dar el voto a los hombres afroamericanos antes que a las mujeres. Esto provoca un cisma en el movimiento sufragista. Nuestros planteamientos anticlericales, individualistas e interclasistas resultan excesivos para otras compañeras. Así, durante 20 años, existen dos asociaciones sufragistas diferentes en EEUU.

Con Susan B. Anthony y Matilda Joslyn Gage, hemos escrito los volúmenes del 1 al 3 de la History of Woman Suffrage. El movimiento sufragista se vuelve a reunir de nuevo en la National American Woman Suffrage Association (NAWSA) de la que soy presidenta entre 1890 y 1892.

En mi cabeza sigo dándole vueltas al tema de la Biblia como argumento feminista. En 1854 el Papa Pío IX declara la bula Ineffabilis Deus, proclamando el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Yo soy protestante, pero veo las limitaciones del modelo de mujer, sacrificada y abnegada, que proclama esta bula.

«No es el cristianismo, sino el sacerdocio el que ha sometido a la mujer como nos encontramos hoy. La Iglesia y el Estado se han unido, y es bueno darse cuenta»

Como presidenta de la NAWSA, con Susan B. Anthony gestionando la asociación, viajo por Europa durante dos años, reuniéndome con mujeres que comparten mis inquietudes y que me aportan observaciones críticas sobre el lugar de la mujer en la Biblia. En Greenbank, Bristol, me reuno con la sufragista inglesa Helen Bright Clark. Formamos un equipo de mujeres inglesas y norteamericanas y empezamos los trabajos de lectura y revisión, durante casi 5 años (1890-1895). Las cartas son nuestra estrategia de trabajo. Somos 26 mujeres entre lectoras, escritoras y revisoras. Una de las nuestras, Matilda Joslyn Gage, publica en 1893 Woman, Church and State (Mujer, Iglesia y Estado), un libro que desafía la enseñanza tradicional de que las mujeres son la fuente del pecado y que el sexo es pecaminoso.

Tenemos claro que no se trata de traducir mejor la Biblia, sino de acercarnos a los textos con otra mirada. Somos mujeres adultas y formadas. Sabemos latín, hebreo, griego y tenemos claro nuestro objetivo: buscar pasajes que defiendan los derechos de las mujeres y ponerlos en valor. Lo mismo que hemos hecho con los códigos de leyes civiles.

Sabemos latín, hebreo, griego y tenemos claro nuestro objetivo: buscar pasajes que defiendan los derechos de las mujeres y ponerlos en valor. Lo mismo que hicimos con los códigos de leyes civiles

 ¿Por qué es más ridículo que las mujeres protesten contra su actual condición en el Antiguo y Nuevo Testamento, en los ritos y la disciplina de la Iglesia, que en los estatutos y la Constitución del Estado? ¿Por qué es más ridículo atacar a los eclesiásticos por su falsa enseñanza y sus actos de injusticia hacia las mujeres que a los miembros del Congreso y la Cámara de los Comunes? ¿Por qué es más audaz examinar a Moisés que a Blackstone, el código judío de leyes que el sistema inglés de jurisprudencia? Si las mujeres hemos obligado a los legisladores en todos los Estados de la Unión a modificar sus estatutos sobre las mujeres para que la vieja ley consuetudinaria sea ahora casi letra muerta, ¿por qué no obligar a los obispos y a los comités de revisión a modificar sus credos y dogmas?

Nuestro trabajo es recibido con polémica dentro del movimiento sufragista y muchas no han querido participar. En noviembre de 1895 publicamos The Woman’s Bible – parte I comentando el Pentateuco y ha sido todo un best seller. Las 50.000 copias de la primera edición se han agotado en tres meses. Los comentarios de esta primera entrega han sido firmados por Lillie Devereux Blake, Rev. Phebe A. Hanaford,  Clara Bewick Colby, Ellen Battelle Dietrick, Úrsula N. Gestefeld, Mrs. Louisa Southworth, Frances Ellen Burr y yo misma. En abril de 1898 hemos publicado la segunda parte con el resto del Antiguo Testamento y todo el Nuevo.

Con 83 años me quedan aún fuerzas para escribir mi autobiografía Eighty Years and More, mi último aporte a la historia del feminismo, por el que tanto he luchado.

Pasa el tiempo y The Woman’s Bible cae en el silencio e incomprensión, hasta los años 70 del siglo XX que se desarrolla la teología feminista y que, buscando vuestras raíces y vuestra genealogía, os habéis encontrado conmigo, con Lucretia, con Susan

El éxito de The Woman’s Bible ha tenido su parte amarga. En 1896, la Asociación Nacional Americana para el Sufragio de la Mujer la rechaza declarando no tener “relación oficial con la así llamada Biblia de la mujer, ni con ninguna publicación teológica”. Pasa el tiempo y The Woman’s Bible cae en el silencio e incomprensión. No es hasta los años 70 del siglo XX que se desarrolla la teología feminista y que, buscando vuestras raíces, vuestra genealogía, os habéis encontrado conmigo, con Lucretia, con Susan. Y aquí estábamos, esperándoos…, esperando a que vosotras también os acerquéis a los textos bíblicos con mirada crítica y espíritu abierto.

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