La carga mental de las mujeres

Arantza García. ethic.es

La escritora Pearl S. Buck ya habló del desgaste silencioso de quienes intentaban sostener una vida entre el trabajo, la independencia personal y las expectativas impuestas por la sociedad a las mujeres en su novela ‘Lanza tu pan’.

Christine es la protagonista de Lanza tu pan (Errata Naturae), novela de la escritora estadounidense Pearl S. Buck, una de esas obras que sorprenden por su actualidad a pesar de haber sido escrita a mediados del siglo XX. La autora retrata con una lucidez poco habitual para la época la vida cotidiana de muchas mujeres, poniendo el foco en tensiones que entonces apenas se nombraban: la carga mental, la doble jornada, los cuidados invisibles o la constante desautorización en los espacios domésticos y sociales. A través de sus personajes, muestra el desgaste silencioso de quienes intentaban sostener una vida entre el trabajo, la independencia personal y las expectativas impuestas por la sociedad a las mujeres, anticipando así debates que hoy ocupan un lugar central en la conversación social.

Ese esfuerzo invisible –no reconocido, no remunerado y muchas veces ni siquiera verbalizado– es lo que hoy se conoce como carga mental.

Lo llamativo es que, décadas después, el diagnóstico sigue vigente. Aunque el contexto social ha cambiado, muchas mujeres continúan soportando una sobrecarga invisible que afecta a su bienestar, su desarrollo profesional y su salud mental.

Un concepto que pone nombre a lo invisible

La carga mental hace referencia al esfuerzo cognitivo que implica gestionar, planificar y recordar todas las tareas necesarias para el funcionamiento del hogar y la vida familiar. No se trata solo de hacer la compra o cuidar de los hijos, sino de pensar constantemente en lo que falta, anticipar problemas y coordinar soluciones.

La socióloga Monique Haicault fue una de las primeras en analizar este fenómeno en los años 80, al observar cómo las mujeres no solo realizaban tareas domésticas, sino que también asumían su organización mental. Más recientemente, investigadoras como Emma Clit han contribuido a popularizar el concepto, mostrando de forma gráfica cómo esta carga recae de manera desigual.

Según ONU Mujeres, las mujeres siguen dedicando muchas más horas que los hombres al trabajo no remunerado

Según datos de organismos como ONU Mujeres, las mujeres siguen dedicando muchas más horas que los hombres al trabajo no remunerado, pero además asumen en mayor medida la responsabilidad de gestionarlo. Es decir, no solo hacen más, sino que también piensan más en lo que hay que hacer.

Uno de los efectos más claros de la carga mental es la llamada doble jornada: tras el trabajo remunerado, muchas mujeres continúan con una segunda jornada en casa. Sin embargo, el impacto no es solo físico, sino también emocional y psicológico. La psicóloga Silvia Federici ha insistido en que este tipo de trabajo, históricamente invisibilizado, es esencial para el sostenimiento de la vida y la economía. Aun así, sigue sin valorarse ni repartirse de forma equitativa.

Esta sobrecarga constante puede generar estrés, ansiedad y sensación de agotamiento crónico. La mente no descansa porque siempre hay algo pendiente: una cita médica, una compra que falta, una tarea escolar, una gestión administrativa. Es un ruido de fondo permanente.

Uno de los principales problemas de la carga mental es su invisibilidad. Al no ser un trabajo tangible, muchas veces no se percibe como tal. Esto provoca que no se reconozca ni se distribuya de manera justa. La investigadora Arlie Russell Hochschild ya hablaba en los años 90 de cómo, incluso en parejas aparentemente igualitarias, las mujeres seguían asumiendo la mayor parte de la organización doméstica. Hoy, diferentes estudios confirman que esta desigualdad persiste.

Además, esta invisibilidad tiene consecuencias en el ámbito laboral. Muchas mujeres ven limitada su disponibilidad, su concentración o su capacidad de desarrollo profesional porque su carga mental no desaparece al salir de casa.

La carga mental en el mundo actual

En la actualidad, el problema no solo continúa, sino que en algunos casos se ha intensificado. La digitalización, el teletrabajo y la hiperconectividad han difuminado aún más las fronteras entre lo personal y lo profesional.

Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, múltiples estudios evidenciaron que las mujeres asumieron una mayor carga en la gestión del hogar, la educación de los hijos y el cuidado de familiares. La socióloga María Ángeles Durán ha señalado que esta situación puso de manifiesto una realidad estructural que ya existía.

La presión por «llegar a todo» se ha visto reforzada por modelos que promueven la excelencia en todos los ámbitos: profesional, familiar, personal

Además, la presión por «llegar a todo» se ha visto reforzada por modelos sociales que promueven la excelencia en todos los ámbitos: profesional, familiar, personal. Esto genera una autoexigencia que incrementa aún más la carga mental.

Las causas de la carga mental son múltiples y complejas. Por un lado, persisten roles de género tradicionales que asignan a las mujeres la responsabilidad principal del cuidado. Por otro, existe una falta de corresponsabilidad real en muchos hogares.

También influye la educación y la socialización desde edades tempranas. A menudo, las niñas aprenden a anticipar necesidades y a cuidar de los demás, mientras que los niños no reciben el mismo tipo de estímulos.

A nivel estructural, las políticas de conciliación siguen siendo insuficientes. Aunque se han producido avances, muchas medidas continúan enfocadas en facilitar que las mujeres compatibilicen trabajo y cuidados, en lugar de promover una redistribución equitativa.

Hacia un reparto más justo

Reducir la carga mental no pasa solo por repartir tareas, sino también por compartir la responsabilidad de organizarlas. No se trata de «ayudar», sino de asumir de forma conjunta la gestión del día a día.

Algunos expertos proponen estrategias concretas, como hacer visibles todas las tareas establecer sistemas de organización compartidos o fomentar la corresponsabilidad desde la infancia.

En el ámbito empresarial, cada vez más organizaciones están empezando a tener en cuenta estos factores en sus políticas de bienestar. Medidas como la flexibilidad horaria, el teletrabajo bien gestionado o los programas de apoyo a la conciliación pueden contribuir a reducir la presión.

Uno de los riesgos al hablar de carga mental es abordarlo como un problema individual, cuando en realidad es estructural. No se trata de que las mujeres se organicen mejor o «aprendan a delegar», sino de transformar las dinámicas sociales que generan esta desigualdad.

Como señala la filósofa Nancy Fraser, el cuidado debe situarse en el centro del debate social y económico. Solo así será posible avanzar hacia un modelo más justo y sostenible. Porque mientras siga siendo invisible, seguirá recayendo en gran medida sobre las mismas personas. Y reconocerlo es el primer paso para cambiarlo.

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Arantza García

@ArantzaG44

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