En los años que estuve de voluntaria en la Fundación Luz Casanova tuve la oportunidad de entrevistar a varias mujeres maltratadas que estaban en la casa de acogida. Varias de ellas me comentaban cómo habían soportado el maltrato y la violencia de su pareja por sus hijos, para no someterlos a más dolor con una separación. Al mismo tiempo, otras señalaban que lo que les había dado la fuerza para dejar su casa, sus amigos, su trabajo, cortar con todo lo que hasta ese momento les había dado seguridad… habían sido sus hijos, expuestos cada vez más a la violencia que desde tiempo sufrían ellas. Los hijos, motor y freno, y muchas veces, muchas, fuente de sufrimiento.
Y esto lo saben los maltratadores, los violentos, aquellos que no se contentan con asesinar a las mujeres, las quieren sufrientes toda la vida y les quitan, asesinan a aquellos que más quieren: sus hijas e hijos.
El último asesinato de una hija cuando escribo estas líneas ha sido el 20 de marzo en Torrevieja, ciudad en la que desde hace años paso gran parte de mi tiempo. Se llamaba Aitana y sólo tenía tres años. El asesino, su padre, 40. Estaban separados y tenían la custodia compartida. La madre tuvo que ser ingresada en el hospital al enterarse de la noticia. Le darán el alta, pero la profunda herida no cicatrizará nunca y eso lo saben los maltratadores, asesinos. Por eso lo hacen.
A lo largo de 2025 tres menores murieron a manos de las parejas o exparejas de sus madres. En los tres primeros meses de este año ya hemos alcanzado esa misma cifra, lo que eleva a 68 el número de niñas y niños asesinados por violencia vicaria desde que hay estadísticas.
El 24 de marzo, en Roma Al-Hajajreh (palestina de Belén) y Yael Admi (israelí) encabezaron descalzas la marcha de cientos de mujeres, muchas de ellas israelíes y palestinas. Iban descalzas simbolizando el dolor y el impacto de la guerra en sus familias. Exigían el fin de la violencia y un futuro seguro para los niños y niñas. La marcha estuvo organizada por el movimiento Llamada de las Madres por la Paz. En su página web dicen: “Nosotras, mujeres palestinas e israelíes de todos los ámbitos de la vida, estamos unidas en el deseo humano de un futuro de paz, libertad, igualdad, derechos y seguridad para nuestros hijos y las próximas generaciones”.
Escribo estas líneas en Viernes Santo. Y tengo presente ante mí el dolor de María, la madre que ve como matan vil e injustamente a su hijo. No es un malhechor, no es un asesino. Su pecado ha sido desenmascarar la hipocresía política y religiosa del momento, relacionarse con las mujeres, curar a los enfermos, estar al lado de los oprimidos… y la madre no entiende nada. Sólo sufre en silencio y en soledad.
Y en estos momentos no puedo dejar de pensar en las madres de Gaza, del Líbano, de Ucrania, de Sudán, también en las rusas que ven cómo llevan a sus hijos a una guerra injusta… En las madres migrantes de Estados Unidos que viven en estado de alerta sin saber si sus hijos volverán a casa o serán detenidos y deportados… madres que han parido con dolor y que ahora viven con ese mismo dolor el sufrimiento de los hijos asesinados, maltratados, aquellos a los que no pueden dar de comer… a los que se les niega el derecho a ser niños, a vivir como niños.
Hace unos días, Almudena Ariza compartía una imagen en Instagram, y decía: “En Gaza, estos niños imitan un funeral, y cargan a un muñeco en hombros, como han visto llevar a los muertos tantas veces, en camillas improvisadas. Los niños aprenden por imitación, y repiten lo que ven, lo que oyen, lo que ocurre en su entorno. Es su sistema de aprendizaje”. Un aprendizaje para la violencia y la muerte. Dolor en las madres que no pueden ofrecerles un presente donde puedan jugar, alimentarse, ir a la escuela… vivir en paz, crecer en paz.
Después del Viernes Santo, viene la Resurrección. Ojalá que pronto podamos celebrar la Pascua de Resurrección para tantos pueblos, tantas gentes que hoy viven en medio del dolor y la muerte.
Termino con unas contundentes palabras de José Ignacio González Faús “No hay resurrección si (antes) no hay in-surrección. La resurrección no es una espera pasiva, sino la consecuencia de una insurrección ética: para alcanzar la vida plena, primero debemos rebelarnos activamente contra la injusticia y el mal que causan muerte en el presente”.
FELIZ Y COMPROMETIDA PASCUA DE RESURRECCIÓN.
