Lucha Castro. cristianismeijusticia.net
[Este artículo se escribe como respuesta a la entrada «La Teología y la Filosofía de la Liberación deben retoñar», de Julio Pernús, publicado el 23 de enero pasado en Religión Digital]
La Teología y la Filosofía de la Liberación no solo deben retoñar: deben hacerlo con memoria completa. No basta con recuperar los nombres ilustres del siglo XX si seguimos repitiendo el mismo gesto patriarcal que ha acompañado a la Iglesia durante siglos: hablar de liberación sin nombrar a las mujeres.
Es verdad: sin Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Pedro Casaldáliga, Óscar Romero, Enrique Dussel o Franz Hinkelammert, no se entiende el surgimiento de una teología situada, encarnada en los pobres y crítica del sistema. Es verdad también que la Conferencia de Aparecida, guiada por el entonces cardenal Bergoglio, marcó una ruta pastoral latinoamericana que luego el papa Francisco llevaría a una dimensión global con su apuesta por una Iglesia pobre, sinodal y en salida.
Pero también es verdad que, sin las teólogas feministas, sin las mujeres bíblicas, sin las pensadoras y activistas que han hecho posible nuestra liberación, ese relato está incompleto y, por tanto, es injusto.
La teología feminista no es un «añadido» a la Teología de la Liberación. Es una de sus expresiones más radicales, porque pone en el centro no solo la pobreza económica, sino también la opresión patriarcal, simbólica, eclesial y teológica que pesa sobre los cuerpos y las voces de las mujeres.
Las mujeres también hicieron teología… aunque no las citen
Mientras se mencionan con justicia nombres como Boff, Gutiérrez o Panotto, se omite a quienes han hecho posible una lectura liberadora de la fe desde los cuerpos de las mujeres:
- Ivone Gebara, con su crítica ecofeminista al modelo sacrificial;
- María Pilar Aquino, pionera de la teología feminista latinoamericana;
- Elsa Tamez, con su relectura bíblica desde las mujeres empobrecidas;
- Marcella Althaus-Reid, con su teología indecente que desarma la moral patriarcal;
- Ada María Isasi-Díaz, con su teología mujerista desde las latinas en EE.UU.;
- Pepa Torres, teóloga y activista española, que ha vinculado feminismo, opción por las empobrecidas, disidencias sexuales y militancia cristiana desde los márgenes;
- Teresa Forcades, religiosa benedictina, que ha unido pensamiento crítico, feminismo, justicia social y denuncia profética dentro de la Iglesia;
- Mercedes Navarro, teóloga y artista que subvierte el patriarcado en su lectura de los textos bíblicos;
- Consuelo Vélez, Emilce Cuda… Sí, pero también tantas otras que no aparecen en los listados oficiales.
Y fuera del campo estrictamente católico, pensadoras como Simone de Beauvoir, Simone Weil, bell hooks, Silvia Federici, Rita Segato, Audre Lorde, etc. han sido fundamentales para que muchas creyentes podamos nombrar nuestra opresión y nuestra esperanza. Weil, en particular, nos recordó que la atención al sufrimiento del otro es un acto espiritual y político a la vez.
La liberación no se construyó solo en sacristías ni en aulas universitarias: se gestó en cocinas, comunidades de base, barrios, movimientos de mujeres, luchas contra la violencia, el racismo y la exclusión.
Jesús no llamó solo a varones
El Evangelio que escuchamos este domingo pasado recuerda que Jesús llamó a Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Pero los Evangelios también nos dicen —y muchas veces la predicación lo olvida— que Jesús caminó acompañado por mujeres discípulas: María Magdalena, Juana, Susana y «muchas otras» (Lc 8,1-3) que lo seguían, lo sostenían con sus bienes y anunciaban con él la Buena Noticia.
Fue una mujer, María Magdalena, la primera en recibir el anuncio de la Resurrección y en ser enviada como apóstola a los apóstoles.
Si hoy hablamos de una Teología de la Liberación, no puede ser una teología que siga imaginando a Jesús rodeado solo de hombres. Jesús llamó a varones pescadores, sí… pero también llamó a mujeres a ser testigas, anunciadoras y portadoras del Reino.
Sin feminismo, no hay liberación completa
Hablar hoy de una praxis desarmante, de una paz sinodal, de una opción por los pobres, exige preguntarnos: ¿Quiénes son hoy las pobres? ¿Quiénes son hoy las descartadas?
Son mujeres precarizadas, migrantes, racializadas, violentadas, creyentes silenciadas dentro de la Iglesia. Son también las jóvenes que ya no encuentran en el catolicismo un espacio donde su cuerpo, su palabra y su deseo sean reconocidos como lugar teológico.
Cuando decimos que hay que leer los signos de los tiempos, no podemos olvidar uno de los más graves: que a las mujeres se nos ha negado históricamente el acceso a los ministerios ordenados, y hoy seguimos viendo cómo se nos quita o se nos niega el derecho a ser diaconisas, a ejercer plenamente un servicio eclesial reconocido. Una Iglesia que habla de sinodalidad y no revisa esta exclusión estructural, corre el riesgo de predicar igualdad sin practicarla.
Una Teología de la Liberación sin feminismo corre el riesgo de volverse nostálgica, masculina y autorreferencial. En cambio, una Teología de la Liberación feminista es incómoda, corporal, encarnada, crítica, profética.
No se trata de copiar a quienes ya no están. Se trata de hacer lo que ellas y ellos hicieron en su tiempo: leer los signos de hoy con valentía, como pidió el Concilio y como ha insistido el papa Francisco. Y uno de los signos más claros de nuestro tiempo es que no hay justicia social sin justicia de género.
