El negocio de la (no) fe

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Cristina Inoges. vidanuevadigital.com

De la tristeza al enfado. De ahí, a la vergüenza. De la vergüenza a la estupefacción al ver que a nadie parece importarle. Este podría ser el proceso según me comenta un amigo.

En unos más o menos quince días, hemos escuchado decir a la misma persona dos barbaridades en espacios de gran audiencia. En el macroencuentro convocado por una parroquia de Algete y de la mano de Alpha, en el Madrid Arena, esta persona dijo: “Si tienes dudas de la existencia de Dios, pídele una prueba”. A ti, lector, lectora no sé qué te evoca. A mí me evoca las tentaciones del desierto: “Si eres Hijo de Dios haz que…” decía el diablo.

La otra barbaridad, hace pocos días, en un programa de 13 Tv. Esta persona cuenta el maravilloso momento en el que se conecta a la macrofiesta del rosario porque es su cumpleaños y la quieren felicitar sus fans, y alguien le pregunta: “¿Qué te ha regalado la Virgen”? Se agobia porque no llevaba la respuesta preparada –ya se sabe que las influencers sin preparar son la evidencia de la vaciedad– y, tras desconectar, ¡qué mejor que mirar cómo va el negocio para calmarse! Así que decide ver cómo van las ventas de su tienda online porque, para celebrar su cumpleaños, había decidido regalar un rosario a quienes compraran ese día y… ¡Había ganado 43.000€!!!

Y entendió que eso era el regalo de la Virgen, porque como hablaba bien de ella, la Virgen le hacía un regalo. Dicho de otra manera, parece que por promocionar a Dios o a su Madre, cobra. No sería raro ni la única persona que hace esto, cobrar por promocionar a Dios. Es el negocio de la no fe y que la susodicha cadena de Tv ha compartido en redes porque, fue un milagro en directo… Algún día habrá que volver sobre esta cadena y quienes la gestionan que, por cierto, son los mismos de la COPE.

Patético. No sé si habrá otra palabra que pueda definir mejor este momento y, además, por triplicado. Patético por un medio que se mantiene con el dinero de la famosa crucecita en la declaración de la renta para la Iglesia; patético por quienes dan cancha a alguien que es la viva imagen de la teología de la prosperidad –que es lo más anticristiano que hay– y quienes permiten que desvirtúe el mensaje del evangelio; patético para esta persona que ha encontrado su nicho de mercado en la buena voluntad de muchas personas de las que se aprovecha sin que nadie diga nada.

Una vez pregunté –por otras cuestiones– dónde estaba el magisterio episcopal tantas veces desaparecido. Ahora me pregunto, ¿dónde está la autoridad –que no poder– episcopal para frenar esta máquina de manipular la fe? ¿De verdad pueden creer que aquí está la recuperación del catolicismo?

A esta persona que hace negocio con la no fe, se le ve el plumero a distancia. Pero, a los que están dando cancha a todo esto, a quienes creen que es mejor ponerse de perfil, que luego no vengan diciendo que los jóvenes tienen tiempo para ir a conciertos y espectáculos, y no para ir a la Iglesia y profundizar en su descubrimiento de Dios. Los espacios donde se consiente que cosas así se digan y se hagan, están deformando la imagen de Dios y retorciendo el mensaje del evangelio. ¿No serán esto las consentidas herejías actuales?

Algún día llegará el rechinar de dientes –cuando sea tarde–, pero si mientras algunos obispos han presentado buenos números en Roma, supongo que les dará lo mismo. Después de todo, ¿qué es para ellos la fe de los sencillos?

Mientras, no estaría mal recordar las palabras de María, la del sí, la de la fe:

Proclama mi alma
la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios,
mi salvador;
porque ha mirado la humillación
de su esclava.

Desde ahora me felicitarán
todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho
obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
–como lo había prometido a nuestros padres–
en favor de Abrahán
y su descendencia por siempre.

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