El hogar es el eje de nuestras vidas. Se sale de él y a él se regresa. Es la geografía íntima de cada cual, nuestra extensión como personas.
Refugio. Cobijo. Resguardo. No exactamente casa. San Isidoro, en sus Etimologías, explica que «casa» es una habitación hecha de estacas y ramas que sirve para protegerse del frío o del calor. Más morada que residencia. Más vivienda que domicilio. Más acogimiento que funcionalidad. Hogar, exactamente. Palabra de hermoso linaje. Proviene del latín focus, que significa «fuego». No en vano, para calcular la demografía y aplicar la fiscalidad en España entre los siglos XIV y XVIII, se utilizaba el «fuego» como unidad de recuento. Un fuego equivalía a un hogar o familia, y resultaba una unidad fiscal que agrupaba a las personas que compartían cocina y recursos. Para estimar la población, se multiplicaba el número de fuegos por un coeficiente (entre cuatro y cinco personas), puesto que los antiguos censos no se regían por individuos.
De focus, fogar. Después, la «f» latina se desplaza por la hache castellana. Igual que fermosa. En cada hogar había siempre una hoguera, una lumbre prendida que solía estar en el interior, alrededor de la cual la familia se congregaba. Daba luz y calor. También solía prenderse a la entrada (como signo de pureza, de vida, de protección).
El hogar es la geografía íntima de cada cual. Nuestra extensión como personas. Es lo que, estando fuera de nosotros, sigue siendo nosotros. Es externo, pero nos sentimos dentro. Nos contiene. Es el espacio que nos recoge, que nos protege. Estamos en su interior. Es lo propio. No tanto en cuanto a pertenencia (la propiedad se entrevera más con «casa») como a identidad (es aquello que somos).
Hasta el tiempo es otro en el hogar, un tiempo regido por la tregua y el descanso
Los romanos empleaban el vocablo domus para referirse al concepto de hogar. De ahí doméstico, dominio. Empleaban una bella expresión, pro domo sua, acuñada por Cicerón en un discurso en el que exigía que se les devolviera su hogar a los exiliados una vez concluido el exilio. Cicerón, como tantos otros filósofos, sabía de la importancia del hogar para los hombres. Representaba su intimidad. En el año 58 a. C., él mismo fue desterrado de Roma, confiscándole su casa en el monte Palatino y destruyéndola. Destruir el hogar de alguien es, de algún modo, destruir a su dueño. Pro domo sua quiere decir «actuar en interés propio».
El hogar es el eje de nuestras vidas. Se sale de él y a él se regresa. En él rigen nuestras costumbres, nuestros códigos, nuestras leyes. No cabe lo incierto, lo extraño, lo desconocido. Aquellos que franquean su puerta nos son queridos. Pareciera que nada malo pudiera ocurrir allí. Lo dirigimos como los aurigas a su carro. Disponemos a nuestro antojo los enseres que lo conforman y lo poblamos de talismanes (para atraer la fortuna) y de amuletos (para que nos protejan). El hogar irradia quiénes somos. Cuanto contiene habla de nosotros. Como un cuaderno de bitácora tridimensional.
Hasta el tiempo es otro en el hogar. En un tiempo regido por la tregua. El tiempo del descanso. De la paz. Del silencio. Tiempo donde se suceden los sueños. También el dormir. El descanso. Donde se despierta nuevamente a la vida. Tiempo donde uno no puede zafarse de sí mismo porque se encuentra. Tiempo que no pasa, sino que discurre. Tiempo donde ser y estar se conjugan.
Ya no hay fuego físico, pero sigue rigiendo una llama en cada hogar. Marca la temperatura de quienes lo habitan. La temperatura de la fragilidad, porque en el hogar uno (se) retira las máscaras, los cometidos, las funciones. Donde se desnuda. Permite la unidad. Es una llama que reúne. Que calienta.
Quienes se sientan a la mesa de un hogar conversan. Recuerdan. Celebran. Proponen. Conciben el futuro. Lo conjuran juntos. Se comparten. Compañero significa «el que comparte el pan». El fuego. El hogar. No hay hospitalidad sin hogar. El hogar que no se abre a los otros huele a cerrado. Y se pierde lo único que uno no puede darse a sí mismo: el otro.
«Feliz aquel que, siendo rey o campesino, encuentra paz en su hogar», escribió Goethe. Dichoso aquel, decimos nosotros, que conoce y aprecia el valor del hogar

