El patio (anticapitalista) de mi recreo

Imagen de mac231 en Pixabay

 José Laguna. blog.cristianismeijusticia.net

Aprendimos a ser anticapitalistas en el patio del recreo cuando, encaramados sobre el tocón del último árbol que resistió el envite de planchas de cemento, gritábamos sobrexcitados: ¡casa!, desafiando a los amigos que les tocaba ligarla en un divertido pillapilla escolar.

Kant, alumno aventajado que iba varios cursos por encima de su edad, nos enseñó que «casa» es valor y «pillapilla» precio, y que el juego de una vida digna consiste en preservar y ampliar los espacios de la casa, de los cuidados y de los derechos, defendiéndolos de las zarpas de un mercado que, desde siempre, busca ligarnos para mantenernos corriendo alocadamente sobre el asfalto de bazares que nunca duermen. En eso consiste ser anticapitalista, en no dejar que la termita insaciable del mercado carcoma el valor incalculable de nuestras vidas.

Rousseau, eterno repetidor, nos recordaba con nostalgia los tiempos en los que el patio lucía cuajado de árboles, hierbas, insectos y tierra mojada que embarraba babis infantiles. Antes de que todo hálito de vida quedara enterrado bajo el cemento de pistas de futbito y canchas de baloncesto. Instalaciones que, según le explicaron los profesores de entonces, servían para que pudiéramos correr sin obstáculos y medirnos unos contra otros en competiciones deportivas. Habéis de saber —nos susurraba con su peculiar acento francés mientras ignoraba el aullido de la sirena fabril que puntual llamaba a regresar a la disciplina de las aulas— que antes el juego era otro: que la casa era el destino de quienes la ligaban; que el pillapilla consistía en rescatar a los que sudaban para ganarse la vida en islas de asfalto, para traerlos de regreso al calor del hogar, al frescor de la sombra, al alborozo de la fiesta, a los brindis del banquete y al consuelo de las lágrimas compartidas.

Crecimos, nos hicimos mayores, abandonamos el patio infantil y pronto olvidamos lo que la escuela nos enseñó: las risas del juego, el calor de la casa y la memoria de la hierba. Ignorantes y desmemoriados, talamos los árboles de nuestras calles, asfaltamos las plazas de las ciudades y abandonamos las acequias de los pueblos que nos vieron nacer, lanzándonos a un exilio enloquecido para acabar jugando al pillapilla en urbes hostiles donde no quedan ramas sobre las que subirse y gritar ¡casa!

Y aquí estamos, derritiéndonos en plazas sin sombra bajo la que cobijarse; sobrecogidos al escuchar el lamento en tono de desahucio de lo que en nuestra infancia fueron gritos de júbilo protector: ¡casa!; atemorizados al reencontrarnos reconvertidos en dirigentes políticos a aquellos matones de colegio que ayer nos robaban la merienda, y hoy engullen tierras raras, aniquilan vidas humanas, desprecian a las mujeres y arrasan hogares que nunca fueron suyos.

En mayo del 68, los estudiantes arrancaban los adoquines de las calles parisinas para encontrar la playa enterrada. Hoy, tenemos que levantar el asfalto de los patios de los colegios para que nuestros hijos e hijas jueguen pisando la hierba que sostiene la vida. Para que aprendan que no hay ninguna vida que ganar peleando sobre el hormigón de canchas competitivas; que la vida no se gana, que se celebra y regenera gritando ¡casa!, aupados sobre ramas en las que, apretándonos un poco, cabemos todas y todos.

[Imagen de mac231 en Pixabay]

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